Irene Villa González, de víctima de ETA a dueña de su propia vida

Cuando tenía 12 años, una bomba de la organización terrorista vasca le arrancó las piernas en un atentado en el que también fue herida su madre. Ahora, ante el anunciado abandono de las armas por parte de la organización terrorista rescata la idea del perdón, pero también, y antes, la de la justicia
Laura Di Marco
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30 de octubre de 2011  

Primero, se alegró. La primera noticia que tuvo sobre la promesa de ETA de abandonar las armas, después de 43 años de buscar la independencia del país vasco mediante el terror, le llegó por mensaje de texto. Fue minutos antes de dar una conferencia de superación personal, en Zaragoza. El emisario era su flamante marido argentino, el ex tenista y ahora empresario Juan Pablo Lauro, que le transmitía la noticia con todos los cuidados, con ternura y cautela.

Pero a medida que fueron pasando los días, cuando se iban revelando más detalles sobre el anuncio difundido el 20 de octubre por tres encapuchados a través de un video en el que la organización terrorista vasca se comprometía al cese definitivo de la violencia, Irene Villa, una de las víctimas más emblemáticas del grupo armado, pasó de la alegría a la sospecha, y de la alerta a la preocupación.

"Que ahora logren, en una negociación con los políticos, los objetivos por los que venían asesinando gente, sería legitimar la vía del terrorismo frente a la democracia. Ellos quieren beneficios penitenciarios y hasta amnistía para los asesinos, a quienes llaman erróneamente presos políticos cuando han matado en democracia. También seguirán luchando por la independencia, algo que además de estar fuera de nuestra Constitución no es el deseo de todos los vascos. Además, es triste decirlo, pero los que hemos sido sus objetivos, con más o menos suerte, somos los pasos que han tenido que dar para que hoy puedan tener fuerza política y llegar donde han llegado", relata ahora, en una entrevista telefónica con Enfoques, desde Madrid.

Cuando tenía 12 años, en 1991, una bomba que ETA colocó en el auto de su madre le arrancó las piernas y tres dedos de una mano. María Jesús, su madre, entonces funcionaria en una comisaría madrileña, también perdió un brazo y una pierna.

Parte el alma ver las fotos de aquella criatura mutilada, vendada, tendida en la cama llena de tubos de un hospital. Se entiende viendo esas fotos que aquel ataque haya sido un punto de inflexión para los españoles que, hasta ese momento, pensaban que la organización terrorista sólo mataba a policías o guardias civiles. Esta vez, se la habían agarrado con la población civil y con una nena de 12 años que conmovió al país entero con sus primeras declaraciones: "¡Qué suerte que hemos tenido, mamá! ¡Qué suerte, que no nos hayan dañado la columna vertebral!", dijo a pocos días del atentado, al comprobar que los daños se habían "limitado" a la pérdida de ambas piernas.

Desde entonces, aquella niña no sólo se fue convirtiendo en mujer sino en una de las víctimas del terrorismo más mimadas, escuchadas y admiradas por sus compatriotas. También, en un símbolo del perdón, la superación personal y el amor. De hecho, y aunque sigue apoyando a las organizaciones de víctimas de ETA, que en las últimas cuatro décadas dejó un saldo de 829 muertos, hoy ya no pertenece a ninguna de ellas.

"Por supuesto que asisto a todas las manifestaciones, sigo apoyando e identificada con el reclamo de Memoria, Dignidad y Justicia. Pero no me siento una víctima. Me fui de ese lugar porque tenía cosas más interesantes que hacer en la vida. Y porque no me han destrozado. Y no lo han hecho porque yo no he querido que así sea. Pasé de ser víctima a ser responsable de lo que me había ocurrido. Cuando decides que esto es lo que hay, y que por mucho que llores la realidad no va a cambiar, es cuando te das cuenta de que sólo te queda luchar y de que en tus manos está decidir que te hayan destrozado la vida o que te la hayan potenciado porque decides sacar lo mejor que hay en ti."

Alentada por su madre, que siguió el mismo camino de evolución personal, no se dejó romper. Se recibió de periodista, más tarde de psicóloga y se apasionó con el deporte: empezó a competir en esquí alpino adaptado, categoría para personas con discapacidad, por la que acaba de ganar una medalla destacada. Dejó la silla de ruedas, en la que se movilizó durante los primeros años después del atentado y la reemplazó por dos prótesis de titanio. "Vamos -se entusiasma- ¡que hasta puedo cruzar las piernas!"

