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La paciencia y audaz estrategia de Angela Merkel

Nicholas Kulish
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9 de diciembre de 2011  

BERLIN.– Cuando la agencia calificadora Standard & Poor’s advirtió esta semana que podría rebajar la nota crediticia de 15 países de la eurozona, entre ellos Alemania, la canciller Angela Merkel pareció no acusar recibo. "Lo que haga una agencia calificadora es responsabilidad de esa agencia", dijo a periodistas, el martes, en Berlín.

Fue el tipo de respuesta impermeable a los vaivenes del mercado que muchos críticos señalan como el problema de fondo de la crisis del euro. Para los críticos, Merkel actuó pocas veces con la suficiente rapidez y osadía para detener la espiral descendente del euro.

Para los funcionarios norteamericanos, Merkel parece por momentos ajena al torbellino de los mercados. Pero mientras los líderes europeos participan del crucial encuentro en Bruselas, lo que hasta ahora era visto como un liderazgo tímido o dubitativo empieza a parecerse a una estrategia coherente de arriesgarlo todo para reformar la eurozona a imagen y semejanza de Alemania.

En los momentos más cruciales de la crisis, Merkel se resistió a los pedidos de apaciguar los mercados financieros con una reducción de las tasas de interés. En cambio, esgrimió el peso de las astronómicas tasas de interés como un garrote para conseguir dolorosos cambios en países como Grecia e Italia.

La estrategia es inteligente y le permite hacer malabares con los diferentes intereses en juego en el interior de su país, donde el pueblo alemán no quiere que ofrezca más garantías de dinero de los contribuyentes para combatir la crisis de las deudas soberanas, y en el extranjero, donde le ruegan que lo haga. Se trata de una estrategia muy riesgosa.

Si el euro se salva y Europa avanza hacia una mayor integración, Merkel probablemente se gane la parte del león de ese triunfo, y quizás algún día sea celebrada como la salvadora de Europa. Pero si sus recetas resultan ser equivocadas, podría cargar con la culpa de presidir sobre el derrumbe del euro, de inimaginables consecuencias para la economía mundial.

Merkel mantiene un contacto casi diario con funcionarios de la administración de Barack Obama. El secretario del Tesoro norteamericano, Timothy F. Geithner, voló el martes a Alemania, para encontrarse con el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, y con el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann. Luego pasó una hora con Wolfgang Schäuble, su contraparte alemán, y dijo sentir "mucho entusiasmo por el desarrollo de los acontecimientos en Europa durante las últimas semanas".

Las modificaciones a los tratados de la UE que Merkel y Sarkozy propusieron en París el lunes hubiesen sido inconcebibles al principio de la crisis, pues implican que los Estados cedan una parte significativa de su soberanía económica. Es un proceso que para muchos observadores, en particular la prensa populista británica, ya está en marcha.

La renuncia de Silvio Berlusconi, primer ministro de Italia, fue interpretada como un augurio de ese futuro de Europa.

Una figura modesta

Pese a su prominencia mundial, Merkel, una científica de la ex Alemania Oriental volcada a la política, es una figura modesta en Berlín. Sigue viviendo con su segundo marido –un químico cuántico– en el mismo departamento del distrito de Mitte donde vivía antes de ser canciller.

La semana pasada, pronunció un muy esperado discurso de gobierno en el histórico edificio del Reichstag. No es una oradora carismática pero posee un aire de mando. En determinado momento, brotaron risitas en la bancada del opositor Partido Verde. Merkel levantó la vista y dijo: "Parece que a los verdes todo esto les resulta muy gracioso. Para mí, es pura lógica. Esa es la diferencia".

Después del discurso, se sentó con sus colegas parlamentarios a escuchar a los líderes de la oposición que la acusaban de no haber podido frenar la crisis. Ahora que las cámaras no estaban sobre ella al menos un momento, Merkel bostezó y se arrellanó un poco en su butaca, una instantánea poco frecuente.

Después de una hora y media de trabajar en el salón, se retiró para ir a grabar su podcast semanal, en esta oportunidad sobre la eficiencia energética, y para prepararse para recibir al canciller de Austria, Werner Faymann.

Después de una conferencia de prensa conjunta, Merkel volvió a subirse a su Audi negro para volar a la sede partidaria de la Unión Democrática Cristiana. Pasó corriendo junto a una mesa con ejemplares de la revista Silesia Today y del periódico Süddeutsche Zeitung para hablar frente a la Asociación de Alemania Central y Oriental de su partido, sobrevivientes de la migración forzada de los territorios perdidos a fines de la Segunda Guerra Mundial.

Con la facilidad con que el alcalde de una gran ciudad acaricia a sus vecinos, Merkel dejó caer una referencia al margen de la reelección del presidente de la asociación. Agradeció a los miembros por su ardua labor. Antes de que comenzara la crisis, Merkel tenía reputación de ser una canciller guardiana, a quien le gustaba dar a sus votantes lo que querían. "Tal vez algunos de nosotros pensemos que después de la unificación alemana ya no tendríamos mucho más que hacer", dijo. "En eso nos equivocamos."

Traducción de Jaime Arrambide

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