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Andrzej Wajda

Sobreviviente de la época dorada en la que compartían cartelera los últimos estrenos de Welles, Bergman y Fellini, el director polaco celebra los diez años de existencia de su escuela de cine
Pablo De Vita
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25 de noviembre de 2011  

Andrzej Wajda, el célebre realizador de films clásicos como Cenizas y diamantes, es el único sobreviviente de los dorados tiempos en que se anunciaban los últimos estrenos de Orson Welles, Ingmar Bergman, Luis Buñuel, Akira Kurosawa y Federico Fellini. Pero también es el veterano maestro que piensa en un legado que no sea sólo un gigantesco corpus cinematográfico. Con 85 años, Wajda se da el lujo de celebrar la primera década de vida de su escuela de cine, mientras continúa recibiendo honores y concitando el interés de la opinión pública en su Polonia natal.

Sus películas son fundamentales para la memoria de un país atravesado por la tragedia. La última, filmada en 2009, Tatarak, ganó el Premio Alfred Bauer en el Festival de Berlín, ex aequo con la uruguaya Gigante, de Adrián Biniez, y el premio Fipresci a la mejor película europea en la celebración de la Academia de Cine Europeo. Tatarak se podrá ver en la próxima edición de Pantalla Pinamar, en los primeros días de marzo de 2012.

En esta película, Wajda sigue algunas constantes de su carrera y se permite también la experimentación. Está basada en una novela del autor polaco Jaroslaw?Iwaszkiewicz, sobre cuyos textos ya había trabajado en El bosque de abedules y Las señoritas de Wilko. "Me gusta mi película, aunque reconozco que es muy osada, muy psicológica, muy pensada para la mujer. Creo que en el fondo la hice para reencontrarme con la actriz Krystyna Janda. Fue como retratar parte de mi vida", comenta el director a adncultura, sentado en el mismo hotel donde rodó El hombre de hierro hace más de tres décadas.

En Tatarak, Wajda mezcla realidad y ficción. Narra la vida de una mujer casada con un médico al que le quedan pocos meses de vida, y el deslumbramiento ante un nuevo y joven amor. Cuando convocó a Krystyna Janda para el papel protagónico, Wajda se enteró de que el marido de ella, el fotógrafo y mano derecha del realizador en varios de sus films Edward Klosinski, estaba gravemente enfermo. Poco después, él falleció y al cabo de un tiempo Janda le dijo a Wajda que podía interpretar el personaje. "Cuando finalizábamos el rodaje, Krystyna me entregó unos escritos en los que reflexionaba sobre los últimos días de su marido. Quiso contarlo ante las cámaras y entonces sumamos este íntimo pensamiento a la estructura del film", añade. La labor de Janda también supone una síntesis de las últimas tres décadas del célebre director polaco, con títulos como El hombre de mármol, Sin anestesia, El director de orquesta y El hombre de hierro: en todas ellas actúa.

Contrariamente a lo que se supone, Andrzej Wajda no es una persona ensimismada, distante o con el tono sombrío que le impuso el drama colectivo a su vida. Cálido, sereno y reflexivo, juega con su bastón ante cada pregunta e incluso, antes de comenzar la entrevista, bromea frente a los fotógrafos con unos anteojos 3D que encuentra sobre la mesa. Ese espíritu lo acerca a las nuevas generaciones de jóvenes directores polacos. "Con Wojciech Marczewski pensamos que era importante llenar un vacío que existía en la enseñanza en Polonia, porque las escuelas, desde los tiempos en los que fui alumno en Lodz, fueron muy buenas en la técnica cinematográfica pero mi percepción era que los jóvenes estudiantes no sabían qué hacer cuando estaban por realizar su ópera prima. Hoy celebramos la primera década de existencia de esta labor educativa tan especial que se encarga de acompañar proyectos en desarrollo de graduados en escuelas de cine."

