Refugio en las sierras

Tras vivir en los Alpes Franceses, el matrimonio Fenestraz se afincó en Córdoba en donde levantó un hotel que es la suma de todos sus sueños
Silvina Pini
(0)
23 de octubre de 2011  

El Colibrí, estancia de charme, se erige al pie de las sierras, cerca de Santa Catalina, a una hora de la capital cordobesa. Hace una década no había nada. Hoy es la casa de Raoul y Stéphanie Fenestraz y sus tres hijos, Victoria, Gautier y Sacha, el más chico, que cuando llegó a la Argentina tenía sólo ocho meses y hoy habla con tonada cordobesa.

Los Fenestraz dejaron atrás una vida soñada para muchos: vivían en Saboya, los Alpes franceses en donde dirigían sus hoteles Alpen Ruitor y La Loze, que aún conservan. En lo peor de la crisis argentina, Raoul cruzó el Atlántico buscando un sueño y lo encontró en Córdoba. Compró 170 hectáreas. Tardaron dos años en construir la casa principal que tiene nueve habitaciones para huéspedes y en la que funciona un hotel integrante de la cadena Relais & Châteaux, y la casa familiar a pocos metros. En el campo hay también caballos y canchas de polo –el polo es una pasión de Raoul–, una huerta orgánica y una granja que provee a la cocina del hotel.

Stéphanie irradia la belleza de la armonía interior. Si Raoul se ocupa de los caballos y el campo, Stéph está en cada detalle de la casa, desde las flores frescas hasta el chequeo del menú. Así fue también cuando la construyeron y decoraron. Fue ella la que se subió a un camión –fue piloto en el Dakar 2009 junto con el bodeguero francés residente en Mendoza, François Lurton– y recorrió la provincia y el país en busca de cada pieza. Los ladrillos del living son adoquines de quebracho que trajo de Salta, donde la familia es dueña de otro hotel, House of Jasmines, también de la cadena Relais & Châteaux.

La decoración colorida y alegre, con toques innegablemente femeninos, se juega por un eclecticismo equilibrado. Stéphanie contó con la ayuda de la arquitecta porteña María Cella. "Entrevisté a muchos decoradores –explica–. Tenía muy claro lo que quería y María fue la única que quiso ayudarme a encontrarlo en lugar de querer imponer su gusto". La pintura decorativa en paredes y cielorrasos fue realizada por un grupo llegado de Buenos Aires, dirigido por Cella. Un grupo de pintores cordobeses decoró el cielorraso abovedado de la boutique, que tiene aires italianos.

Stéphanie buscó piezas únicas y para eso recorrió incansablemente ferias y talleres de artesanos por toda la provincia y se presentó en cuanto remate hubiera. Así logró un sello personal que reúne piezas antiguas con otras hechas especialmente para El Colibrí.

Selecta intimidad

Cada una de las nueve suites está decorada con un motivo floral diferente, pintado a mano sobre las paredes y reproducido en los cortinados y en los azulejos del baño. Cuentan con un living separado y una pequeña terraza para tomar una copa o desayunar respirando el aire puro del campo.

Salvador Martino, más conocido como el pelado, chofer y asador de la estancia, le contó a Stéphanie sobre unos luthiers del pueblo de San Francisco, al sur de Córdoba, que tallaban muy bien la madera. Allí se fue a buscarlos y encargarles que tallaran los respaldos de las camas con arabescos que recuerdan la obra de Klimt.

Luego de cruzar un patio con inspiración andaluza, se arriba al living y a un bar. Es un ambiente de techos altos de madera y pisos de adoquines de quebracho, iluminado por imponentes arañas y decorado con muebles y objetos de colección especialmente seleccionados. Se destaca una licorera que Stéphanie compró a un anticuario cordobés y mandó a restaurar. También compró un farol con tres patas en metal plateado con detalles tallados, que pertenecieron a los ferrocarriles en su época inglesa. En la boutique hay un banco, un cesto y un perchero que hacen juego.

En Córdoba se organizan diversas ferias de artesanías. En una de ellas Stéphanie compró un gran mortero tallado en piedra. El mismo artesano había tallado un gaucho que quiso comprar, pero ya estaba vendido. Al año el hombre la llamó con la sorpresa de que le había esculpido no sólo un gaucho, sino también un caballo y la china, en un mismo bloque.

En el comedor, la familia Fenestraz suele cenar con los huéspedes del hotel. Por la noche cada mesa se ilumina con velas y con las arañas en hierro pintado que la arquitecta Cella encargó a un herrero artístico en Buenos Aires. Las mesas y sillas también las mandaron a hacer. "Me costó mucho encontrar mesas como las que quería; no quería patas torneadas, pero tampoco mesas rústicas, como de campo", dice la dueña de casa. Preside este ambiente un imponente espejo enmarcado en madera tallada. Se trata de una pieza única: perteneció al presidente Marcelo Torcuato de Alvear y estuvo durante años en una clínica privada en Córdoba. Stéphanie se lo compró a un anticuario en Córdoba.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?