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Qué hacer con el dolor

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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25 de febrero de 2012  

Morir en un tren camino al trabajo un miércoles a las 8.30 de la mañana porque los frenos de la formación fallaron de viejos nomás es un escándalo. Lo es no sólo por la muerte, sino por la codicia, el desamor y la dureza de corazón de quienes se han blindado moral y psicológicamente a fuerza de evitar cumplir con su deber en lo que al servicio público respecta.

El escándalo puede llevar a la acción reparatoria, si de la nobleza social emerge la toma de conciencia (marcada con sangre) del para qué de las leyes (que son frenos simbólicos que nos dan vía e impiden nuestro descarrilamiento). O, por el contrario, puede terminar en una sensación lastimosa, maldicente, quejosa y rumiante que, como sabemos, nutre la industria de la culpa y el lamento, lejos de la generación de acciones valiosas y reparatorias que honran lo mejor de una sociedad.

El problema es el cómo y el para qué de tanta muerte, cuestión que sí puede ser adjetivable y enjuiciable, ya que si bien la muerte en sí misma es parte de nuestro destino, no ocurre lo mismo respecto de cómo se produce o sobreviene, y menos cuando esa muerte es atribuible a las causas que habrían producido esta tragedia en particular.

No es una afrenta la muerte, ya que desde chicos sabemos de su existencia y nadie puede aducir ignorancia respecto de sus leyes, aun cuando aparezca sin anuncio previo. Pero, en este caso, el escándalo reside en el entramado de causas que provocó que el destino de tantos se haya visto marcado, de manera irreversible, por un infierno de hierros retorcidos en un andén de estación.

Los pensamientos que surgen ante una circunstancia tan traumática como la vivida en Once se ligan a una aguda percepción de nuestra fragilidad y de lo injusto de un destino subordinado, en este caso, a los caprichos y negligencias de quienes ofrecen y embolsan subsidios mientras, con sus migajas, atan con alambre los trenes que millones de personas usan día a día.

Frágil es la vida, injusta la existencia, arbitrario el irrumpir de la indignidad, insuficiente y también frágil la trama social que debería, según nuestro ideal, ampararnos. Frágil también es el cuerpo frente al metal, frágil la ley, frágil el Estado, y también la moral de los responsables de volcar el dinero de todos a la mecánica ferroviaria para que los pasajeros puedan llegar a destino, tras un recorrido en el que deberían poder viajar como seres humanos y no como ganado. ¡Qué miedo da ese pensamiento! Sentirnos hojas al viento, impotentes ante tanta fatalidad, tanta lotería a la hora de saber quién se queda y quién se va.

La paradoja del asunto es que esa fragilidad es nuestra fuerza. No somos sus víctimas, sino sus beneficiarios. La fragilidad suele asociarse, erróneamente, con la impotencia. Pero, de hecho, es el elemento inaugural de la potencia.

La noción de que las cosas no vienen con garantía y en gran parte dependen de nosotros, de nuestros lazos compartidos, de nuestro deseo entusiasta y de nuestras ganas de vivir, ofrece una fuerza inédita. Cada vez que irrumpen tragedias como la que hoy nos conmueve, esa convicción nos recuerda que, cuando luchamos por encubrir nuestra fragilidad a fuerza de agachadas y de soberbias, nos envilecemos; pero, cuando la asumimos y desde esa fragilidad hacemos, unos junto a otros, lo que podemos, lo que conseguimos es construir una comunidad.

Quienes han vivido situaciones altamente traumáticas, similares a las experimentadas por los pasajeros del tren de la estación Once, saben que junto a los problemas y el dolor aparecen las capacidades y recursos (antes desconocidos), que nos permiten ir regresando a la humanización perdida en el momento fatal en el que irrumpe lo terrible.

