Un protagonista del "que se vayan todos" revive los agitados días de lucha

Un cartel que guardó el asambleísta
Un cartel que guardó el asambleísta Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastián Rodeiro
La historia de un asambleísta que pasó de la esperanza a la desazón; "Fue la ilusión de un cambio que no se dio", reflexiona a 10 años de la crisis
Pablo Martín Fernández
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7 de diciembre de 2011  • 13:09

Asamblea. Pueblo. Bronca. Según Marcelo Kisnerman, esas tres palabras resumen lo que vivió la Argentina, durante la crisis que explotó en 2001 . En distintas plazas, centenares de personas creyeron que era posible una fuerte renovación, bajo la consigna "que se vayan todos".

Fue la "ilusión de un cambio que no se dio", según Kisnerman, de 59 años. El ingeniero siguió el 20 de diciembre desde San Bernardo, el sitio en el que veraneaba con su familia. "No podía creer que el pueblo argentino saliera a la calle, vi que era algo espontáneo, me gustó mucho. Si bien es cierto que la clase media reacciona cuando le tocan el bolsillo, me pareció un momento histórico", recuerda a 10 años de aquel momento, en una entrevista con LA NACION.

Las asambleas eran totalmente democráticas, se hacían propuestas y se levantaba la mano, nadie tenía la verdad.

Al regresar a Caballito, el barrio donde aún tiene su casa, se enteró que un grupo de vecinos se reunía en el parque Rivadavia bajo el nombre de "asamblea popular". Aunque el nombre y el contexto lo atrajeron, Kisnerman averiguó cómo se componía el grupo antes de ir. Cuando constató que no se trataba de "personas relacionadas con partidos políticos" decidió participar. Así, un par de semanas después de comenzar 2002, era un auténtico y esperanzado asambleísta, integrante un grupo de más de 400 personas que se reunía alrededor del monumento a Simón Bolívar, en un espacio que aún no estaba enrejado, y que generaba el contexto para que este ingeniero fuera a la plaza de Mayo más de 20 veces en poco más de seis meses.

Piquete y cacerola, la lucha

Al preguntarle cómo explicaría lo que fueron las asambleas, no duda: "El pueblo reunido harto de políticas equivocadas y políticos corruptos". Respecto al funcionamiento, asegura: "Eran totalmente democráticas, se hacían propuestas y se levantaba la mano, nadie tenía la verdad. La idea era proponer cambios a nivel político. El liderazgo era natural entre los que hablaban muy bien, pero fuera de eso nada".

Kisnerman cuenta al pasar que fue él quien ideó el cántico "piquete y cacerola, la lucha es una sola", que fue analizado y publicado en artículos de todo el mundo (hoy "piquete y cacerola" arroja más de 46 mil resultados en Google). "Soy muy futbolero y recuerdo que en Caballito esperábamos las columnas de piqueteros de Luis D`Elia que venían de Liniers y ahí se me ocurrió ese cantito para recibirlos. Muchos que estaban presentes, periodistas inclusive, me dijeron que era un muy buen resumen del momento, y quedó", relata este hincha de Boca.

Mientras toma gaseosa servida por su mujer, cuenta que ambos se enfermaron después de la crisis y lo atribuye a la pelea para recuperar unos pocos dólares que les pertenecían. "Fue un momento muy complicado, pero yo sentí que no estaba bien ir a golpear la puerta de los bancos. Lo hice una vez y me sentí un egoísta habiendo tanta gente muerta de hambre en aquel momento", recuerda Kisnerman.

Desazón y después

Hay en su voz nostalgia por aquellos tiempos de fuerte participación ciudadana. "Me pareció en un primer momento que era un proceso pre revolucionario, me equivoqué", expresa.

Según el ingeniero, Elisa Carrió, con quien nunca simpatizó, y Luis Zamora fueron los que mejor parecieron entender el reclamo en aquel momento.

Al preguntarle cuándo comenzó a notar que las asambleas no iban a ser lo que él esperaba dice que el momento clave fue "cuando pequeños partidos de izquierda empezaron a infiltrarse". Las asambleas no buscaban líderes fuertes sino una estructura horizontal, sin banderas políticas, según su visión.

Yo sentí que no estaba bien ir a golpear la puerta de los bancos. Lo hice una vez y me sentí un egoísta habiendo tanta gente muerta de hambre en aquel momento.

Tras una pelea, en la que él no participó, que terminó a los golpes en Parque Centenario, espacio donde se reunían todas las asambleas, Kisnerman entendió que ese movimiento no era el que soñaba. Volvió a su trabajo y a pelear por sus ahorros por la vía legal. Desde aquel momento dice haberse llevado una sorpresa con Néstor Kirchner. Según él fue el político que tomó muchas de las banderas de las asambleas y supo leer el momento.

Hoy, algunas asambleas, aunque con modificaciones, siguen funcionando. Kisnerman, mientras muestra los volantes y carteles que él hacía por el "que se vayan todos", es contundente: "La clase media no tiene el aguante para quedarse en la plaza todo lo que sea necesario hasta lograr lo que se quiere. Si a eso se le suma la represión y el desencanto natural, se generó una mezcla complicada. Por eso, las asambleas que siguen en pie, como la de San Telmo, tienen que ser aplaudidas, se trata de un trabajo de pura solidaridad totalmente inusual en esta época".

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