Las causas múltiples de la caída de 2001

Martín Kanenguiser
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22 de diciembre de 2011  

La crisis de 2001 se puede relatar de dos maneras. Lo más tentador es hacerlo de forma sencilla y sin matices, señalando quiénes fueron "los buenos y los malos". Bastará entonces con afirmar que hubo un grupo de especuladores que derrocó a un régimen que había logrado mudar a la Argentina al "primer mundo" con estabilidad y sin inflación, o, desde una visión heterodoxa, alcanzaría con explicar que aquel estallido fue un resultado lógico del fracaso del "neoliberalismo" implementado en los años 90.

El ex presidente Fernando de la Rúa y el ex ministro Domingo Cavallo insisten con esta primera versión, basada en la supuesta existencia en 2001 de un eje del mal conformado por una alianza entre los especuladores del mercado y el duhaldismo. La dificultad de esta hipótesis radica, entre otros factores, en que el "mercado" jamás hubiera elegido a Duhalde como su aliado para "derrocar" a De la Rúa o a la convertibilidad, porque lo consideraban un líder populista poco confiable, como lo demostraron luego al negarle durante su gobierno cualquier tipo de asistencia financiera.

Por su parte, las teorías románticas aún sostienen que fue la "lucha popular" la que determinó el final de aquel período de privatizaciones, desempleo y ajuste inaugurado en 1989, y que un nuevo país nació entonces.

Quienes adhieren a esta hipótesis heroica desde el actual oficialismo omiten que en 2001 los Kirchner defendían a Cavallo, que no aceptaban la devaluación ni las retenciones y que fueron las desordenadas medidas implementadas por Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde las que permitieron, junto con el cambio fuerte del escenario externo, el despegue económico del país.

Una opción ante estos relatos lineales consiste en detallar las múltiples causas que contribuyeron a la caída de la convertibilidad y a la recuperación del país desde fines de 2002. Pero, primero, cabe preguntarse si no hubo alternativas al caos de 2001.

La más concreta fue el "blindaje" de recursos que recibió el gobierno de De la Rúa, quien, obstinado, no se atrevió a utilizarlos para salir de la convertibilidad, pensando que podía ganar la batalla que terminó perdiendo en forma categórica, con el "corralito" para los ahorristas bancarios y la represión policial que provocó numerosas muertes en la zona de la Plaza de Mayo.

A la terquedad y la falta de coraje de la dirigencia local, hay que sumarle una de las peores combinaciones para la estabilidad de cualquier gobierno: la conjunción de una crisis externa –por la devaluación brasileña de 1999, que a su vez fue resultado de las crisis de Asia y Rusia–, muy bajos precios para los productos de exportación del país, una deuda dolarizada y la imposibilidad de mejorar la competitividad por el tipo de cambio fijo.

A estas razones hay que sumarle la desatención del gobierno de los Estados Unidos a partir de los atentados contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001, que le impidieron a De la Rúa contar con algo más de recursos frente a la dureza extrema del FMI, que pretendía que la Argentina sufriera un "castigo ejemplar", tras haber aplaudido a Menem dos años antes.

Esta suma de factores negativos explican, más que la acusación de sobornos a miembros del Senado por el proyecto de reforma laboral, el divorcio político entre De la Rúa y su vicepresidente, Carlos "Chacho" Alvarez, en octubre de 2000, que constituyó el principio del fin de ese gobierno, pese a los posteriores intentos del líder del Frepaso de reingresar al Poder Ejecutivo como jefe de gabinete de la mano de Cavallo, en marzo de 2001.

Sólo cuando la crisis política y económica ya estaba instalada, el PJ se sintió seguro para ingresar en escena y acelerar la caída del gobierno radical, sobre todo con la derrota del oficialismo en las elecciones legislativas de octubre. Luego de que se saldara la disputa interna en el peronismo –y de que se repitieran las escenas de 1989 de saqueos en el conurbano fogoneados por punteros políticos– comenzó la etapa de sinceramiento del caos y la recuperación, sin que se cumplieran los peores pronósticos de aquel entonces (hiperinflación y guerra civil).

¿Qué factores persisten de aquella zozobra? La continuidad del alto nivel de empleo en negro, la incertidumbre sobre los verdaderos niveles de pobreza e inflación, pocas medidas para transformar el crecimiento en desarrollo y la debilidad político-institucional, entre otros elementos.

Pero existe al menos una conclusión tranquilizadora: la posibilidad de volver a aquel infierno es, aun para los más pesimistas, imposible.

© La Nacion

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