Los Sónicos

Fidelidades, lazos afectivos y costumbres, en un atractivo viaje entre dos épocas
Marcelo Stiletano
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30 de octubre de 2011  

Los sonicos, serie producida por GP Media y BBC Worldwide. Autores: Gaston Portal, Alberto Muñoz, Javier Castro Albano y Len Cole. Dirección de fotografía: Martín Irigoyen. Dirección de arte: Paola Giai. Vestuario: Paula López. Edición: Laureano Rizzo. Música original: Omar Giammarco y Alberto Muñoz. Elenco: Roberto Carnaghi, Hugo Arana, Norman Briski, Mario Alarcón, Nazareno Casero, Martín Slipak, Juan Greppi, Santiago Pedrero, Lucas Ferraro, Marina Glezer. Producción general: Betina Brewda. Idea y direccion: Gastón Portal. Horario: domingos, a las 22, por canal 9.

Nuestra opinión: muy bueno.

En estos tiempos de tiras convencionales y flamantes unitarios unidos por la pereza de acudir al recurso seguro de la frase hecha o declamada, no debe de haber nada más bienvenido que la posibilidad de tomarse todo el tiempo del mundo para presentar la historia que habrá de ser contada.

Como si un cierto horario funcionara a la vez como atracción y talismán, el flamante Los Sónicos comparte en la noche dominical con El hombre de tu vida el gusto por la construcción paciente y cuidadosa de secuencias y personajes.

Así ocurre en el comienzo de una historia que se augura promisoria desde un fluido y nada artificioso viaje de ida y vuelta entre dos épocas que funciona al mismo tiempo como juego, aventura, reflexión y descubrimiento.

Esos mundos temporales distanciados por cuatro décadas terminan engarzados naturalmente porque la trama, inteligentemente, elude los mitos glorificados y las supuestas verdades reveladas de los años sesenta. En su lugar aparecen frente a frente una idea del rock como ideal posible de juventud (en el pasado) y la realidad de una sencilla vida cotidiana propia de la entrada a la tercera edad (en el presente), unidas por un factor que vence al tiempo: la fidelidad a un vínculo amistoso indestructible.

Todo ocurre en medio un relato que se apoya en el rock -aunque sin excluir a quienes no conocen sus códigos- y asume sin pintoresquismo alguno su identidad local. No en vano, Bobby Flores hace una expresa alusión en el comienzo al hecho de que en Los Sónicos se afirma el valor de cantar el rock en nuestro idioma, algo más importante que la imitación de Jim Morrison que hace su estrella y el tributo que los demás rinden a grandes referentes creativos de los 60 (con Bob Dylan a la cabeza) por medio de ingeniosas y divertidas citas.

Los 43 años que separan a 1968 de 2011 equivalen al tiempo en que se mantuvo en coma Carlos Klooster, el frontman de la banda, por culpa de un accidente automovilístico. Tres de sus antiguos compañeros conservan desde entonces el rito de la visita y la vigilia, como si secretamente creyeran en la posibilidad de una milagrosa recuperación. El cuarto, único militante radicalizado del grupo, emprendió el exilio tras el golpe de 1976, pero sabemos que no tardará en regresar. La vida en comunidad quedó atrás, pero quedan algunos rituales, manías y costumbres, descriptas con economía de recursos y lenguaje visual, como se espera de la mejor narración televisiva.

Y así como un empresario discográfico burlonamente retratado pudo haber sido el detonante de aquel accidente casi fatal en el pasado, el empeño de un pariente interesado en desenchufar los aparatos que mantenían a Klooster vivo (pero inconsciente) disparó el milagro. La historia propiamente dicha comenzará hoy, en el segundo capítulo, cuando Los Sónicos , casi setentones, vuelvan a estar juntos con la promesa de un atrayente potencial narrativo y dramático del contraste entre dos épocas: las ilusiones perdidas, el lugar del individuo y del grupo en un proyecto compartido, los entornos familiares y sociales, el lugar de las mujeres (por ahora, expuesto de un modo muy secundario).

Todo quedó sugerido y expuesto en esta suerte de prólogo sin frases hechas, con personajes de precisa carnadura y riqueza de matices. El gran mérito de Portal y su equipo hasta aquí consistió en plantear un relato de enorme movimiento y vitalidad desarrollado casi en todo momento dentro de espacios fijos y cerrados.

En ellos empiezan a mezclarse creativamente la ternura, el humor, la nostalgia y cierta crítica social y de costumbres que jamás llega a la frase hecha o a la pontificación. Todo en el comienzo resulta plausible: el programa se apoya en un laborioso trabajo técnico y formal, una ambientación muy atractiva, giros interesantes en el guión (por más que alguna interjección más o menos reciente se haya deslizado al hablar de cosas que ocurrieron cuatro décadas atrás) y un elenco magnífico que, como el proyecto mismo, también parece expresar la voluntad de unir generaciones enteras.

  • 2,9

    Hace dos semanas, el primer episodio le dio al 9 otra opción de rating en la noche dominical
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