La intrigante herencia de Amalita

En vida, ella comenzó a distribuir sus propiedades para evitar disputas legales y familiares
Loreley Gaffoglio
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11 de marzo de 2012  

Dicen quienes la trataron que tenía algo de Catalina la Grande. Mezcla de diva y de heroína, en pleno siglo XX fue como una de esas emperatrices que, a su paso, abrían una estela de opulencia y glamour. Jamás tuvo pudor de ser rica y se sabe que en vida destinó su fortuna tanto al hedonismo como a la filantropía en grande .

Casi en las antípodas, curiosamente, se ubican los herederos de Amalia Lacroze de Fortabat (ALF), "la dama del cemento ", fallecida el sábado 18 de febrero. Si hay algo fuera de discusión tras la colosal fortuna que dejó hace menos de un mes esa mujer "de carácter, mandona y sensible", es el férreo pacto de hermetismo y circunspección sellado entre sus herederos –su hija Inés Lafuente y sus tres nietos– y el designado administrador de sus bienes, Alfonso Prat-Gay.

Los más de US$ 1000 millones de su patrimonio personal son por estos días objeto de un sinnúmero de conjeturas. Algunas sindican la existencia de un testamento, actualizado año tras año, para repartir hasta el 20 por ciento de sus bienes. Pero aun esa porción de su patrimonio, por su internacionalidad, variedad de activos y posesiones de toda índole -desde joyas, obras de arte, barcos y aviones-, fue en realidad ordenada dentro de un gran masterplán de disposición de bienes y repartida años atrás para sortear diatribas familiares junto con los límites sucesorios de las leyes argentinas.

La mano directriz del economista y diputado por la Coalición Cívica fue dispuesta en 2005 por la propia Amalita, quien además designó un comité administrador que lo secundara, para asegurar la prosperidad de su patrimonio en el tiempo. Lo hizo tras prescindir de su ex "guardia pretoriana", integrada por José María Dagnino Pastore, Eugenio Aramburu y Víctor Savanti, quienes durante años velaron por su riqueza.

En un estamento más abajo, su letrado, Pablo Louge, y el resto de los miembros del Consejo de Administración de la Fundación Fortabat (F.F.) también son partes medulares en un complejo engranaje para la custodia patrimonial.

Sobre esta última institución recayó el monitoreo de US$ 100 millones legados para la sustentabilidad del Museo Fortabat, que, con sede en Puerto Madero, alberga una colección de 270 obras, y de las diversas tareas filantrópicas de la F.F.

Según fuentes seguras, la sucesión de Amalita comenzó inmediatamente después de la venta de la cementera Loma Negra, en abril de 2005, a través de sucesivos desprendimientos en vida -a su hija y a sus nietos, Alejandro y Bárbara Bengolea y Amalita Amoedo-. A los dos nietos mayores los consideraba como hijos, ya que se criaron durante parte de su niñez en la casa de Palermo Chico -hoy sede de la embajada de Corea-, que compartió con Alfredo Fortabat.

Se necesitaron tres herederas brasileñas -las Camargo Correa- para adquirir por US$ 1025 millones el imperio industrial de una sola argentina, una vez que su pasivo de US$ 440 millones pudo ser parcialmente saneado.

"Para ello hubo grandes esfuerzos, pero también gestos políticos, como haberse desprendido en los remates neoyorquinos de algunos de sus 22 grandes lienzos impresionistas, pero no del conjunto. También de su helicóptero Hughes 500 y de su Learjet 35, celeste y blanco y de diez plazas que, con patente LV-ALF, en honor a su nombre, recorría el mundo", según confió un ex colaborador.

"Amalita no quiso dejar instituida a su hija como única heredera, como dispone la ley argentina. Sus bienes inmuebles los repartió en partes iguales entre ella y sus nietos, cuando antes su mirada protectora tenía un mayor alcance familiar con sus sobrinos. "Su patrimonio líquido y bursátil -US$ 700 millones- tiene una ingeniería financiera compleja, con gente capacitada y proba, a través de Prat-Gay y de la plana mayor de Cocif, Compañía Comercial y Financiera. Esa estructura excede la idea pueril de un testamento actualizado año a año", agregó otra fuente.

Al margen de la venta de Loma Negra quedaron los activos agropecuarios de Amalita, calculados, según voces calificadas, en 250.000 cabezas de ganado vacuno repartidas en un conglomerado de 150.000 hectáreas en distintas provincias del país (Estancias Unidas del Sud).

Previsora, repartió en vida , como se dijo, el grueso de sus propiedades de forma bastante ecuánime, aseguran ex colaboradores suyos. Y sus herederos, más proclives al bajo perfil y a un estilo de vida sin tanta riqueza fulgurante, comenzaron meses atrás a desprenderse de algunos de ellos.

A su hija Inés le habría cedido su tríplex de la Avenida del Libertador junto con el mojón de su imperio , San Jacinto, su estancia de Olavarría. La Fantasía, el esplendoroso casco de estilo colonial en Luján, se lo reservó a su nieta Bárbara Bengolea, junto con la antigua casa en la parada 20, Aldebarán, en el Golf de San Rafael, el preferido de sus dos refugios en Punta del Este.

Desde hace algo más de un mes son insistentes los rumores que hablan de la venta a los chilenos Carlos y Andrea Heller Solari, dueños de Falabella, de su célebre residencia mediterránea sobre La Mansa de José Ignacio. Amalita la construyó en los 90 y se la habría cedido a su nieta Bárbara Amoedo.

La venta de la casa, acompañada por nueve lotes sobre el mar y otra franja de cinco hectáreas en los bosques de La Juanita, se habría concretado en US$ 27 millones.

No son pocos en su entorno los que juzgan "demasiado exiguos" los US$ 20 millones que, según trascendió, se habrían pagado por su penthouse con vista al Central Park en lo alto del Hotel The Pierre, que no era su única propiedad en Nueva York. El destinatario de esa residencia icónica habría sido su nieto primogénito, Alejandro Bengolea, quien timoneó Loma Negra durante el tifón de 2001-2002, y heredó la pasión de su abuela por el coleccionismo.

Psicólogo, aunque gozó en su niñez de una vida palaciega al cuidado de Amalita, en los últimos años resignó mucho de la magnificencia de ese estilo de vida. En diciembre abrió en Recoleta el restó Tarquino, en Rodríguez Peña y Posadas. Dicen quienes lo conocen "que la belle époque dentro de esa familia se apagó con la muerte de Amalita, su única impulsora".

Pocos se animan a precisar en manos de quién recayó la quinta de dos manzanas en las Lomas de San Isidro, sobre la calle Diego Palma, donde años atrás se celebró el casamiento de su nieta Bárbara con Esteban Ferrari. Tampoco los destinatarios de una de sus últimas adquisiciones: un penthouse en Bal Harbour.

De lo que no hay dudas, señalan las fuentes consultadas por LA NACION, es de que Mema , tal como la llamaban sus nietos, también contempló en su legado a su hermana Sara Lacroze.

El contenido de esa disposición trasunta, como el resto de toda su herencia, un hermetismo absoluto.

Las claves

  • Patrimonio. Se estima en más de US$ 1000 millones.
  • Loma Negra. La venta de la cementera le había reportado US$ 1025 millones, a lo que debió descontar un pasivo de US$ 440 millones.
  • Activos agropecuarios. Se estiman 250.000 cabezas de ganado vacuno repartidas en 150.000 hectáreas.
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