Esas capacidades eran antes desconocidas, pero surgen a la hora de ir, justamente -y paradoja mediante-, asumiendo esa fragilidad que se plasma en la herida, en la pérdida de un ser querido, en visiones del horror, en la amputación. Como dice Borges, "en las grietas está Dios, que acecha". Ante la herida -esa grieta en el cuerpo y el alma- surge la fuerza sanadora; el amor que se muestra, por ejemplo, en la mano del bombero que sostiene la cabeza del muchacho atrapado y con medio cuerpo afuera del tren destruido, o en los centenares de "abrazadores" que acompañaban a quienes salían del tren, representantes de un abrazo social que involucraba a todos lo que, conmovidos, en su ánimo acompañaban la tragedia.

Lo antedicho no desconoce la zona oscura de las cosas: no niega la ciénaga del dolor, sobre todo en sus primeros momentos; no excluye la miseria de quienes miraban y nada hacían, más que filmar desde el morbo en vez de poner manos a la obra, y no se distrae ante la codicia de los que dejaron envejecer los trenes hasta que los trenes dijeron basta.

Es preciso reconocer que la fragilidad también puede leerse como fortaleza, una ventana a la acción solidaria, la ayuda recíproca, el surgimiento del coraje que restituye las ganas de vivir y suspende el miedo, que todo lo separa y desangela. Vale esto en muy diversos niveles, desde la inefable vivencia trágica del herido o del deudo, que debe transitar el calvario más duro, hasta niveles más generales, más implicados con lo que hace a las condiciones que posibilitaron la tragedia y lo que ella, la tragedia, dice de nosotros como sociedad.

Al irrumpir, el trauma arrasa un cuerpo y una conciencia. La persona se ve abrumada, desbordada, avasallada por el dolor y el horror, tanto como el cuerpo lo es ante el hierro fatal.

La sanación que luego, en tiempo y forma, se va generando, llega cuando la persona le pone verbo a ese trauma, le ofrece humanidad, coraje y sentido, lo que sólo se consigue en red con otros, con manos que sostienen, con palabras que se ofrecen para aliviar. Lo que sana es precisamente lo opuesto de la mezquindad de los que pretenden sentirse poderosos a fuerza de blindarse. Lo que sana es lo que ocurre cuando la fragilidad de uno se une a la del otro y se transforma en fortaleza.

Como sociedad, estamos educando para evitar sentir esa fragilidad. Endiosamos la omnipotencia. Y es esa noción del poder la que choca con la realidad de las cosas y se hace pedazos. Es la idea de un poder que domina, en lugar de uno que administra y dirige. Es la idea de un poder que se usa como droga para anestesiar, como se dijo, la fragilidad inherente a nuestra condición desde el exilio emocional propio de los avaros y los codiciosos. En esta concepción, el poder es poderío y no posibilitación; es un sustantivo, rígido y frío, cuando en verdad se trata de un verbo, una acción que se lleva a cabo en nombre de otra cosa; por ejemplo, el bien público, cuando de política se trata.

Entender esto también es una manera de sanar lo traumático. Porque los traumatizados, al fin, somos todos los que nos angustiamos al tomar conciencia de que en ese tren también podríamos haber estado nosotros o nuestros hijos.

Formamos parte de un cuerpo social que muchas veces oculta sus capacidades solidarias bajo una ideología reclamante, y no somos lo suficientemente proactivos a la hora de organizarnos desde valores que nos permitan vivir de mejor manera, y no sólo timbeando el propio destino como único sistema de supervivencia.

Sanar el trauma es hacer algo con lo que nos pasa. Y hay que hacerlo desde las ganas, no desde el miedo. No se trata de quedarse en el reproche, sino, como sociedad, apuntar a un horizonte y caminar hacia allá, sin tanto esperar a que ese horizonte venga hacia nosotros. Nos sentimos acreedores de un destino, cuando en realidad somos constructores del porvenir.

Nuestro tren puede llegar o no a destino. No está en nuestras manos garantizar su arribo. Pero sí está en nosotros cuidarlo, humanizarlo, y elegir a sus conductores de acuerdo con valores que honren el viaje y no lo traicionen.

© La Nacion

El autor es psicólogo, especialista en vínculos. Su último libro es Criar sin miedo

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