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Cine con azúcar y mucha historia en las tardes de Telefé

Marcelo Stiletano
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21 de marzo de 2012  

Lo que era habitual en otros tiempos ahora dispara un curioso fenómeno, cada vez más comentado. Alguna vez el cine llegó a ser tan dueño de las tardes televisivas como las telenovelas y los programas femeninos. Hoy, cuando todas las costumbres parecen haber cambiado y la programación de los canales abiertos sale en busca de una audiencia diversificada, un ciclo de películas programado por Telefé para el corazón del horario vespertino reencuentra a un público que se creía perdido y recupera, a lo mejor sin proponérselo, antiguos hábitos con nuevos envases. Y, de paso, fortalece el buen momento de rating acumulado que vive la emisora.

Parte de ese crecimiento en las mediciones de audiencia abreva en estas tardes de cine que a algunos podrá llamarles la atención, pero que, en rigor, sigue a la distancia una línea ya marcada, así como el recuerdo visible -para los memoriosos- de quien ya la transitó.

"Sin ustedes acá, nosotros para qué", era la frase que, a fuerza de ser repetida como si se dijera siempre por primera vez, pronunciaba el fallecido Rubén Aldao, presentador desde marzo de 1982 de Nuestro cine , un ciclo de películas argentinas que el viejo Teleonce emitía de tarde en el mismo horario del cine que ahora programa Telefé en la misma frecuencia televisiva.

"Con excelentes niveles de audiencia para su horario, la televisión sirvió de vehículo para el redescubrimiento de películas y figuras de nuestro séptimo arte, que eran reporteadas (con más amabilidad que conocimiento de causa) por el creador del clásico radial El club de barbas ", evoca Jorge Nielsen, en el cuarto tomo de La magia de la televisión argentina , meticulosa e imprescindible recopilación de la historia de nuestra pantalla chica.

A excepción del origen del material fílmico, las semejanzas saltan a la vista si comparamos aquella experiencia a lo que hoy funciona como un pequeño gran fenómeno vespertino. Lo notable es que el tiempo no parece haber transcurrido: desde un living que pinta a las claras el espíritu familiar del ciclo, Virginia Lago apela sin complejos ni prejuicios de cursilería a la sensibilidad del televidente y lo invita a compartir la película elegida. Lo que sugiere la actriz es que no hay nada mejor que hacerlo disfrutando, por ejemplo, de un café con unas cuantas cucharadas de azúcar, porque así de endulzada estará la película.

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El lugar de aquel rescate del viejo cine argentino que Aldao emprendía tres décadas atrás es ocupado hoy por una variada oferta de títulos extranjeros en los que predominan la impronta del melodrama romántico y las historias emotivas protagonizadas por mujeres, muchas veces tomadas de episodios de la vida real. Una mirada rápida a la programación de las últimas semanas nos dice que allí conviven desde poco conocidos telefilms con no menos ignotos protagonistas hasta producciones más conocidas, como Alguien tiene que ceder y El espejo tiene dos caras .

Pero el dato más notable que muestra el ciclo en estos tiempos de imágenes fragmentadas, montaje nervioso y rapidez supersónica para pasar de un tema al otro es la formidable respuesta del público que reciben algunas películas de duración extra large . Pasó el 28 de febrero con la gran idea de reponer Lo que el viento se llevó , después de muchos años sin verse en un canal de aire, y volvió a darse el lunes 12 de este mes con la mucho más reciente El extraño caso de Benjamin Button.

A estas alturas no importa que las edulcoradas presentaciones de Virginia Lago sean objeto de toda clase de parodias en YouTube. El propósito está cumplido: el cine volvió a adueñarse de las tardes en la TV abierta.

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