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La región arma un consenso sin la Argentina

Nicolás Dujovne
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15 de enero de 2012  

Una de las cosas que han llamado la atención a lo largo de estos ocho años de Néstor y Cristina Kirchner ha sido la ausencia total por parte del Gobierno y de sus seguidores de alguna referencia internacional en la cual enmarcar la economía kirchnerista.

Es que el peronismo en general, especialmente el de la fase 1946/1955, y el kirchnerismo en particular comparten un rasgo común a otros gobiernos de corte populista y nacionalista: la fuerte defensa de los rasgos idiosincráticos de sus políticas. La homologabilidad internacional de la acción de gobierno es asimilable a la entrega, al colonialismo o, más sencillamente, al mal. Arturo Jauretche, Hernández Arregui y, más acá, Felipe Pigna abrevan en esas ideas.

Probablemente la raíz de la cuestión deba ser analizada desde la concepción del poder. Las prácticas más usuales en materia económica a nivel internacional se basan en instituciones que tienden a consolidar políticas permanentes. Su perdurabilidad se basa en la construcción de algunos consensos internos que requieren cierto reparto del poder. Por ello el esquema concentrador del poder del peronismo tiende a rechazarlas. En este esquema, el poder deviene del ejercicio irrestricto de la discrecionalidad del Estado, cuyos resultados son inmediatos, aunque efímeros. Poder y ciclo económico muestran un entrelazamiento estrechísimo, que explica en parte los ciclos de auge y final de los gobiernos populistas y tal vez nos da una pista de por qué la argentina es, después de la venezolana, la economía más volátil de la región.

Podría decirse que el kirchnerismo sólo reconoce como encuadramiento conceptual, aparte de a sí mismo, algo que podríamos denominar latinoamericanismo. La hermandad latinoamericana da forma a gran parte de los discursos oficiales y provee de color al movimiento político que acompaña al oficialismo. Sin embargo, dicha invocación no parece realmente dotar de contenido su praxis.

En el discurso pronunciado en la conferencia anual de la UIA, la Presidenta advirtió: "[?] Este no es un modelo de metas de inflación, eso es algo del Consenso de Washington; este modelo es de crecimiento de la economía". Tal vez los funcionarios del área económica deberían decirle que Brasil, México, Chile, Colombia, Uruguay, Paraguay y Perú, entre otros, se rigen por el sistema de metas de inflación.

De todos ellos, México, Chile, Colombia y Perú tienen acuerdos de libre comercio con los Estados Unidos similares a los que el Gobierno repudió en la Cumbre de las Américas de 2005, en Mar del Plata. Una contradicción similar se aprecia al leer el último documento de Carta Abierta, que elogia al oficialismo por hacer que el latinoamericanismo se convierta en definición de una política internacionalista y regional. Dada la heterogeneidad regional, parecería que la densidad ideológica de "latinoamericanista" se aproximaría a la pertenencia a las hinchadas de River o Boca.

Con el mundo como amenaza

Ya sabemos, entonces, que en muchos aspectos fundamentales de la aplicación de las políticas macroeconómicas no nos parecemos a quienes decimos parecernos. En vez de metas de inflación, tenemos inflación. En vez de ver el mundo como una fuente de oportunidades, lo vemos como una enorme amenaza de la que debemos aislarnos. En el mundo de las ideas rendimos culto a la autarquía. Es el modelo nacional y popular.

En el plano de los números, la Argentina es hoy un país de mitad de tabla para arriba en términos de PBI per cápita. Medido en dólares corrientes, nuestro PBI ocupa el lugar 62 en el mundo, un puesto por detrás de México y cerca del lugar 54 de Brasil. Australia y Nueva Zelanda, países que se nos parecían antes de que nos encantara tener rasgos idiosincráticos, están 5 y 21. Sextuplican y triplican, respectivamente, nuestro PBI por habitante.

Pero el PBI no es todo. Tal vez hemos hecho todas las cosas que hemos hecho en las últimas décadas en pos de la igualdad, la transparencia, la diversificación de nuestras exportaciones y otros objetivos. Se justificarían entonces la inflación, la guerra a la OTAN, la sustitución de importaciones, la adulteración de las estadísticas, las privatizaciones y las estatizaciones.

Tampoco allí nos fue bien. La Argentina es uno de los países más desiguales del mundo. Tomando el coeficiente de Gini como medida, y siendo Japón el país más igualitario, ocupamos el puesto 104 sobre un total de 150 evaluados que tiene a Namibia en el último lugar. En los rankings de corrupción y competitividad, estamos 105 sobre 180, y 85 sobre 144.

Solo 24 países tuvieron, en los últimos tres años, una inflación promedio superior al 10 por ciento. Esos 24 bajan a 8 si excluimos Africa. De los 24, sólo 4 tuvieron una tasa de inflación superior a 20%: la Argentina, Venezuela, el Congo y Bielorrusia. En este selecto grupo, sólo uno de ellos adultera sus estadísticas.

El relato oficial de que sólo con inflación se baja la pobreza es ridículo y no tiene sustento estadístico. Sería muy útil que algún funcionario se animara a llevarle los datos a la Presidenta. Así se enteraría de que a veces un relato es sólo eso. Pero la realidad es más rica y diversa. Blanco y negro o bien y mal son discursos más fáciles de entender. Pero no es mejor.

El autor es economista

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