Crónica apasionada de un periodista exótico

Juan Cruz Ruiz
(0)
26 de marzo de 2012  • 00:12

Conocí a Jorge Fernández Díaz gracias a su amigo Arturo Pérez-Reverte y éste me trajo tantos calificativos favorables sobre aquel periodista argentino -que era, además, "el mejor escritor del mundo"-, que pensé que el autor de La piel del tambor usaba una de las hipérboles de su entusiasmo.

Luego leí Mamá , una novela inesperada, un retrato tan adentro del alma, una carta a la madre desde lo más profundo del corazón de un hijo asombrado, y quedé fascinado no solo por la sintaxis clara y compleja sino por la ortografía admirable de sus metáforas, siempre ajustadas a lo que quiere decir.

Ahora, como Pérez-Reverte, soy parte de la legión de entusiastas de Jorge Fernández Díaz. La vida, además, me ha permitido sentirme su amigo. Y esto es fácil, aunque en su caso no se trata tan solo del carácter de ése que viene a darte la mano y te confía su sonrisa como si te regalara el mundo. Digamos que éste que te regala el mundo también te discute, te formula las preguntas más ariscadas, quiere saber de todo y no es un periodista cualquiera. Es un periodista exótico, como nuestra amiga Soledad Gallego-Díaz, como lo fue Tomás Eloy Martínez, como lo ha sido Manu Leguineche, como lo fue Carlos Monsiváis, como lo es Jesús Ceberio, cada uno en su sitio. Fernández Díaz es un periodista que desmonta las verdades adquiridas para seguir preguntándose (machadianamente) por la naturaleza de la verdad. Y va con nosotros a buscarla, la suya se la guarda.

Lo extraordinario de todo esto es que el periodista no ha matado al poeta (y para mí poeta es sinónimo de escritor), de modo que su sensibilidad sigue cabalgando por los asuntos sin dejar que el viento del camino le nuble, con la velocidad, esa exigencia ética que obliga al debido respeto ante lo que hacen los otros. Combina, pues, datos, circunstancias, accidentes, interpretaciones, palabras, pero jamás olvida un predicado del ahora denostado Ryszard Kapuscinski: este oficio no es de cínicos.

Y Jorge no es un cínico. Nada más lejos de su identidad que esa caricatura del periodista que hace cualquier cosa para complacer a su audiencia. JFD no sería capaz, como el Walter Matthau de Primera plana , de guardar al personaje en el closet para hurtárselo a otros, pero sería el Jack Lemmon que escribe la historia con la energía de Hemingway aderezada, me parece, con muchos toques de Scott Fitzgerald.

Un periodista, decía el gran Eugenio Scalfari, "es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente". Y el mismo Scalfari, escaldado por las mixtificaciones a las que hemos sometido la materia de nuestro trabajo, explicó veinte años después (en 2007) que el periodismo es "un mestiere crudele". Porque el periodista, llevado por el poder que le dan las palabras que están a su disposición para hacer y deshacer prestigios y vidas, se ha olvidado del alma y se ha instalado en la facilidad de calificar para regocijar y regocijarse.

Jorge no es así. Jorge es, en sus libros, en sus crónicas y en sus columnas, incluso en aquéllas más bárbaramente políticas, un hombre que tiene primero en cuenta el alma y después observa que no haya sal (su sal) en las heridas; las describe, las muestra, se conmueve con ellas y finalmente las ofrece como parte de las metáforas vitales de las que es testigo. No se ensaña, no descuera, no arranca a jirones la piel de aquéllos a los que retrata para ponerlos en evidencia. Los pone en evidencia, como decía el poeta español José Hierro, "sin vuelo en el verso", pero haciéndolo no se coloca en el lugar del héroe, sino que se alza un poco, como los niños para ver los relámpagos.

