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El piano de Lang Lang y su virtuosismo inestable

Mimado por el público pero aún en desarrollo para la crítica
Jorge Aráoz Badí
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8 de enero de 2012  

MADRID.- Con el pianista chino Lang Lang se ha producido un fenómeno de seducción del oyente de música, casi comparable al que un par de siglos atrás protagonizara Paganini y su público delirante. Está tan en onda que, por ejemplo, aquí en Madrid (una ciudad en que actúan con cierta regularidad pianistas del nivel de Alfred Brendel, Maurizio Pollini, Murray Perahia o María Joao Pires, por citar sólo a cuatro notables) en una reciente encuesta realizada a las puertas del Auditorio Nacional de esta ciudad por un grupo joven perteneciente a una nueva institución de conciertos, el nombre que logró una cantidad aplastante de votos fue el de Lang Lang.

¿Qué tiene este intérprete para haberse apoderado de las preferencias masivas de oyentes que escuchan habitualmente a pianistas de primer nivel internacional y cuyos méritos, en términos generales y hasta ahora, están fuera de las habituales objeciones críticas?

Por cierto, Lang Lang tiene muchos atributos: un muy buen sonido, una mecánica de precisión absoluta que le permite afrontar las mayores dificultades pianísticas y salir siempre airoso, sabe iluminar su canto con ciertos fulgores nada comunes, comunica un aire de espontaneidad que lo hace caer siempre simpático, y en sus manos, todo parece especialmente natural.

Pero si se lo escucha con atención, se advierte que en muchos momentos de lo que toca, esa naturalidad está claramente elaborada. Casi siempre despliega una brillantez tan arrolladora que, a veces, cuando debe aplicar el freno y obtener tonalidades mate, éstas suenan artificiales. Usa el pedal con un criterio abiertamente demagógico y como consecuencia cae a menudo en una expansión sin retorno o simplemente, en el pintoresquismo.En sus recitales consigue versiones realmente memorables de algunas obras y un rato más tarde, en ese mismo recital, resbala hacia las lecturas más superficiales y la total inseguridad estilística.

Eso le sucedió, por ejemplo, en uno de los conciertos Proms, en el Royal Albert Hall, de Londres, en agosto de 2008, en que la Sonata K. 333 de Mozart se le escapó de las manos a lo largo de sus 20 minutos y luego tocó dos preludios de Rachmaninov y la "Gran polonesa" de Chopin de manera insuperable para terminar con un Debussy suspirante, cargado de nebulosidades inventadas. También en sus programas de recitales, con frecuencia incluye la Wanderer Fantasie de Schubert que toca sin definición, sin rigor, sin aplomo, sin continuidad.

Se podría seguir con la lista de sus interpretaciones que incluye algunas muy buenas y otras olvidables, lo que muestra a Lang Lang como un pianista todavía inestable, pero eso sí, con un innegable talento. Aunque varios especialistas muy respetables, consideran que se trata de un artista aún no terminado de desarrollar cabalmente. De todos modos, hay algo que conspira contra su labor como intérprete: es su exagerada tendencia a la gesticulación, como si su cara y su cuerpo tuvieran necesidad de responder y reflejar cada una de las expresiones contenidas en la música, aún las más insignificantes.

En febrero de 2007, Lang Lang asistió a una masterclass dictada por Daniel Barenboim. En la filmación, se ve al joven absorbido por las indicaciones y comentarios del maestro sobre la Sonata Appassionata de Beethoven. Resulta inevitable no pensar cómo es posible que a Lang Lang no se le haya contagiado la moderación en los gestos, la concentración en su tarea que siempre muestra ese gran músico que es Barenboim, con los espléndidos resultados que se le conocen. O viéndolo retorcerse frente al piano y con el repertorio de muecas más increíbles, es ineludible no recordar a Rubinstein, que lograba transmitir todas las emociones de su Chopin sin mover un músculo de la cara, casi sin despegar sus manos del teclado.

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