Fuente de inspiración

En 2008, se lesionó el cuello practicando monoski y debieron, allí también, colocarle otra prótesis de titanio. "Y, sin embargo, hay que hacerlo. El deporte me ha dado felicidad y autonomía", insiste. Por eso, tampoco cuesta comprender que su experiencia de vida se haya convertido en fuente de inspiración para otras víctimas del terrorismo -las del atentado del 11-M en Madrid, por ejemplo, a quienes les llevó su libro testimonial Saber que se puede- , de accidentes viales o simplemente para aquellos que no la están pasando bien en la vida, por las razones que fuere.

En la actualidad viaja por España dando conferencias inspiradoras, en compañía de su flamante esposo, el argentino Juan Pablo Lauro, que fue tenista de la camada de David Nalbandian, aunque dejó el tenis cuando tenía 19 años. "Montó aquí una empresa familiar -cuenta Irene- pero viaja mucho a su tierra y yo con él." Su casamiento, en junio de este año, fue un acontecimiento en Madrid. La prensa del corazón y del espectáculo dedicaron gran espacio para contar esa historia de Cenicienta que terminó con final feliz. Un final que ya se pre anunciaba en 2008, en la primera entrevista con Enfoques, a propósito de una vista de Irene a la Argentina. Ya entonces se la veía liberada de ese salvavidas de plomo que hace tan difícil la vida y la política: el resentimiento.

Libre de rencor, sin embargo, no baja la guardia. "Quien ha asesinado, no merece poder político. Su proyecto político queda invalidado por las vías utilizadas. La cercanía de las elecciones hace pensar que existen pasos que han precipitado los acontecimientos. El PSOE fue quien pidió negociar con ETA, pero la sociedad se negó. Aun así lo hizo. Hay quien piensa que siguieron negociando de espaldas al pueblo y que el comunicado de los encapuchados es el resultado de un diálogo que podría ser así: ?Si dicen que no van a matar más retomaremos las negociaciones (es aventurado decirlo pero es lo que gran parte de los españoles piensa)". Irene, de todos modos, prefiere no meterse en política: "Lo único que pido es que gane quien gane las elecciones, tenga en cuenta los pilares de nuestro estado de Derecho".

La promesa de sus verdugos de dejar atrás la práctica del terror despierta suspicacias: justo a un mes de las elecciones generales en España, donde todo indica que se impondrá el candidato del Partido Popular (PP), Mariano Rajoy. A Irene no le parece casual el momento para el anuncio que, por cierto, no incluyó la disolución de la organización criminal, tampoco la entrega de las armas, ni el arrepentimiento por los crímenes cometidos. Todas esas omisiones y su propia historia la hacen sospechar de la sinceridad de los terroristas.

Recuerda ahora otra tregua similar, en 1998. Entonces, dijo que era capaz de "besar en los morros a un etarra", si en verdad dejaban de matar.

Pero eso no sucedió.

Así y todo, Irene sigue creyendo en la existencia del arrepentimiento como decisión personal, como un salto de nivel, como un "darse cuenta" del horror y recapacitar. Pero no como acicate de beneficios penitenciarios.

"Arrepentirse es humano y positivo, pero la justicia debe hacer justicia, al margen de los sentimientos de un asesino, éste debe cumplir los años que el juez dictamine. Y soy de las que piensa que todos merecemos una segunda oportunidad; de hecho, he ido a cárceles a ayudar a los presos para la reinserción, llegado el momento de abandonar la prisión, pero esto debe ocurrir una vez que hayan cumplido íntegramente sus condenas. También sé que hay etarras que son buena gente y supongo que cuando despierten, tomarán conciencia del horror que han hecho y que sus crímenes no les han servido para nada."

Pocos días después del atentado de 1991, el poeta español Rafael Alberti le regaló un dibujo, con una dedicatoria que vaticinaba: "A Irene, que llegará a volar como esta paloma", podía leerse en el texto ondulante, como la estela que deja la paloma al pasar.

Quién es

Nombre y apellido:

Irene Villa González

Edad: 32 años

Tragedia en una calle de Madrid:

El 17 de octubre de 1991, esta joven madrileña vivió su "segundo nacimiento", como le gusta llamar al día en que una bomba de ETA, colocada bajo el vehículo en que viajaba, le arrancó ambas piernas. Su madre, funcionaria de la Dirección General de la Policía, perdió una pierna y un brazo.

Ayudar a otras víctimas:

Estudió periodismo en la Universidad Europea de Madrid y realizó estudios de psicología. Es amante de los deportes porque, dice, le dieron felicidad y autonomía. Incluso ganó medallas en esquí adaptado. En 1994 escribió el libro Saber que se puede. Hoy ayuda a otras víctimas del terrorismo y ofrece conferencias en todo el mundo.

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