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Viaje de regreso a la Argentina excelente

Ariel Torres
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18 de febrero de 2012  

"La Argentina tenía mala fama en el mundo, fama de exportar demasiados cerebros", me dice por teléfono el doctor Alejandro Fainstein, vicedirector del Instituto Balseiro (IB). Se refiere a una charla que tuvo en los 90 con Manuel Cardona, del Instituto Max Planck. "Sólo la Argentina iguala a Rusia en la fuga de cerebros", le había dicho Cardona.

Hemos estado charlando un rato largo, preparando el reportaje que está más abajo. Nos encontramos a 1600 kilómetros de distancia, pero no se nota. Un logro de la tecnología. Es decir, de la ciencia.

Pero la frase sobre la fuga de cerebros me resulta abrumadora. Es uno de los muchos filamentos que tejen nuestra identidad como nación, y hasta es posible que estemos orgullosos de esto. Como si pensáramos que el resto del mundo nos cree inteligentísimos porque exportamos inteligencia. No, no es así.

Es más bien al revés.

Pero permítame retroceder un poco en el tiempo.

Antes del invierno

Hace casi 25 años, poco antes del invierno de 1987, una revista para la cual trabajaba como redactor de ciencia y tecnología me envió a Bariloche. "Pibe, mañana te vas a cubrir el Balseiro. Acá tenés los pasajes", me dijo el coordinador de la Redacción como si tal cosa, y cuando miré las fechas en los tickets caí en la cuenta de que la estadía era de sólo 3 días. "¿Me están dando 3 días para cubrir el Balseiro? –pregunté pasmado–. ¿Tienen idea del tamaño que tiene ese lugar?" Por toda respuesta recibí un Hablá con tu jefe y, por supuesto, al día siguiente un fotógrafo y yo despegábamos de Aeroparque con la perspectiva imposible de retratar el Balseiro ( www.ib.edu.ar ) en exiguos 3 días.

Alejandro Fainstein en el laboratorio de Fotónica y Optoelectrónica del Centro Atómico Bariloche
Alejandro Fainstein en el laboratorio de Fotónica y Optoelectrónica del Centro Atómico Bariloche

Intenté compensar esto durmiendo muy poco, lo que me daba tiempo para entrevistar a los investigadores durante el día y pasar en limpio las entrevistas por las noches. Era una época en que los grabadores capaces de almacenar 16 horas de voz no existían. En el instituto me prestaron una máquina de escribir que en lugar de mayúsculas y tildes escribía letras griegas y símbolos matemáticos, variante útil para componer ecuaciones y fórmulas que, no obstante, transformaba mi apuntes en algo emparentado con la Cábala. No iba a ser fácil decodificar aquellas notas más tarde, aunque me esforzaba por sacar todo en minúsculas y sin acentos.

Como es usual, de aquellas interminables notas se publicó una porción ínfima, por lo que quizás el enviarme sólo 3 días no había sido tan mala idea, y el artículo ya estaba impreso, archivado y olvidado para cuando la gripe que me había pescado por admirar la Luna sobre el Nahuel Huapi terminó por disiparse, un par de semanas después.

¿Lavarías los platos?

Sin embargo, algo que vi esos días en el Balseiro me ha acompañado siempre. Había allí un clima tan profesional, tan apasionado y tan comprometido que mostraba la otra Argentina posible, la que premiaba al mejor y no al más pícaro. La Argentina seria.

Esa fue la sensación que me llevé. Una sensación esperanzadora en un momento esperanzado del país, que había recuperado su democracia casi cuatro años antes.

Con los meses y las vicisitudes, la esperanza fue velándose. De regreso de Bariloche, sumido en una realidad que pronto iba a mandar a los investigadores del Conicet a lavar los platos, una incómoda pregunta se me fue instalando en la conciencia: ¿con cuál Argentina nos quedaremos, finalmente?

En estos días, como una suerte de respuesta a aquella pregunta, me enteré de que la cantidad de estudiantes que se postulan para estudiar en el Instituto Balseiro ha ido reduciéndose durante los pasados 25 años. Me pareció una buena ocasión para hablar con la gente del instituto, y me puse en contacto con Alejandro Fainstein, investigador de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), director del Laboratorio de Fotónica y Optoelectrónica del Centro Atómico Bariloche, investigador principal del Conicet, y profesor asociado y vicedirector del Area Ciencias del Balseiro. A continuación, un resumen de nuestra larga charla por teléfono y por mail.

