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Paisaje después de la batalla

El segundo espacio verde de la ciudad, escenario hace un año de un violento conflicto social que enfrentó a vecinos con ocupantes, luce hoy un aspecto diferente en gran parte de sus 120 ha, con seguridad las 24 horas y la construcción de un complejo deportivo
Franco Varise
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3 de diciembre de 2011  

El viento corre tibio por el boulevard de la calle Castañares en Villa Soldati, al sur de la ciudad de Buenos Aires. De la escenografía del caos de un año atrás, cuando miles de personas tomaron el Parque Indoamericano, un espacio de 120 hectáreas, no queda nada. Sólo el recuerdo del fuego, los tiros, las piedras y los muertos. ¿Qué pasó? ¿Qué fue todo aquello? La violencia desatada en esos días aún resulta indescifrable. Quienes vivieron la angustia no pueden explicarlo. Y las respuestas en este sentido no abundan.

"Pensá que de un día para el otro el parque se llenó de gente con carpas; gente que parecía caída del cielo, que había usado este espacio para jugar a la pelota los fines de semana y que de repente decidió instalarse... No creo que se sepa nunca qué pasó realmente el año pasado", dice reflexiva Rita Gimenes, que vive en el complejo de departamentos sobre Castañares al 4000, uno de los centros de las corridas y los tiros.

Un año después de la toma , el parque luce completamente diferente. El gobierno porteño cercó el perímetro. Hay casetas de seguridad las 24 horas y la zona del monumento por la Guerra de Malvinas fue remozado con bancos, caminos, una bandera y árboles.

Todo es muy distinto. El parque permanece cerrado al ingreso masivo de público hasta que se terminen las obras que, según señalaron en el Ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño, sería en los próximos días.

"Está todo iluminado de noche y avanzan con un complejo deportivo; la verdad es que el cambio es impresionante y esperamos que se mantenga", expresó Federico Mancedo, que vive en los departamentos del mismo complejo que Gimenes.

Consultado acerca de qué estaba haciendo la noche del jueves 9 de diciembre pasado, cuando estalló la violencia , dijo: "Ese día me habían entregado las llaves del departamento, después de pagar el crédito durante diez años. La verdad es que fue un momento muy feo, porque pensábamos que iban a tomar nuestras casas y todos reaccionaron de diferentes maneras. Yo me fui".

Rita agregó: "Me quería morir; vivía en el complejo de Soldati, me acababan de entregar el departamento, y teníamos muchos sueños... Hoy el cambio es total. El tema es mantenerlo y cuidarlo entre todos".

Ese sentimiento que transformó las inmediaciones del parque en un campo de batalla entre vecinos y ocupantes parece hoy lejano. Como si hubiera ocurrido hace muchos años.

"Es verdad: parece mentira que estuviéramos en esa situación tan violenta hace solamente 12 meses", agrega Mancedo. "¿Qué pasó? Siento que hay sectores que ven en la pobreza y en los más necesitados una manera de lucrar; esto no es nuevo; ojalá la Justicia pueda ir a fondo con lo que pasó", expresó a LA NACION el ministro de Ambiente y Espacio Público, Diego Santilli, a cargo de la recuperación del lugar.

Las obras de reconstrucción del predio comprenden buena parte de las 120 hectáreas. Pero hay dos zonas definidas: la parte que da hacia la calle Castañares, frente a los edificios nuevos, y el perímetro al Sur que linda con las villas Los Piletones y Ramón Carrillo. Allí, el terreno permanece "en construcción", con pocos avances aún.

"El Indoboliviano"

"¿Sabés como le decíamos nosotros al parque? El Indoboliviano. Era un desastre. Hoy no hay bolivianos, que se fueron al parque La Victoria de Lugano; ¿sabés qué contentos que estamos?; no lo podemos creer", dijo sin anestesia Hernán Coronel, que atiende un quiosco en Castañares y Dellepiane, a metros del parque. Es que en el momento de mayor tensión surgió lo peor. Los vecinos de los edificios linderos dieron rienda suelta a los prejuicios abonados por una convivencia difícil con los habitantes de los asentamientos que rodean la zona.

Las mejoras son muchas. Es claro. Pero en la zona "en construcción", donde sólo comenzarían las obras en febrero del año próximo, un chimango picotea sobre un montículo de tierra; algunos cardos se bambolean con la brisa y una soga fina atada al tronco de un eucalipto es la evidencia de que allí hubo una carpa.

Hace apenas 12 meses, entre el 6 y el 16 pasados, cientos de tenderos, construcciones precarias y carpas ocupaban el lugar. Hoy, en cambio, los dueños del territorio son los teros que lo defienden a grito pelado, cabe añadir.

"Los fines de semana esto era una fiesta; nos reuníamos toda la comunidad para los carnavales y jugábamos al fútbol; hoy ya no viene nadie y no creo que vuelvan", dice René, un ciudadano boliviano que vivió el proceso que derivó en la ocupación del parque. Ahora va en bicicleta por la calle principal en soledad. Tampoco tiene una hipótesis de por qué se produjo el copamiento del predio. "No lo sé; nadie lo sabe", dice.

Parece mentira que el corolario de aquel perverso montaje "escenográfico" de la miseria, por decirlo de alguna manera, fuera la pérdida de tres vidas. Un año después, sus ausencias aún se sienten en el Indoamericano.

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