Relato en primera persona: "Vi como los chicos se morían al lado mío"

El periodista de LA NACION, Gustavo Carabajal, realizó la cobertura del hecho ni bien se produjo el incendio y ayudó con las tareas de rescate
Gustavo Carabajal
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30 de diciembre de 2011  • 17:12

Pasaron siete años y todavía escucho los gritos desesperados de los padres llamando a esos hijos. Esos gritos que retumbaban entre los edificios de Jean Jaures al 100 me siguen despertando en las noches.

A veces tampoco me deja dormir la impotencia que sentí aquel 30 de diciembre de 2004 cuando se morían a mi lado los chicos que salían de ese infierno de humo venenoso y de color gris plomo en el que se había convertido el boliche al que habían ido a ver el recital de Callejeros.

No pude hacer nada. En lugar de encontrar alivio porque lograban escapar de esa trampa mortal, los chicos se morían. Caían fulminados y yo no podía hacer nada. No sabía nada de primeros auxilios. No podía ayudarlos.

No entendía por qué esos mocos negros brotaban de sus narices. Parecía que el aire de la calle los mataba. En ese momento no comprendía que, tal vez, habían llegado al límite de sus fuerzas para poder salir del boliche. Después, con los días, los peritos determinaron que la combustión de la mediasombra y la espuma de poliuretano del techo de Cromañón había liberado una cantidad de ácido cianhídrico capaz de matar a cualquier ser humano en menos de 30 minutos.

Nada fue igual en mi vida después del 30 de diciembre de 2004. Entonces vivía a pocas cuadras de plaza Miserere y esa noche salí de casa para realizar la cobertura informativa del incendio en un boliche de la zona de Once.

No tenía idea de dónde quedaba República Cromañón. Alcanzó con que siguiera en sentido inverso la fila de gente que pasaba con chicos en brazos por la puerta del edificio en el que vivía para poder llegar al lugar hacia el que confluían las ambulancias, autobombas y móviles policiales que, minutos después de las 23, iban a toda velocidad por Rivadavia.

Cuando llegué a la terminal de colectivos de la línea 68, frente a una de las esquinas de la plaza Miserere, tuve la primera impresión sobre la magnitud de la tragedia.

No se sabía quién estaba vivo y quién estaba muerto

Eran tantos los cuerpos que las ambulancias no alcanzaban para llevarlos a todos. Vecinos y transeúntes subían a los chicos a los colectivos de la 68 para que los trasladaran al hospital más cercano.

A casi todos los heridos los llevaban al Ramos Mejía, que estaba a diez cuadras. En la emergencia, nadie advirtió que ese hospital se desbordó rápidamente y muchos de los heridos quedaron tirados en los pasillos porque no había nadie que los clasificara según la gravedad de las heridas.

Toda la zona de Once era un caos. No había ningún vallado y las ambulancias no podían llegar hasta el boliche porque la calle Bartolomé Mitre estaba cubierta de una alfombra de cuerpos. No se sabía quién estaba vivo y quién estaba muerto.

Después de caminar media cuadra llegué hasta lo que parecía un estacionamiento instalado al lado de un hotel. Al fondo, un grupo de bomberos intentaba abrir un portón. Era tanta la fuerza que hacían los que estaban adentro y los que estaban afuera que por momentos salían algunas manos por la pequeña rendija que quedaba después del máximo envión.

Cuando lograron abrir ese portón vi una pila de cuerpos. Muchas manos habían quedado en dirección a la puerta, como si hubieran empujado hasta el límite de sus fuerzas, hasta desmayarse, hasta dejar la vida.

En ese momento no podía creer lo que gritaba uno de los hombres que había ayudado a abrir el portón: "Estos hijos de puta habían cerrado la puerta con alambres y candado". Esto se confirmó después en la investigación de la tragedia y en el juicio oral. Allí también pude ver el cartel sujeto al techo, con fondo verde y letras blancas en el que se podía leer: "Salida de emergencia".

Salí del estacionamiento, pasé frente al hotel y llegué a la puerta del boliche. Para tratar de entender la magnitud de lo que sucedía le pregunté a una pareja qué había pasado dentro de Cromañón.

"Todos los periodistas son iguales ¿cómo venís a preguntarnos qué pasó si tenemos un amigo adentro que se está muriendo?", me respondió la chica.

Ante ese reclamo decidí entrar en el boliche a buscar a su amigo. No sabía cómo era el chico ni sabía con lo que me iba encontrar. Caminé por el pasillo, vi la boletería, el cartel con la "K" invertida pintada en la pared de la derecha del pasillo, pasé por las puertas vaiven y llegué cerca de la primera escalera en forma de "Y" invertida.

Casi no podía respirar por el humo que bajaba del techo. Nunca encontré al amigo de la chica que me había gritado. Dos hombres venían arrastrando a una chica y los ayudé a cargarla y sacarla a la vereda.

Volví a entrar, levanté a un chico que se había trastabillado y lo llevé hasta la puerta. No pude regresar. Esa porquería que caía del techo me había irritado la nariz y la garganta. Me pesaba la cara y el olor y el gusto metálico me quedó por muchos días.

En la vereda, los chicos salían y caían al lado mío y no podía hacer nada para salvarlos. Así se fueron acumulando los cuerpos. Primero, los llevaron al playón de la terminal de colectivos situada a menos de una cuadra del boliche. Después, cuando ese lugar fue desbordado por los cadáveres, los cuerpos de las víctimas fueron colocados uno al lado del otro en la vereda del paredón de la estación de trenes de Once.

Para entonces, la calle había sido vallada y las ambulancias eran inútiles porque ya no tenían a quien trasladar. Dentro de Cromañón, los bomberos instalaron reflectores para buscar sobrevivientes y pruebas.

Una parte de mi se quedó en Cromañón

Crucé la calle y volví a entrar en el boliche. Eran las 0.30 y no quedaban rastros del humo venenoso. Resultaba curioso que, por tratarse de un incendio en el que murió mucha gente, dentro de Cromañón no había nada quemado. Los trapos que habían llevado los chicos estaban intactos. Colgado del sector pullman, en el costado izquierdo del escenario, una bandera rezaba "Callejeros, vivimos y morimos por vos: Piky y Cary. Budge presente".

Del techo colgaban los alambres que antes del fuego sostenían la mediasombra que servía como elemento de ornamentación del boliche. No había peligro de derrumbe y el escenario estaba intacto.

Pero el incendio quemó por dentro a la gente. Esa noche el fuego consumió muchas vidas, las de las 194 personas que murieron, las de los familiares que perdieron a sus seres queridos y las de los sobrevivientes, para quienes nada volverá a ser igual y, obviamente con mucho más dramatismo que yo, se despiertan en medio de la noche con una profunda sensación de ahogo.

Después de esa noche nada fue igual en mi vida. Es que una parte de mi se quedó en Cromañón.

Cromañón: la otra cara de la tragedia que marcó a una generación

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