(A propósito, si los científicos se hubieran tomado en serio eso de ir a lavar los platos, hoy tendríamos aparatos que caben en la palma de la mano y hacen el trabajo en 20 segundos.)

***

–¿Cómo se ha ido dando la baja en las inscripciones en el Balseiro a lo largo de los años?

–El número de inscriptos a las carreras de grado (licenciatura en Física, Ingeniería Nuclear e Ingeniería Mecánica) ha ido disminuyendo más o menos sistemáticamente en los últimos 25 años, de un pico en los años 80 de algo más de 200 a unos 70 hace tres años. Además, en los 80 había sólo dos carreras y 30 vacantes, mientras que hoy hay 3 carreras y unas 45 becas. Deberíamos volver a tener como mínimo más de 200 inscriptos.

–¿Cuál es la situación actual?

–En los últimos dos o tres años la tendencia decreciente se ha comenzado a revertir, habiendo algo más de 100 inscriptos en 2010 y 2011. Esto posiblemente se debe a una campaña de difusión modesta, y una visibilidad mayor de la ciencia y la tecnología en la prensa y en los temas del Estado (por ejemplo, el relanzamiento de la Comisión Nacional de Energía Atómica, y el nuevo Ministerio de Ciencia y Tecnología).

–¿Cuáles son las razones de la caída en las inscripciones, a tu juicio?

–En la Argentina el número global de estudiantes en Física se ha mantenido más o menos constante durante los últimos 15 años. No acompañó ni siquiera al aumento en la población. ¿Por qué tan poca gente estudia ciencias? Es de alguna manera un problema mundial, con condimentos locales. Supongo que existe cierto nivel de facilismo, acompañado del prejuicio de que la ciencia y la tecnología son difíciles. Existe también desinformación respecto de la salida laboral. No se puede soslayar tampoco la crisis de todo el sector nuclear en el nivel mundial durante la década del 90, área central para el Balseiro. En la Argentina creo que esto se ha visto agravado por lo que a mi entender fueron decisiones equivocadas en el nivel de la educación secundaria durante esa década. Es decir, la desaparición de la educación técnica, el empobrecimiento de la enseñanza de las ciencias y la matemática, y el debilitamiento de la preparación de docentes especializados. Esto se sumó a una imagen desvalorizada del científico desde la propia administración del Estado (nos mandaron a lavar los platos). Finalmente, es un hecho que la oferta laboral local para científicos y tecnólogos en la década del 90 era bajísima. El resultado fue claro: dada la fuerte demanda internacional, se produjo la fuga de los científicos locales.

"Ese marco general ha ido cambiando lentamente para bien: como científicos y tecnólogos nos sentimos más valorizados, ha mejorado el financiamiento, ha aumentado enormemente la oferta laboral, y no solamente en el sector público. Se comienzan a vislumbrar grandes proyectos públicos y en empresas en los que la inserción de científicos y tecnólogos es estratégica. El cuello de botella hoy es la disponibilidad de una masa crítica de recursos humanos altamente calificados. Los salarios también han mejorado. En este sentido, la cantidad de estudiantes de ciencias y de ingeniería, y en consecuencia de candidatos para venir al Balseiro, viene de alguna manera rezagada, algo que por inercia todavía no ha reaccionado a una demanda real en el país."

–¿Por qué alguien querría postularse para estudiar en el Balseiro?

–Yo creo que uno debe aspirar a estudiar en los mejores lugares. Y el Instituto Balseiro es un excelente lugar para la Física, la Ingeniería Nuclear y la Ingeniería Mecánica con orientación tecnológica. Estudiar aquí significa pasar a formar parte de una institución vital, con su historia y sus tradiciones. Es una experiencia diferente, que además abre enormes oportunidades. Los estudiantes se encuentran con un campus donde interactúan con docentes que son investigadores full-time, con cursos que tienen una relación docente/alumno altísima, con laboratorios modernos, con grupos de investigación y desarrollo actualizados y competitivos en el nivel internacional, e insertos en los objetivos y proyectos de la institución y del país. Por si fuera poco reciben becas completas que les dan libertad económica: todos los alumnos admitidos, unos 40 por año, son becados.

"Además, en nuestra área no existe el desempleo. Las oportunidades de trabajo son múltiples. La CNEA y las empresas del sector nuclear, con el relanzamiento de la actividad y el problema global de la energía, tienen numerosos proyectos estratégicos con enormes desafíos que demandan personal calificado. Entre otros, reactores nucleares de potencia y de investigación, combustibles, la tecnología del hidrógeno, Física Médica y aplicaciones de la tecnología nuclear, nanotecnología y dispositivos optoelectrónicos. También hay demanda por parte de Invap y de muchas otras empresas, sobre todo del sector petrolero y metalúrgico, así como de hospitales y, claro, de parte de la academia, por medio de la CNEA, del Conicet y de otras universidades."