Siendo alumno de la Escuela de Cine de Lodz, Wajda conoció a Aleksander Ford, del que fue asistente de dirección y prácticamente su ahijado en el cine. Ford intuía el extraordinario talento de Wajda y luego de observar su ópera prima, Generación, se encargó de realizar un nuevo montaje, porque no estaba del todo convencido con el corte anterior.

A ese título inicial, en el que intervenía como actor un jovencísimo Roman Polanski, se sumaron otras dos películas de alto impacto: Kanal (La patrulla de la muerte) y Cenizas y diamantes. Wajda se erigía en el gran narrador de la historia polaca.

"Hay que tener mucha suerte y saber por qué haces una película. Por ejemplo, La tierra prometida. Después de la Segunda Guerra Mundial, Lodz no existía como centro masivo de producción. Antes producía mucho para Rusia, y de repente, con el fin de la guerra, esa ciudad fue abandonada. Seguía produciendo textiles, pero como en el siglo XIX, con las máquinas de ese tiempo. La ciudad era la misma que en el siglo XIX. Eso delimita la realidad. Recuerdo que me preguntaron en Los Ángeles cuánto había pagado por los escenarios... Por suerte, había podido hacerla en el escenario original. Tener que aprovechar lo existente es importante porque uno coloca a los actores en un entorno real y eso contribuye al verosímil, pero también a distinguir lo real de lo imaginario.

–Con su cine ocurre algo singular: termina reemplazando la historia real. ¿Es eso una responsabilidad extra?

–Cada película es una exploración de lenguaje. Obviamente, las más impactantes que realicé son aquellas ambientadas en la guerra y no estoy considerando en esto solamente a mis películas, sino también a todas aquellas en las que pudimos expresarnos sobre lo que habíamos vivido. Son escenarios históricos vistos a través de la vivencia.

Cenizas y diamantes es un emblema del cine polaco. Mucho tiempo después de realizada, sigue siendo la imagen más reconocible de los spots publicitarios de la televisión pública. Los festivales polacos continúan utilizando gigantografías del rostro de su protagonista, el inolvidable Zbigniew Cybulski, para ambientar sus espacios. En la película se hacía presente el gran tema del cine polaco de posguerra: la realidad histórica y el hombre, pero con la diferencia de que el héroe positivo no es el eje del relato, sino las contradicciones y el pasado trágico que todo lo envuelven. En su estreno en Buenos Aires, en marzo de 1960, La Nacion señalaba: "En el fondo, se trata de un drama ético, donde lo que se pone en juego es la indecisión de cada personaje para elegir su camino político". Añadía más adelante: "Ha de entenderse como el film más significativo de la escuela polaca de posguerra, por la presencia de símbolos y temas como el de la libertad individual, la necesidad de una definición política y la idea de un antihéroe".

–¿Cómo tomó contacto con la novela de Jerzy Andrzejewski, en la que se basó la película?

–Fue una de las novelas más importantes y más conocidas en su momento. Era de lectura obligatoria en los colegios, con lo cual todo el mundo sabía de qué se trataba. Pero cuando empecé a trabajar el texto, quise utilizar esa única noche que muestra la película. Hice que los personajes fueran más dramáticos que en la novela, donde no tienen tanto carácter. Tomé a los protagonistas del libro, pero en lo que al guión concierne fue todo realizado íntegramente por mí.

–No puedo omitir preguntarle cómo eligió a Zbigniew Cybulski.

–No lo elegí. De hecho quería a otro actor. Andrzejewski tuvo la idea de cómo tenía que ser el joven que protagonizara la película. En realidad, yo me sentía cercano a ese muchacho de la historia, entonces buscaba a alguien parecido a mí. No obstante, mi asistente me aconsejaba permanentemente que eligiera a Cybulski como actor principal. Una sabia recomendación.

–¿Cómo fue el trabajo con él en el set?

–No tuve que decirle nada a Cybulski sobre la forma de interpretar a Maciek porque él me mostraba cómo iba componiéndolo de una manera asombrosa. Yo, viendo cómo se desarrollaba en su papel, le añadía escenas. En la novela, el protagonista principal no es él, sino el líder comunista.

