EE.UU., cada vez más similar a América latina

Desde hace meses, la potencia muestra conductas y estadísticas parecidas a las de sociedades y gobiernos de la región
Fernán Saguier
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11 de noviembre de 2011  

WASHINGTON.- Parece mentira, pero Estados Unidos nunca se pareció tanto a América latina como en estos días.

Desempleo récord, malestar social, polarización, manifestaciones con dosis de violencia irreconocibles para este país, "okupas" con carpas en plazas, un presidente impopular y una oposición dividida y poco atractiva configuran un paisaje más propio de nuestro folklórico vecindario que de la gran superpotencia mundial.

Pero estamos en la capital norteamericana y hay que refregarse los ojos: 14 millones de norteamericanos (el 9% de su población laboralmente activa) no tienen trabajo, tres de cada cuatro dicen que su país va por mal camino, ocho de cada diez no creen en su gobierno, mientras -quién diría- la reputación del campeón del libre mercado sufre la humillación propia de una república bananera cuando las calificadoras de riesgo rebajan la nota de su deuda soberana.

Venimos de visitar las redacciones de los grandes diarios norteamericanos y de entrevistar a personalidades que transitan la alta política local. La opinión es unánime: el país atraviesa una medianía tan gris que, cuando falta un año para las elecciones presidenciales, resulta difícil imaginar a Barack Obama con chances de permanecer en el Salón Oval.

Hace apenas seis meses, el presidente había acabado con el terrorista más buscado del mundo y parecía tener garantizado otro ticket por cuatro años. Eso hoy es historia. Estados Unidos es un país con ciertas lógicas propias: las guerras mantienen presidentes, pero las recesiones los desalojan. Le ocurrió a George Bush padre, que tenía 80% de aprobación en enero de 1991, al comenzar la intervención contra Irak, y meses después debió dejarle el poder a un ignoto Bill Clinton a causa de la penuria económica.

Le puede ocurrir a Obama. El bajo crecimiento y el inédito nivel de desempleo son sus talones de Aquiles. Luego de lanzar millonarios paquetes de estímulo para reactivar la economía, el país crece módicamente (2,5% este trimestre) sin generar suficiente ocupación, propagando desilusión y escepticismo entre los norteamericanos que abarrotan los centros de asistencia a desocupados.

El viernes pasado, la tasa de desempleo arrojó una ligera disminución, de 9,1% a 9%, lo que significa que se crearon 80.000 nuevos trabajos. ¿Buena o mala noticia? Insólitamente, algo de cada cosa. Lo positivo es que el dato es recibido con alivio porque la situación no empeoró en un contexto de bajísimas expectativas y una sucesión de indicadores desfavorables. Después de todo, el desempleo en la eurozona fue del 10,2% en septiembre, el más alto desde 1998. Estamos ante el mal del siglo XXI, que genera revueltas populares y fabrica "indignados", con su cuota, aquí, de anarquistas y sindicalistas aprovechando la ocasión. Lo malo es que se necesita más que el doble de esa cifra y que la desocupación lleva 33 meses seguidos superando el 8%, muy por encima del promedio histórico. A este paso, recién para fines de 2016 el país habrá logrado reemplazar los puestos de trabajo perdidos durante la recesión que terminó hace dos años. Así no hay Casa Blanca posible.

Poco queda de aquel Obama cuyos discursos poéticos inspiraban lágrimas y llamaban a grandes cruzadas. Basta con ver las portadas de los diarios. Ya no sonríe, y se lo ve tan apocado como encanecido, con una mueca triste, sin el poder de fuego necesario para los tremendos retos que exige la intransigencia republicana.

Viene de sermonear a los líderes europeos en la cumbre del G-20 pero volvió con las manos vacías, con más preguntas que respuestas, le reprocha la prensa más prestigiosa, alarmada ante la falta de liderazgo internacional producto del sendero hacia el multilateralismo que escogió para diferenciarse de la era Bush.

"Ha perdido la confianza del pueblo americano", dice un operador del Partido Republicano, que rápido advierte mejor no cantar victoria: "No se puede vencer a alguien con nadie". "Nadie" es su alusión despectiva a la colección de candidatos conservadores, a los que la revista Time ha llegado a calificar como los "más ineptos que se recuerden". "Nadie" son básicamente Mitt Romney, Herman Cain y Rick Perry, cuyas posibilidades parecen decrecer con el correr del tiempo bajo contradicciones y escándalos.

Romney es quien luce con las mejores chances en los círculos bien informados, que lo identifican como el rival que enfrentará a Obama. Ex gobernador de Massachusetts, se le achaca, sin embargo, gran ductilidad para desdecirse en temas de campaña. Luego de subir asombrosamente en las encuestas, Cain se pasea desde hace una semana por TV dando explicaciones sobre acusaciones de acoso sexual. Perry es el más ideologizado de los tres, y eso le quita chances en un país dividido por sentimientos irreconciliables como no se recuerda en la historia reciente, que sacuden los foros de los diarios en una lucha sin cuartel, en un capítulo similar a lo que ocurre en la Argentina.

Un país de extremos, "que parece haber perdido el centro", acierta el último número de The Economist, reprochándole a Obama cierta imprudente inclinación hacia la izquierda, rayana con la lucha de clases, al prometer a sus seguidores que el monstruoso déficit fiscal podía resolverse gravando "millonarios y billonarios", además de la cada vez mayor utilización de "órdenes ejecutivas" (similares a los decretos de necesidad y urgencia) para sortear el Congreso. Y dispara una frase suelta, letal, impensable tiempo atrás para un hombre moderado y amistoso, pero que retumba en cada rincón donde se habla de política en este país: "¿Por qué reelegir al hombre que ha fallado en unir a los norteamericanos?".

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