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Controles cambiarios, ¿regreso a los 70 o al 1600?

Miguel Kiguel
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19 de febrero de 2012  

Si Jean-Baptiste Colbert o algunos economistas del mercantilismo del siglo XVII renacieran, verían con admiración las políticas de controles cambiarios que está aplicando el gobierno argentino para acumular dólares. El mercantilismo fue una escuela de pensamiento que consideraba que la prosperidad del Estado estaba asociada con la acumulación de oro y divisas.

Como ahora, se asociaba la riqueza pecuniaria con el bienestar y con la posibilidad de lograr independencia económica. En ese entonces se buscaba la consolidación y la defensa del Estado-Nación, hoy se busca independencia económica y financiera y no someterse a la disciplina de los mercados. Los mercantilistas estaban a favor de restricciones a las importaciones y de favorecer exportaciones como así también de una fuerte intervención del Estado en la actividad económica. ¿Suena conocido por estos días?

Los controles hoy en la Argentina poco tienen que ver con una política de sustitución de importaciones o de creación de empleo (como bien argumentó Federico Sturzenegger la semana pasada), a menos que pensemos que importar las partes sea más barato que importar el todo, y que las ensambladoras (maquilas internas) de Tierra del Fuego algún día se transformarán en grandes fábricas que abastecerán de televisores y electrodomésticos argentinos al mundo entero. O que tal vez las inversiones, que hasta ahora han sido principalmente en galpones para ensamblar se vuelquen a investigación y desarrollo, lo cual no parece probable.

Pero incluso si ese fuera el caso, probablemente no sea el mejor camino al desarrollo productivo, ya que la experiencia del llamado milagro de los tigres asiáticos, entre los que se encuentran países como Corea del Sur, dejó en claro que la estrategia de promoción de exportaciones ha sido más exitosa que la de sustitución de importaciones.

Los controles en la Argentina no han sido parte de una política de sustitución de importaciones setentista destinada a favorecer la producción y el empleo local o el crecimiento de ciertos sectores estratégicos, sino que simplemente fue una forma de defender las reservas internacionales; o sea mercantilismo puro y duro.

La introducción de controles cambiarios fue una respuesta a la fuerte fuga de capitales que tuvo lugar en la segunda mitad del año pasado cuando el deterioro del contexto internacional que generaron la crisis griega, la depreciación del real en Brasil y la baja en los precios de nuestras exportaciones generaron temores sobre una posible devaluación del peso.

La decisión del Gobierno en ese momento fue no devaluar, no endeudarse y defender las reservas con una receta simple pero efectiva: se limitó drásticamente la venta de dólares tanto para atesoramiento, como para el pago de importaciones o para el envío de dividendos al exterior.

A primera vista, especialmente a los ojos del Gobierno, esta política funcionó. Se frenó la corrida cambiaria, las reservas subieron un poquito, las tasas de interés en pesos que habían subido del 11 al 24 por ciento cayeron a niveles del 15% anual y el tipo de cambio paralelo cayó.

Lo preocupante, sin embargo, es que seguramente esta ha sido una victoria pírrica cuyos efectos negativos se irán viendo a lo largo del tiempo.

La receta es el paso del tiempo

Algunos sueñan con que los problemas se van a resolver solos simplemente con el paso del tiempo y hacen referencia a lo que pasó en el 2009, cuando una vez superada la crisis financiera internacional cayó la tasas de interés, se pudo estabilizar el tipo de cambio, mejoraron las cuentas externas y eventualmente se pudieron relajar los controles cambiarios. La mala noticia es que esta vez es diferente y que va a ser muy difícil volver a los años dorados de alto crecimiento y superávit externo.

Las principales diferencias son que hoy Argentina ya no tiene el tipo de cambio hipercompetitivo que supo tener, que no contamos con un superávit externo en la cuenta corriente que sea una fuente de aumento en las reservas internacionales, que no hay espacio para hacer una política fiscal expansiva por falta de financiamiento y que una política económica que busca desesperadamente conseguir dólares termina espantando a los inversores que temen no poder pagar dividendos o contar con los insumos básicos para producir. Sin inversión y con muchos cuellos de botella en la economía, los estímulos a la demanda seguramente tendrán más efectos en los precios que en el nivel de actividad.

Muchos se preguntan cómo puede terminar esta historia, ya que la nueva realidad no parece sustentable.

Lo más probable es que estas políticas económicas se puedan mantener por un buen tiempo, aunque con un costo muy alto. Los controles férreos y el fortalecimiento del peso llevarán a que la economía sufra un lento deterioro en el crecimiento debido a la falta de insumos importados, la continua pérdida de competitividad y la caída en la inversión. Pero dado que los desequilibrios macroeconómicos se mantienen en el rango de lo manejable, seguramente no habrá una crisis financiera que fuerce cambios en el rumbo de la política económica. No olvidemos que el mercantilismo se mantuvo por casi dos siglos.

El autor es presidente de Econviews y profesor de la Universidad Torcuato Di Tella

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