Cybulski, al igual que James Dean, fue un arquetipo más que un actor. Un rostro idéntico en cada film, inolvidable y determinado por la rebeldía. Cenizas y diamantes, como también Tren nocturno, catapultaron a esta suerte de James Dean polaco, que también desapareció trágicamente en plena juventud. Aunque Todo para vender no retrate la vida del recordado intérprete, las similitudes son evidentes: en la filmación de una película, un actor principal muere arrollado por un tren, como le ocurrió a Cybulski. El director modificó el argumento y Todo para vender se convirtió en una película sobre un protagonista ausente. Ante la pregunta de cómo se enteró de la muerte de Cybulski, Wajda recuerda: "Estaba en casa y sonó el teléfono. Fue Roman Polanski quien me dio la noticia desde Londres. Roman lo escuchó por la radio e inmediatamente me llamó. Yo no daba crédito a lo que estaba escuchando porque la presencia de Cybulski para nosotros era extraordinaria".

–¿Cómo lograba evitar la censura en tiempos de la Cortina de Hierro?

–Es verdad: no hay que olvidar que los polacos hemos vivido décadas bajo la censura. Pero nosotros como realizadores sabíamos que lo que verificaban los censores eran los diálogos y nos cuidábamos de no incluir nada que estuviera en contra de la ideología comunista. Si uno quería decir algo, en lugar de la palabra usaba la imagen, que significaba mucho más. Incluso para quienes no entendían polaco, las imágenes eran mucho más poderosas que cualquier palabra. Ésa es la razón por la que las películas de aquel momento fueron tan aplaudidas.

Wajda conoció el rigor de las autoridades comunistas polacas. En La tierra prometida, trasladó la acción al momento en que el poder de la aristocracia terrateniente cede al de la burguesía industrial para simbolizar el rechazo a un entorno corrupto. Sin anestesia habla de lo peligroso que es decir lo que se piensa. En El hombre de mármol, no duda en describir con gran ironía la épica del "héroe del trabajo" y en El hombre de hierro describe la lucha por la creación de un sindicalismo libre. Como en su cine, realidad y ficción volvieron a entremezclarse. En tiempos del Partido Obrero Unificado polaco, la mayoría pidió una moción de censura contra El hombre de mármol. El secretario general autorizó con desdén su exhibición. Por El hombre de hierro, en cambio, mientras la embajada en Washington la inscribía como precandidata al Oscar, en Polonia, Wajda y Lech Walesa sufrían la ley marcial bajo el estado de "libertad vigilada". Años más tarde, cuando se disponía a filmar Un amor en Alemania, en la entonces República Federal de Alemania, fue destituido de la presidencia de la Asociación de Cineastas por "actividades contrarias a la política cultural del Estado socialista". Wajda, si bien es tajante como su cine al momento de describir las arbitrariedades del antiguo régimen comunista, afirma sereno: "Existieron temas que eran un debate público continuo. Si uno procede a construir una ficción con ellos, pasa a formar parte del debate, pero posibilita que los espectadores también sigan dando su opinión cada vez que se proyecta". De todos estos ejemplos, uno de los más recordados es la película Danton, que filmó en Francia, con Gérard Depardieu como el consejero del rey, el reformista y, por último, la figura de la revolución Georges-Jacques Danton, y el polaco Wojciech Pszoniak personificando a Maximilien François Marie Isidore de Robespierre, líder del "terror jacobino".

El caso Danton, de Stanislawa Przybyszewska, fue primero llevada por usted al teatro y luego al cine.

–La obra teatral original data de 1930, y siete años antes de la película trabajaba en una puesta teatral en Varsovia. Przybyszewska murió en 1935 y es notable que no haya salido de su casa en los últimos años. Es una obra extraña cuyo centro es la contradicción de los hombres, el sacrificio y la libertad.

–Sucedió otro tanto con Los endemoniados, de Dostoievski, que se conoció en la Argentina como Los poseídos.