Marche un satélite

Del Balseiro surgió, en 1976, Invap ( www.invap.com.ar ). Es la única empresa de América latina certificada por la NASA como proveedor de tecnología aeroespacial, y la única en la región que puede fabricar un satélite desde cero, desde el concepto hasta la puesta en órbita; hasta ahora, las pruebas de puesta en órbita se hacían en Brasil, pero este año la empresa terminará de construir su Facilidad de Ensayos Satelitales (FAES), y el circuito quedará completo.

Ahora bien, no hay muchas cosas más difíciles que fabricar un satélite, y ésa fue la clase de país que me permitió vislumbrar el Balseiro cuando lo conocí, un cuarto de siglo atrás. Las sucesivas coloraturas políticas, siempre ávidas de logros que les den lustre y de consignas altisonantes, no han conseguido desarmar estos bolsones de inteligencia concentrada.

Pero la situación dista de ser ideal. Le pregunto a Fainstein:

–¿Qué clase de país se proyecta desde el Balseiro?

–El Balseiro es una unidad académica que depende de la CNEA y de la Universidad Nacional de Cuyo. Tiene un espíritu esencialmente universitario, pero no es exactamente igual a una universidad. La pertenencia a la CNEA marca un norte, una conexión fundacional con objetivos estratégicos, al sentido de nuestra actividad: formar especialistas de excelencia en área de ciencias e ingeniería para cimentar el desarrollo de la ciencia básica y aplicada, y la tecnología en el marco de los objetivos nacionales.

"La CNEA es un ejemplo de desarrollo tecnológico en un área estratégica, involucrando desde la minería hasta los reactores nucleares, las aplicaciones médicas, las energías alternativas, y toda la ciencia de base que da soporte a eso. Muchos de nuestros egresados contribuyen a esos desarrollos, y para su formación básica se insertan en los grupos de investigación propios de la CNEA. En este marco es que surge del Centro Atómico Bariloche-Instituto Balseiro una empresa como Invap, que es capaz de competir fabricando reactores nucleares, equipos de medicina, radares o satélites. Es para nosotros motivo de orgullo que así sea."

Ahora multiplíquelo por 10

En un momento, durante la charla, Fainstein lanza una pregunta perturbadora. Tomo el interrogante y se lo dejo en su campo:

–¿Tiene sentido seguir formando científicos en la Argentina?

–Yo creo que las experiencias propias y ajenas demuestran que no existe un proyecto exitoso para nuestro país que no esté basado en el desarrollo educativo y científico-tecnológico. Para que eso sea posible la Argentina tiene que dar un salto cualitativo y cuantitativo en su sector científico-tecnológico. Brasil lo hizo hace veinte años: multiplicó por 20 su población científica, sus laboratorios, sus recursos, y hoy puede encarar proyectos sustantivos con liderazgo regional e internacional. Yo creo que para la Argentina, como te decía antes, el cuello de botella son los recursos humanos.

–Faltan científicos e ingenieros.

–Somos muy pocos. Hay proyectos, hay oportunidades, hay desafíos apasionantes e importantes. Podemos integrarnos al mundo de una manera diferente. Pero somos muy pocos. Si no queremos ser el vagón de cola, pobres, ignorantes, ineficientes, inseguros, dominados, tenemos que hacerlo.

"Por otro lado, creo que es limitado pensar al científico como alguien que sólo se forma para investigar, o para hacer tecnología. Estoy convencido de que debería haber muchos más científicos en los organismos técnicos y en la administración pública de municipios, provincias, en el Estado, en los institutos de formación docente, en los colegios, en las oficinas de patentes, en hospitales, en empresas de todo tipo. En Alemania, por ejemplo, muy pocos doctores en ciencias permanecen en la academia. ¡Los físicos incluso llegan a cancilleres! (Se refiere a Angela Merkel, que es fisicoquímica.)

–¿Cómo ves las relaciones de la comunidad científica con las empresas privadas hoy?

