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El "paridero"

Fernanda Sández
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12 de febrero de 2012  

Es el tipo de historia que los medios adoran. Simple, y con moraleja.

Ya saben, el ladrón asaltado o el cazador de tiburones comido por sus presas. El 23 de enero murió en Australia una mujer llamada Caroline Lovell. Murió pariendo. Murió en su casa. Y eso (lo de "en su casa") convirtió al hecho en noticia; Lovell era defensora del parto humanizado.

Una de las tantas herejes que se niegan a dar a luz en una de esas clínicas blancas adonde parece que la muerte tiene prohibido el ingreso. Simple y con moraleja, la historia de Caroline lo dice clarito: a las chúcaras que se nieguen a marchar al "paridero" les espera lo mismo que a ella.

Confieso que por años pensé parecido. Que para qué arriesgarse como las abuelas cuando -chicas modernas, educadas y con prepaga- disponemos de analgésicos, cesáreas, oxitocina. Por eso, cuando quedé embarazada a los 36 ("madre añosa", decretó el obstetra) juré no sumarme a eso que llamaba "ecotilinguería". Nada pues de livings con música birmana ni nacimiento en el agua para mí. Pura y dura ciencia médica. Hasta que llegó el momento del parto y lo que había arrancado por la tarde y bien (en mi casa) terminó de noche y mal, en la clínica. Me pusieron a plañir en una camilla horrendamente horizontal. Todavía recuerdo el ruido de la chapa con cada temblor. Necesitaba sentarme, colgarme de algún lado, gritar. Grité. El dolor -el verdadero- era eso: sentir que tus huesos se vuelven arena mientras gente de blanco habla de Boca. La prometida anestesia nunca llegó. El anestesista, tampoco. "No era necesario", dijo el doctor. "Pariste como en el 1800", dijo la partera. Como mi bisabuela, sí. Yo no dije -no podía decir- nada. Sólo sé que se llevaron al bebe y a mí me dejaron por ahí, temblando de frío y de furia bajo una sábana verde. Esa noche no pude dormir, y tal vez por eso entendí de golpe todo lo que no había entendido antes. Para empezar, que cuando el nacimiento se convierte en acto médico todo se reduce a sacar a la personita de dentro de la persona. El resto es anécdota.

"Parto normal", dijo la partera. Y eso fue. Normalmente aullado, sangrado y cosido. Normalmente horizontal, violento y veloz. Y en el paridero, el lugar "normal" del nacimiento fast food . Entra una panza, sale un bebe. Y que pase el que sigue.

Más tarde, hablando con otras, supe que mi historia no era la única. Ni siquiera la peor. Descubrí que incluso debía alegrarme. Que -de haber sido más joven y más pobre, como quienes desfilan en "Con todo al aire", un estudio sobre las prácticas en salud reproductiva en hospitales públicos- alguien podría haberme dicho:

-No grités, que esto no es una cancha y acá no hubo ningún gol.

-Si te gustó lo dulce, ahora bancate lo amargo.

-Yo soy la doctora, pero si vos sabés, quedate en tu casa y atendete sola.

No, no puedo quejarme. El nene "vino sanito" y yo no me morí desangrada. ¿El resto? "Ñanas de primeriza", diagnosticaron. Desde la noche boca arriba entendí también de qué huyen con desesperación las mujeres como Caroline. Ella sabía que el nacimiento es -debe ser- otra cosa. Y osó exigirle al Estado que respetara su derecho a parir de otro modo. A no alimentar con su sangre la llama del "paridero". Pero ésa, claro, es el tipo de historia compleja que los medios no adoran.

© La Nacion

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