Adiós a la ciudad limpia y acogedora

Sonia Berjman
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27 de febrero de 2012  

La mayoría de los paseos de Buenos Aires surgieron para sanear sitios contaminados y degradados, tales como huecos, basurales, mataderos, mercados de carretas, cementerios, toriles... También con el objetivo de brindar un paisaje grato a los ojos y a las actividades lúdicas. Es decir, las plazas y los parques de nuestra ciudad nacieron bajo las consignas del urbanismo francés del siglo XIX: higiene, ornato y recreación para toda la población por igual.

Hoy, lejos estamos de haber mantenido esas pautas originales. Se redujo la superficie verde en una ciudad cada vez más "hormigonada", el mantenimiento fue deficiente, no se protegieron los jardines históricos, no se respetaron ni el diseño ni la vegetación originales, se perdieron muchas hectáreas por concesiones mal hechas y por usurpaciones ilegales, no se cuidaron como corresponde los excelentes monumentos y obras de arte.

Respecto de este último punto, estos objetos artísticos no pueden ser "tirados" de cualquier manera sobre un cantero, un rincón o una pradera de césped. Cada uno de ellos requiere un estudio particularizado de implantación y una adecuación del entorno.

La desidia de los funcionarios que condujo al desolador panorama actual continúa: estamos perdiendo el incalculable valor de la plaza Intendente Alvear por la equivocada localización de la nueva estación del subte H.

Al abuso de las autoridades se suma la desaprensión de los usuarios de los parques. Los paseadores de perros que ejercen su actividad comercial y obtienen un importante lucro a costa de la salud de toda la sociedad: que compren o arrienden baldíos, convenientemente tapiados, que sirvan para que los fieles amigos del hombre retocen y dejen adentro sus indeseados "regalitos".

Los vecinos inadaptados no usan los cestos y dejan "olvidados" desde papelitos de caramelos y cajitas de cigarrillos hasta preservativos usados. Es indudable que la población porteña necesita urgentemente ser provista de educación cívica.

El vandalismo, la expresión extrema de los inadaptados, tampoco cede; no lograron frenarlo los kilómetros de rejas que nos separan de espacios que son nuestros y que fueron construidos para que los usemos.

Buenos Aires ha perdido aquella imagen de ciudad limpia, acogedora y bella que la había consagrado en el mundo. Pero el gusto se adquiere, la estética se estudia, la educación se brinda, el respeto se ejercita. Entre todos. Es nuestra obligación y nuestro desafío.

La autora es doctora en Historia del Arte y miembro honoraria del Comité Jardines Históricos del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos)

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