–Considero que Fedor Dostoievski es un autor que me acercó al pensamiento que hace del hombre el centro de la reflexión. Eso es lo que hizo él, mucho más que otros escritores. Su obra es casi profética. Leí Los endemoniados a los 27 años y pensé durante mucho tiempo, y pasaron años, hasta que me decidí a adaptarla primero para el teatro. En la película quise evitar los colores porque sus descripciones son ínfimas en la novela.

–Son poco conocidos sus comienzos como director teatral.

–Empecé a trabajar en el teatro depués de haber filmado Cenizas y diamantes porque me hice muy amigo de Cybulski.?Entonces, cuando le dieron un papel y nos permitieron hacer una puesta con un autor norteamericano, que no era nada sencillo, la única condición fue que lo hiciéramos juntos, él como protagonista y yo como director. Fue muy interesante porque Cenizas y diamantes estaba en los cines y, en paralelo, yo trabajaba con Cybulski en el teatro. Eso me dio la fuerza necesaria para hacer teatro en forma consecutiva.

Muchos creyeron ver en Danton un paralelo con Lech Walesa. Comparaban a Robespierre con el general Wojciech Jaruzelski. El jefe de la Junta Militar dictó el estado de sitio para evitar que creciera la simpatía popular por el sindicato Solidaridad. En ese preciso momento, Wajda rodaba esta película en Francia y se vio obligado a detener la filmación para retornar a Varsovia. La "libertad vigilada" era el eufemismo de una reclusión más entre los diez mil arrestos que Jaruzelski ordenó en Polonia. Al conmemorarse el vigésimo quinto aniversario del sindicato Solidaridad, los más importantes directores polacos de diversas generaciones, como Robert Glinski, Juliusz Machulski,Malgorzata Szumowska y Krzysztof Zanussi, fueron convocados para un proyecto colectivo que retratara el legado de aquel movimiento sindical. Wajda aportó su corto, titulado El hombre de la esperanza, donde él mismo, Lech Walesa y los protagonistas de El hombre de hierro, Krystyna Janda y Jerzy Radziwilowicz, ven un fragmento de ese clásico en una gran sala cinematográfica y dialogan en la platea sobre el devenir de la historia polaca y sobre si hubiese sido posible una secuela titulada El hombre de la esperanza. En el corto, Wajda le responde a Walesa por qué nunca rodó un film titulado así: "Me habían mandado tres guiones y quisieron mandarme más. Todos mostraban a una Solidaridad enemistada y dividida, a una Solidaridad que ganó pero condujo a una situación que no se había deseado. ¿Podía querer hacer yo una película así?". Ante la pregunta sobre si sigue considerando que la sociedad polaca es muy injusta con Walesa, responde: "Definitivamente. Creo que se olvidó muy pronto de las cosas importantes que hizo Walesa en la búsqueda de la libertad. Si hiciera una película sobre él, mi intención sería aniquilar esa injusticia".

En el Festival de Cine Polaco de Gdynia, Wajda dictó una clase magistral e inauguró una exposición de fotografías que retratan los rodajes de sus últimas producciones. Las que lo involucran en el set de Kátyn conmueven, no debe olvidarse que entre los veintidós mil soldados polacos asesinados por orden de Stalin se encontraba el teniente Jakub Wajda. Andrzej Wajda tenía 13 años cuando ocurrió la masacre que este film relata y no supo muy bien que sucedió con su padre durante años. En cambio, evoca con claridad cómo le enseñó a montar a caballo y a dibujar. El ejercicio del cine como memoria, testimonio, compromiso y también amistad.

–Si tuviera que resumir su carrera en una imagen, ¿cuál elegiría?

–A lo largo de décadas he sido testigo de cómo a los festivales van los actores, los directores y los fotógrafos, pero ¿dónde están los que realmente hicieron posible que se realizara un film? Entonces, quise mostrarme en la exposición con mis colaboradores en los últimos diez años de trabajo. Cuando uno realiza una película la hace con amigos. Y ésa es la fotografía que me gustaría elegir, una imagen en la que estoy rodeado de la gente que quiero.

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