El paraíso perdido

Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti PARA LA NACION
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11 de noviembre de 2011  

MONTEVIDEO

Vive Uruguay un curioso conflicto internacional. En la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico no ha pasado la revisión de los actuales estándares de transparencia impositiva y el presidente del G-20, monsieur Sarkozy, no ha tenido mejor idea que agregarnos a una lista de "paraísos fiscales" y con voz tonante amenazar al Uruguay con quedar aislado de la comunidad internacional, junto a Vanuatu y Botswana.

Por más que el discurso haya sido escrito por la burocracia de la OCDE, ningún presidente francés hubiera mencionado al Uruguay, bien conocido por Chirac, Miterrand y, naturalmente, De Gaulle. Este, sin ir más lejos, le llamaba "el brazo Uruguay" al derecho de su amigo el mariscal Juin, que había sido salvado en la batalla de Verdún por un médico del ejército francés, Eduardo Blanco Acevedo, un voluntario uruguayo de posterior relevante actuación científica y política. De Gaulle y Juin, jóvenes tenientes, cayeron heridos y cuando un viejo médico, en el hospital de campaña, iba a amputar el brazo de Juin (y cortar su carrera) el joven Blanco Acevedo se opuso, lo operó y lo salvó.

Sarkozy, hombre de poca cultura y mucho arrebato, cometió ese error inexcusable, que ha provocado natural indignación en Uruguay, un país de escasas dimensiones territoriales pero que siempre ha sido internacionalmente muy respetado, por encima incluso de su peso específico.

Naturalmente, mueve a rebeldía la hipócrita calificación de los técnicos de la OCDE que consideran insuficientes las medidas uruguayas al respecto. Decimos hipócrita porque nada dicen de la isla de Mann ni de Gibraltar ni del estado norteamericano de Delaware, esos sí paraísos donde el no residente no paga impuestos. Cargan la romana, en cambio, contra un país sudamericano que, en lo que a impuestos refiere, está más cerca del infierno que del paraíso. Veamos: 1) el impuesto a la renta (que llega a un 25% del ingreso personal) lo pagan todos y aun las personas no residentes, que están específicamente gravadas; 2) el sistema no posee ninguna discriminación a favor del no residente, porque Uruguay nunca distinguió nacionales o extranjeros; 3) el secreto bancario puede abrirse por orden judicial en cualquier momento ante la sospecha de una evasión fiscal o fraude, cosa que de hecho se hace todos los días; 4) el ente impositivo uruguayo puede acceder a la información bancaria de cualquier contribuyente en cualquier momento, como ocurre en algunos países pertenecientes a la OCDE (caso de Chile); 4) el Uruguay tiene acuerdos de intercambio de información tributaria (con Francia, por ejemplo), acuerdos para evitar doble tributación (Alemania, Hungría, España, México, Bélgica, etc.) y muchos otros acuerdos similares; 5) la fiscalidad indirecta es muy fuerte (22% de IVA) y la directa también (el mencionado impuesto a la renta, más al patrimonio, a las transferencias de inmuebles, etc.), con una administración que felizmente ha logrado alcanzar la menor evasión de América latina.

Desgraciadamente, todo esto, que explicado técnicamente es aun más claro que lo que yo lo pueda decir, no se ha hecho valer de modo explícito ante la Argentina, por ejemplo. Razón por la cual seguramente la señora Presidenta, que habló duramente de las "guaridas fiscales" y no exceptuó a su querido vecino, nunca fue debidamente informada. Lo presumimos, porque durante años de años hemos tenido que hacerlo con anteriores gobernantes, a quienes felizmente convencimos del falaz prejuicio de nuestro "paraíso". Que si nunca lo fue, menos lo es ahora, cuando se han ido agregando elementos de transparencia.

Debo reconocer que, desgraciadamente, ni nuestro presidente Mujica, no advertido por incompetentes funcionarios de esta situación, ni nadie en el gobierno uruguayo se tomó el trabajo de procurar a sus colegas argentinos antes de la reunión del G-20 para que no ocurriera lo que ocurrió. Eso es responsabilidad de la administración uruguaya, hoy totalmente politizada y técnicamente tan debilitada que hace un mes que se publicó el informe condenatorio de la OCDE y nadie se movió a ningún nivel para aclarar debidamente la situación.

Ahora se habla aquí en Montevideo de precipitarnos a hacer acuerdos tributarios con la Argentina y Brasil, que pueden ser peor enmienda que el soneto. Porque lo primero es que las respectivas administraciones sean debidamente informadas de cómo es nuestra realidad tributaria, fuerte y eficientemente organizada, en un país de razonables pagadores. Por ahí deben empezar las conversaciones y lamentarse de que la Argentina y Brasil, nuestros representantes en la OCDE, lejos de ayudar, hayan coadyuvado a este exabrupto. Por incuria nuestra y poca fraternidad de los vecinos.

Ignorancia en Francia, desinformación en la Argentina y amateurismo en Uruguay… Una mala combinación que debería superarse con inteligencia y sin precipitación.

© La Nacion

El autor fue presidente de Uruguay

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