La voluntad de un hombre

Miguel Ángel De Marco
Miguel Ángel De Marco PARA LA NACION
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22 de noviembre de 2011  

En pocos meses se cumplirán los bicentenarios de momentos clave de la historia argentina en los que Manuel Belgrano fue principal protagonista: la creación de la bandera que nos distingue entre las naciones de la Tierra; el éxodo jujeño, en que todo un pueblo se sacrificó para obstaculizar el avance realista que hacía peligrar la Revolución, y la victoria de Tucumán, fruto de la firmeza con que el prócer rechazó la orden del Triunvirato de retirarse en vez de enfrentar al enemigo.

Funcionario del consulado de Buenos Aires durante los últimos años de dominación hispánica, fue quien advirtió con mayor claridad que el resto de sus contemporáneos la magnitud de las riquezas potenciales de las provincias del Plata y la necesidad de dotar a sus habitantes de medios para convertirlas en independientes y prósperas. Fue también hombre de pluma que tomó la espada para combatir al invasor inglés. Manifestó, aun antes de Mayo, su convicción independentista, y no vaciló en dejar su sitial de miembro del primer gobierno patrio para convertirse en jefe militar de las fuerzas que llevaron el mensaje de libertad al Paraguay y a la Banda Oriental. Destituido y juzgado por su actuación castrense, lejos de retirarse de la vida pública, aceptó ceñir otra vez la espada y ponerse al frente del Ejército del Norte, para convertir aquel conjunto de hombres desmoralizados en una máquina guerrera dispuesta a vencer a los realistas.

Mientras ejecutaba la orden de levantar en la entonces pequeña Capilla del Rosario, a la que en su diario de marcha denominó "triste pueblo", y en la isla contigua, las baterías Libertad e Independencia, cuyos nombres constituían una cabal expresión de las ideas que agitaban su espíritu, Belgrano decidió ir más allá, dotando a la causa de Mayo de su propia enseña. El 26 de febrero de 1812 informó al Triunvirato: "Las banderas de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado [?] Abajo, señor excelentísimo, esas señales exteriores, que para nada nos han servido y con que parece que aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud".

Y sin esperar respuesta, a las seis y media de la tarde del día siguiente, cuando el sol comenzaba a declinar sobre la barranca y el río Paraná, con el marco de los vecinos y de las tropas formadas en cuadro, enarboló el pabellón celeste y blanco en la batería Libertad. Su arenga constituyó una inequívoca expresión de su firme convicción de emanciparse de España, más allá de "la máscara de la monarquía" que aún sostenía el gobierno: "Soldados de la patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo gobierno; en aquel, la batería de la Independencia, nuestras armas aumentarán las suyas. Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la independencia y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la patria!".

Belgrano comunicó enseguida al Triunvirato: "Siendo necesario enarbolar bandera, y no teniéndola, la mandé hacer celeste y blanca conforme los colores de la escarapela nacional: espero que sea de la aprobación de V.E.". No fue así, y éste le envió el 3 de marzo una enérgica reprimenda, que Belgrano no recibió de inmediato por haber partido dos días antes rumbo al Norte, a pesar de hallarse seriamente enfermo. Dejó el encargo de concluir las baterías al segundo jefe, teniente coronel Gregorio Perdriel.

El 25 de mayo de 1812, el general y sus tropas se hallaban en San Salvador de Jujuy. Allí, hizo tremolar nuevamente una bandera celeste y blanca, que fue bendecida solemnemente por el canónigo de la catedral, doctor Juan Ignacio Gorriti. En aquel momento, la enseña flameó en medio del entusiasmo de los soldados y la población, a quienes el prócer dirigió una marcial proclama en la que subrayó el sentido de la Revolución ocurrida dos años atrás en Buenos Aires.

Dos días más tarde, el general realista Manuel de Goyeneche irrumpió en la ciudad de Chuquisaca, que fue saqueada. Su desesperada población y las escasas tropas existentes se internaron en zonas desérticas para bajar en busca del ejército de Belgrano, quien supo lo ocurrido recién a fines de junio.

