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Tributo en la tierra santa del kirchnerismo

Beatriz Sarlo
Beatriz Sarlo PARA LA NACION
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28 de octubre de 2011  

RIO GALLEGOS.- El día anterior al primer aniversario de la muerte de Néstor Kirchner, el avión está lleno de gente que viaja a Río Gallegos. Escucho: "Parrilli va a arreglar otro vuelo". Alguien me dice: "Está viajando a tierra santa". Lo que vino después le dio la razón. Mientras esperamos que nos ubiquen en un hotel que ahora está repleto de ministros, funcionarios y jefes, un hombre de cuarenta años me desafía amistosamente: "Nombrame un político mejor que Cristina ". Conoce el hotel, porque ha venido otras veces; cuando le pregunto a qué agrupación pertenece, declara: "Soy militante, de esos a los que Néstor les dio sentido".

Río Gallegos recordará a Kirchner de varias maneras y seguramente durante mucho tiempo. Las principales son hoy el mausoleo y la inauguración de su estatua-monumento. Los rumores son que no vienen presidentes latinoamericanos (algo que era más o menos obvio) y que el traslado del féretro al mausoleo será una ceremonia privada (algo razonable, de todo derecho).

Desde los días anteriores al aniversario, el mausoleo ha sido un imán para la prensa. Cuando crezcan los arbolitos que lo rodean, quedará enmarcado por el verde. Ahora se alza desnudo, con media docena reluciente de cámaras de vigilancia sobre el borde de su techo plano. La gran bandera argentina y la llama de las antorchas votivas son lo único móvil cerca de ese gran cubo de cemento gris y piedra. Sencillo y pesado. Las angostas aberturas horizontales no le dan levedad sino que, por contraste, aumentan el efecto de masa compacta. Protegerá el féretro de todo ataque: una especie de búnker fúnebre, más impresionante que austero. Podría decirse que es demasiado grande, que estalla en ese cementerio doméstico donde las bóvedas son modestos trabajos de albañilería. La desproporción del mausoleo no puede ser juzgada en abstracto. Estas cosas tienen historia.

En 1927, el arquitecto Angel Guido, que junto a Alejandro Bustillo diseñó el Monumento a la Bandera de Rosario, construyó la casa de uno de los grandes intelectuales de la época, Ricardo Rojas, replicando la fachada de la Casa de Tucumán. Este gesto de arquitecto y propietario enseña que la pasión monumental, lejos de nacer con el justicialismo, viene de lejos y desbordó hacia la esfera privada. A Ricardo Rojas no le pareció una desmesura atravesar todos los días el mismo portal que habían atravesado los hombres de la asamblea de 1816. La fiebre por estatuas y monumentos transformó las plazas en las primeras dos décadas del siglo XX.

El primer peronismo enfatizó esta línea, que viene de la tradición liberal. Pero le introdujo un cambio: despojó al monumento de su carácter póstumo. Emplazó estatuas, bustos, altorrelieves, murales y retratos de Perón y de Eva, que durante la revolución libertadora fueron destruidos, en un acto tan poco republicano como había sido ponerlos sobre sus pedestales. Una provincia, calles y avenidas, escuelas, estaciones, lo que se les ocurra, llevaron el nombre de Perón. Todos esos homenajes fueron en vida. No ha sucedido lo mismo con Néstor Kirchner.

En el primer aniversario de su muerte se inaugura el mausoleo, del que se ha hecho cargo Lázaro Báez, uno de los "capitalistas amigos" (o amigos devenidos capitalistas), y una estatua-monumento, de Jerónimo Villalba, patrocinada por la agrupación Los Muchachos Peronistas, que responde a otro amigo, Rudy Ulloa, y, en cadena nacional, a Carlos Zannini. Todos los implicados tienen razones políticas que están fuertemente trenzadas con recuerdos personales y afectivos.

Las mujeres de la unidad básica donde Kirchner, Ulloa y Zannini comenzaron su largo camino fuman, toman mate y hablan de Néstor. No se reconcilian con su muerte. Detrás de ellas, dos estatuas de los Kirchner, obra de unos presos de "acá nomás", objetos pop, bien logrados, graciosos. Pertenecen a la piedad popular que, hasta hoy, decoró también el lugar transitorio que ocupó el cadáver de Néstor, en la bóveda de un pariente: ramos de flores y cartitas, estandartes de La Cámpora y efusiones: "Me niego a olvidarte". "Me gustaría que fueras el padrino celestial de nuestro casamiento." "Sos 678 a la décima potencia." "Escribime a la casilla de correo de mi pareja." El duelo en su espontaneidad.

El mausoleo formalizará esos impulsos, aunque esas cartas y flores no van a desaparecer. Tampoco entrarán en el Recinto del Muerto. Todo lo que concierne a Kirchner se convierte en pedagogía política nacional.

La estatua-monumento, que iba a emplazarse en el cruce central de las avenidas San Martín y Presidente Néstor Kirchner, desalojando la de Julio Roca, ha sido colocada definitivamente en el barrio donde Kirchner tuvo aquella primera unidad básica, en 1982. Así lo recuerda un compañero de esas épocas, Carlos Zannini, en el elocuente discurso de inauguración. Es el Barrio del Carmen y la unidad básica también se llamó, desde entonces, Los Muchachos Peronistas. Kirchner llegaba en un viejo Renault manejado por Rudy Ulloa.

A mediodía, la gente que rodea el Centro Comunitario del Carmen espera a Cristina, que no llega. A las nueve de la mañana había encabezado el grupo reducido que acompañó el traslado del féretro. El cementerio, rodeado de una custodia policial y de seguridad de hombre codo a codo, fue inaccesible. Desde afuera, dos o tres grupos pequeños de militantes hacían el entorno sonoro que la Presidenta escuchó mientras pasaba, entre sus hijos , por una calle interna, una figura fugaz, tanto más codiciada cuanto más inaferrable para las fotos.

En el Centro Comunitario, tres horas después, la expectativa se deslizó de la Presidenta ausente a la estatua de su marido. Una manifestación suele tener esos momentos donde esperar el suceso se convierte, casi, en lo más importante: el "estar ahí". Sobre todo porque los militantes movilizados por la unidad básica Los Muchachos Peronistas se conocen entre sí, se cuentan, saben que esas trescientas personas son parte de algo. Detrás de ellas, unas banderas de Petroleros. En otra punta, los jujeños de Milagro Sala, que, en efecto, vienen desde la otra punta de la república (¿en avión, en ómnibus?).

A las dos de la tarde, el mausoleo queda abierto para la gente. Imagino filas larguísimas, pero me equivoco. Río Gallegos no estaba pendiente de lo que nos tenía obsesionados a sus visitantes, de modo que esperan para entrar al cementerio decenas de personas que se van renovando.

La visita es brevísima, acelerada por guardias imperiosos, pero suficiente para confirmar la impresión de solidez. En su interior, el mausoleo, antes que sobrio y grave, es un poco elemental, como si algo hubiera fallado en la imaginación estética y este monumento fúnebre pasara por alto lo que afirmó un gran arquitecto del siglo XX: la tumba es el único tema donde la arquitectura puede convertirse verdaderamente en arte.

En realidad, no importa. El mausoleo no desmerece la fuerza y la decisión del hombre que descansará para siempre allí. Sobre su féretro, la bandera argentina, un pañuelo blanco, el banderín de Hijos y la camiseta de Racing.

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