Un tren no frenó y provocó un desastre

Al menos 50 pasajeros murieron y 676 resultaron heridos cuando una formación chocó al llegar a la terminal; La mayoría de las víctimas iba en los dos primeros vagones; Anoche, decenas de familiares buscaban a desaparecidos en la morgue y en hospitales
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23 de febrero de 2012  

En los últimos 40 metros del recorrido está condensado el misterio de la catástrofe que ayer, en la hora pico matutina, se desató cuando una formación del ferrocarril Sarmiento no logró frenar al entrar en el andén de la estación Once y chocó contra el paragolpes hidráulico de la terminal. El saldo provisional es pavoroso: 50 muertos y 676 heridos atendidos en quince hospitales porteños, en lo que se convirtió, por su magnitud, en la tercera tragedia ferroviaria del país. Al cierre de esta edición, había medio centenar de heridos graves y decenas de desaparecidos que eran buscados por sus familiares y amigos.

Por la catástrofe, tanto la Nación como la Ciudad decretaron dos días de duelo y suspendieron los eventos de carnaval previstos para el viernes.

Los motivos de la colisión aún se desconocen. Pero ayer, en una conferencia de prensa en la que no permitió preguntas, el secretario de Transporte de la Nación, Juan Pablo Schiavi, dijo que hasta la entrada a la cabecera del andén, a las 8.33, el convoy, de ocho vagones, procedente de Moreno, marchaba a 26 km/h, y que en la última medición disponible hecha por medio del GPS instalado en la unidad, 40 metros antes del final del recorrido, era de 20 km/h, ambas velocidades "habituales".

Nadie sabe explicar aún por qué la formación no logró detenerse. No pocos pasajeros dijeron ante las cámaras que el tren comenzó a experimentar problemas de frenado antes de llegar a Liniers, que se hicieron más notorios a partir del paso por la estación Flores. Versiones extraoficiales señalan que el maquinista de la formación –un joven de 28 años del que Schiavi destacó su "muy buena foja de servicios", que se hizo cargo del convoy en Castelar y que estaba "descansado"– llegó a decir que había advertido en Haedo que el tren no frenaba.

Sin frenos, aun a 20 km/h la enorme inercia de la mole de metal lanzada sobre rieles magnificó las consecuencias del impacto contra el paragolpes hidráulico de la cabecera. Según explicó el vocero de la Policía Federal, Fernando Sostre, el golpe fue tan fuerte que el segundo vagón se incrustó en el primero unos seis metros, luego de un fortísimo estruendo y un fogonazo.

En aquellos primeros dos vagones estaban todas las víctimas mortales; según Sostre, sólo del primero fueron rescatados unos 150 heridos, un cuarto del total. Por la tarde, y luego de calificar al hecho como una "tragedia horrible", Schiavi comentó que si el accidente hubiese ocurrido en la víspera, feriado, y si no fuese porque hay "una cultura muy argentina" que los lleva a los viajeros a agolparse en los primeros vagones de la formación para salir antes del andén se hubieran lamentado menos víctimas.

Lo cierto es que centenares de pasajeros quedaron atrapados. Afuera, ese estupor dio rápidamente paso a la solidaridad y la acción. Decenas de personas que, apostadas en el andén a la espera de la llegada de la fallida formación, fueron testigos de la increíble escena, superaron el temor inicial que las impulsó a querer escapar del lugar y entraron para rescatar a las víctimas entre pilas humanas, asientos destrozados y hierros desalineados.

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Algunos de los pasajeros que lograron salir ilesos ofrecieron a la prensa sus relatos estremecedores: pánico, gritos, personas aplastadas golpeándose unas a otras en su afán de salir y salvarse, roturas de los vidrios del tren para habilitar vías de escape. Caos adentro y afuera.

Media hora después, el descontrol inicial se había desvanecido y entre el personal del SAME y los efectivos de comisarías y los bomberos de la Policía Federal habían encauzado el operativo de emergencia, que demandó la utilización de 110 ambulancias, dos helicópteros, unidades especiales de atención y un centenar de médicos. Rápidamente se sumaron agentes de Defensa Civil y Emergencias del gobierno porteño, de Gendarmería y la Policía Metropolitana.

Gritos y llantos

A las 9, la escena era aterradora: el piso del andén estaba repleto de personas, lesionadas o conmocionadas por lo vivido, y tanto el personal de asistencia como los curiosos que quedaban dentro de la estación caminaban esquivando a los heridos. Muchos lloraban o gritaban mientras esperaban atención médica; la mayoría solos, y unos pocos, acompañados.

Mientras el SAME clasificó a los heridos según su gravedad, para liberar a los que estaban atrapados en el segundo vagón se debió hacer un agujero en el techo, por el que se sacó a la gente. Grandes lonas con la inscripción PFA cubrieron los tres andenes en los cuales se concentró el trabajo de los rescatistas.

En las adyacencias de la terminal, la tragedia era el tema excluyente. A media mañana, cientos de personas deambulaban en busca de familiares, amigos o conocidos, sumidos en el desconcierto y lógicos nervios. La visión de personas que estallaban en llanto y eran contenidas con dolor presagiaba la peor de las noticias.

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Al cierre de esta edición, muchos seguían con su infructuoso peregrinar en busca de noticias sobre decenas de desaparecidos, personas que no figuraban en ninguno de los listados de heridos difundidos oficialmente. El subsecretario de Derechos Humanos porteño, Claudio Avruj, precisaba que los muertos eran 50.

Mientras por la salida de la estación Once que da a la calle Bartolomé Mitre los emergentólogos concitaban la mayor atención con el traslado de los heridos, por detrás, y con el máximo sigilo, se desarrollaba otra escena más dolorosa: las camillas que salían con las bolsas negras que contenían los restos de las víctimas mortales, camino a la morgue.

Un chico de entre 8 y 10 años salió en una camilla y antes de llegar a la ambulancia los médicos empezaron a practicarle maniobras de resucitación. Lo retiraron cubierto con una manta negra. Junto a él salió otro chico, menor que aquél, con un tanque de oxígeno. Se cree que murió de camino al hospital Elizalde.

Cuando aún trabajaban las unidades de rescate, el servicio del Sarmiento comenzó a correr desde los dos andenes del subsuelo de la estación Once, situados junto a los de la estación Plaza Miserere de la línea A de subtes. A las 17 fueron habilitados dos de los seis andenes ubicados a nivel de calle. Hubo escenas de tensión por la falta de información a los pasajeros y, por caso, cuando sindicalistas ferroviarios pretendieron improvisar en la estación una conferencia de prensa.

Informes de Marina Herrmann, Cecilia Millones y Julieta Paci

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