–Creo que en los últimos años se ha comenzado a romper un cierto prurito de los científicos argentinos, tradicionalmente algo reacios a alejarse de la academia y acercarse al mundo de las aplicaciones. Creo que esa visión algo romántica ya no existe entre los jóvenes. Son bastante más pragmáticos. Y tampoco creo que se mantenga en los más veteranos. Hoy hacer un spin-off (generar una empresa de base tecnológica) o ir a trabajar a una buena compañía, ser capaces de originar tecnología, son modelos de éxito. Desde el Ministerio de Ciencia y Tecnología se incentiva el diálogo y la colaboración entre el sector científico y las empresas. Esto va acercando los temas de investigación a las necesidades de estas empresas.

"Pero falta mucho todavía. Falta que este trabajo sea más intenso, y más productivo. Falta que las empresas tengan mayores incentivos para sumar tecnología propia a sus productos. Creo que faltan más profesionales con formación científica que se sumen a las plantas de esas empresas y ayuden a cerrar la brecha entre ciencia, tecnología y producción. Existe probablemente una mutua ignorancia respecto de las capacidades y necesidades del otro sector. Si en la administración pública hubiera más científicos trabajando, sería más fácil acercar sus necesidades a la oferta del sistema científico tecnológico."

–¿Cuáles serían, a tu juicio, las tres reglas directrices para recuperar el nivel de investigación y ciencia en la Argentina y acercarnos, por seguir tu ejemplo, a Brasil?

–Primero, creo que hay que hacer una revolución en la educación secundaria. Tiene que ser una buena etapa de formación y educación, de crecimiento personal, e intelectual, y no simplemente un rito de pasaje. Para eso hay que jerarquizar y profesionalizar los profesorados. Y, creería, hay que volver a nacionalizar la educación. Todo esto no puede excluir claras y fuertes pautas de evaluación y seguimiento.

"Segundo, hay que definir mucho más claramente cuáles son los objetivos estratégicos para el desarrollo científico y tecnológico en la Argentina. Creo que la mayoría de los temas de investigación básica en el nivel internacional no son otra cosa que los desafíos percibidos por los países centrales para sus tecnologías de los próximos 5 a 25 años. Bien, ¿cuáles son los nuestros? Sin dejar de ser activos en el estado del arte científico mundial, hay que identificar bien los sectores estratégicos donde la Argentina puede ser competitiva, o que son críticos para su sustentabilidad."

–¿Por ejemplo?

–Por ejemplo, los alimentos, la minería, las energías alternativas, el medio ambiente, la salud.

"Y tercero, creo que es imprescindible multiplicar la comunidad científica por 10 en los próximos 10 años, obviamente acompañando esto con los recursos necesarios. Pero esto no puede hacerse con los mismos lineamientos con que funcionó hasta ahora el sector. Estos sirvieron para mantener capacidades mínimas y de calidad. Para dar el salto creo hay que orientar recursos, becas y cargos, quizás hay que repensar el rol de las instituciones existentes, y hay que generar nuevas instituciones de investigación y desarrollo temáticas y orientadas como la CNEA, pero en los sectores estratégicos que te mencionaba antes, financiadas en parte por los propios sectores. Finalmente, para que esto funcione bien hay que implementar, igual que en la educación, mecanismos de seguimiento y evaluación más efectivos que los actuales."

***

No hay nada que la Argentina no pueda hacer, si se lo propone. Esta es la impresión que me llevé del Balseiro hace 25 años. Nada significa nada, sin excepciones. Somos una nación inmensa, rica y es bastante obvio que no nos faltan cerebros. Nos lo hemos pasado regalándoselos al mundo, porque es falso eso de que los exportamos . Se van de aquí por falta de oportunidades, y el país nada obtiene a cambio. No los exportamos, los expulsamos, que es muy diferente. Ahí Fainstein bocetó una receta para mejorar todo esto. No parece disparatada. Todo lo contrario.

Hoy nuestra inmensa nación fabrica satélites, radares y reactores nucleares en una empresa nacida del Balseiro. Pero al mismo tiempo restringe la importación de herramientas de alta tecnología –notebooks, componentes electrónicos y sigue la lista– que los científicos necesitan con desesperación.

Le comento este y otros absurdos a Fainstein. Contemporizador, me responde: "Como bien decís, el progreso de la nación es un tema complejo, con variadas aristas y visiones. Lo que seguro será imprescindible es llegar a acuerdos básicos. Y para eso tendremos que aprender a tener verdades parciales. Es un largo camino, que habrá que aprender a recorrer lentamente, camino no exento de múltiples frustraciones".

Será así. Por mi parte, me sigo preguntando con cuál de las dos Argentinas vamos finalmente a quedarnos.

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