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Mía

La ópera prima de Javier van de Couter no está a la altura de sus intenciones
Diego Batlle
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10 de noviembre de 2011  

Mía (Argentina-España/2011) / Guión y dirección: Javier Van de Couter / Fotografía: Miguel Abal / Música: Van Wyszogrod / Edicion: Fabio Pallero / Dirección de arte: Sebastián Roses / Elenco: Camila Sosa Villada, Maite Lanata, Rodrigo de la Serna, Naty Menstrual, Rodolfo Prantte y Carlos Cano / Distribuidora: Primer Plano / Duración: 105 minutos.

Nuestra opinión: Buena.

Esta ópera prima de Javier van de Couter tiene las mejores intenciones (visibilizar a grupos minoritarios y muchas veces marginados, exponer temas duros, como la violencia familiar o la descontención infantil), pero su principal problema es que prioriza la elocuencia discursiva, la obviedad y linealidad de los diálogos y el subrayado de sus situaciones y conflictos por sobre las herramientas puramente cinematográficas.

El film está narrado desde el punto de vista de Ale (Camila Sosa Villada), una travesti que trabaja como cartonera y vive en una villa miseria conocida como La Aldea Rosa, cuyos habitantes son reprimidos con asiduidad por la policía. En uno de sus recorridos diarios por las calles de Buenos Aires, la protagonista encuentra tirado el diario íntimo de Mía, una mujer joven que ha muerto dejando solos a su marido, Manuel (Rodrigo de la Serna), y a su pequeña hija, Julia (Maite Lanata).

El padre se ha convertido en un alma en pena y la encantadora niña, en la víctima de sus descargas de ira, dolor e impotencia. Ale se sensibiliza ante la situación y empieza a establecer una relación con la pequeña, mientras Manuel se opone a puro prejuicio y con muy malos modos a que la desconocida ingrese en su casa.

Lo que sigue es la previsible crónica de un caso de redención, de aceptación, de solidaridad, de entendimiento y de respeto hacia las diferencias (sociales, sexuales, ideológicas) en el seno de una sociedad marcada por la discriminación y la intolerancia. Son sentimientos nobles y reivindicables, por supuesto. Sin embargo, no estamos aquí ante un discurso sino ante una película. Y, en términos estrictamente cinematográficos, este debut de Van de Couter acumula sobreactuaciones, superficialidades, lugares comunes y bajadas de línea. El relato, por lo tanto, no está a la altura de los temas que aborda y, así, las palabras les terminan ganando por goleada a las imágenes.

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