Mientras tanto, la situación en Jujuy se tornaba difícil para los patriotas. La acción de los vecinos hostiles, entre quienes predominaban los comerciantes perjudicados por la paralización económica que había provocado la guerra, recaía sobre el ánimo de la población y arriesgaba la causa revolucionaria. La tensión se hacía insoportable. Belgrano decidió entonces conjurar el peligro a través de una medida drástica y heroica: el ejército y la población civil retrocederían hacia Tucumán o más al Sur para dejar al enemigo la tierra arrasada.

La orden no admitía réplicas: los realistas no debían hallar en Jujuy alimentos ni animales para transporte, por lo que el ganado debía ser arreado hacia el Sur; tampoco tenían que encontrar objetos de metal, como herramientas y útiles, ni nada que pudiera servir a los españoles.

El pueblo jujeño adhirió en masa al éxodo, aunque algunos vecinos acaudalados se escondieran a la espera de la llegada del general realista Pío Tristán. El desplazamiento hacia el Sur comenzó en los primeros días de agosto de 1812.

Paralelamente, un grupo de voluntarios jujeños al mando de Eustoquio Díaz Vélez, que habían marchado hacia Humahuaca para vigilar la entrada de las tropas de Tristán, regresaron con la noticia de la inminente invasión y fueron encargados de cubrir la retaguardia patriota.

La evacuación fue lenta, pues implicó incluso el traslado de los archivos y documentos de la ciudad y su jurisdicción, material que no debía caer en manos del enemigo.

El 22 de agosto, por la tarde, se impartió la orden definitiva, y el 23, el ejército comenzó la retirada. En cinco jornadas se cubrieron 250 kilómetros.

En la convicción de que al encontrar Jujuy abandonado Tristán se dirigiría hacia Salta, Belgrano dispuso hacer alto en las márgenes del río Pasaje, donde llegó en las primeras horas del 29 de agosto y se enfrentó con la vanguardia realista. A fines de agosto, Tristán se adentró en Jujuy y se encontró con que la retaguardia del ejército patriota le hacía frente. El jefe realista no logró superar ese obstáculo, por lo que la retirada del pueblo jujeño hacia el Sur pudo continuar.

Luego de contener al enemigo en Las Piedras, el 3 de septiembre, Belgrano decidió hacerse fuerte en Tucumán. Fue en ese momento que el jefe patriota recibió del Triunvirato la inconsulta orden de retirarse con sus tropas hacia Córdoba frente al avance realista sobre Tucumán. Tan desacertada decisión determinó un enérgico cambio de correspondencia entre el general y el gobierno, particularmente con quien era su amigo desde la niñez, Bernardino Rivadavia. A éste le expresó Belgrano con firmeza: "Retirarme más e ir a perecer es lo mismo, y poner a la patria en el mayor apuro; pues no queda otro punto que el Monte Castro: a más perdemos para siempre esta provincia, aumentamos la fuerza del enemigo con buenos soldados y seremos el objeto eterno de la execración [...] El único medio que me queda es hacer el último esfuerzo, presentando batalla fuera del pueblo, y en caso desgraciado encerrarme en la plaza para concluir con honor".

El entusiasmo de sus tropas era grande, decía, y le permitía aguardar el triunfo: "Algo es preciso aventurar [insistía] y ésta es la ocasión de hacerlo: felices de nosotros si podemos conseguir nuestro justo fin, y dar a la patria un día de satisfacción, después de los muchos amargos que estamos pasando".

Y así llegó la jornada del 24 de septiembre de 1812, día de Nuestra Señora de las Mercedes, cuando el reducido y mal armado Ejército del Norte, a cuyo frente se hallaba un Belgrano privado de salud pero asistido por su voluntad inquebrantable, logró que Tucumán, como se expresa en la medalla que mandó acuñar en Potosí, se convirtiera en el "sepulcro de la tiranía".

Rememorar esos tres bicentenarios con la dignidad e importancia que merecen constituirá un modo de honrar al insigne Belgrano, pero también de ser fieles a los principios que animaron a quienes, desde las posiciones modestas hasta las más encumbradas, brindaron lo mejor de sí para construir nuestra Argentina.

© La Nacion

El autor ha sido nombrado presidente de la Academia Nacional de la Historia

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