Como quería el maestro español Azorín (maestro, entre otros, de Mario Vargas Llosa), este escritor asombrado que es el periodista Jorge Fernández Díaz va "derechamente a las cosas". José Ortega y Gasset les decía a los argentinos que fueran "a las cosas", precisamente. En un inverso de retóricas en las que todo vale (y ahora, como todo va más rápido, todo vale y no vale a un mismo tiempo) Fernández Díaz reivindica la palabra (la bien dicha, la bien distribuida, la bien calificada) como el mejor espejo de las cosas, y como la mejor manera de ir, justamente, "a las cosas".

Y de todo eso, este libro ( Las mujeres más solas del mundo ) es una muestra fuera de lo común, una lección de periodismo en cada una de sus contribuciones y en cada una de sus líneas. No sé cómo está hecha el alma de este hombre (eso, que lo explique su mamá, o la psiquiatra de su mamá), pero lo cierto es que no hay en él filamento alguno de mala leche. Como Borges, va sobre los asuntos soplando para que no hagan daño las mordidas. Pero vaya si muerde. Hay un texto suyo (que está aquí, y que tuve el privilegio de leer enseguida que me llegó su eco) sobre un restaurante de Palermo Hollywood que ha dedicado su carta a zaherir, a poner sal sobre la herida de los que ya sufrieron la muerte a manos de la intolerancia increíble del hombre que se cree justo. Ese menú que describe es una de las aberraciones más terribles de la historia universal de la burla, y un día Jorge se fue allí, a comprobar si en efecto en la geografía chiquita de esa gastronomía de digestión peronista se producía semejante ignominia. El resultado de su excursión lo pueden comprobar ustedes y es absolutamente admirable porque lo aberrante se cuenta sin hacer ruido. El sonido va por dentro. Es el sonido de su escritura limpia, como un bisturí, que enseña sin hurtar al lector sus propios subrayados. Él se enfrenta al objeto de su asombro, que son los nombres aberrantes de los platos que se sirven, y los va anotando como quien no quiere la cosa (y de verdad que no la quiere), pero uno asiste a su estupor como si viera una película de Bergman, en la que pasa de todo pareciendo que solo nos pasa a nosotros, que no sucede en la pantalla.

Ese texto representa a Jorge, su compromiso como periodista de la estirpe señalada por Scalfari o por Jean Daniel o por Ben Bradlee o tantos maestros del siglo. Pudiendo ser un protagonista de la primera persona (el hombre que contempla y dice que contempla) se ha quedado en el borde mismo del camino, como el espejo de Stendhal, tendido en la misma trinchera, oyendo los disparos, pero guardándose los adjetivos para que sea el lector quien los ponga. Es un periodista de lectores, un escritor de lectores, acaso porque él mismo se enfrenta a la escritura y al periodismo con el alma expectante de un lector.

Leí este libro entusiasmado, envidioso y perplejo (todos los periodistas quisiéramos ser como Jorge Fernández Díaz: polivalentes y válidos en todo lo que hacemos, pero, ay, eso es para algunos elegidos) volviendo de Buenos Aires, cuando me lo dio en un hatillo de páginas aún frescas. ¿Aún frescas, si son recopilaciones? No, este libro no es una recopilación; es un todo, no es conjunto agavillado de crónicas que ha ido escribiendo a medida que el ser humano que habita en él crece en sabiduría pero no en capacidad de asombro. No es una recopilación, pues, es un manifiesto que debe enseñarse en las escuelas y en las universidades, pero no solo en las del periodismo sino en las de la vida y, por tanto, en las de la literatura. Hay una historia, entre las muchas donde late nuestro oficio, en la que he querido ver el pulso (perceptible en todo el periodismo en español de estas décadas) de García Márquez. Es el relato titulado "Fuimos periodistas", que se refiere a una leyenda: Emilio Petcoff.

"Emilio Petcoff –escribe Jorge– era, a un mismo tiempo, periodista y erudito. En una profesión donde todos somos expertos en generalidades y formamos un vasto océano de diez centímetros de profundidad, Emilio resultaba exótico y admirable. No se lo recuerda mucho, pero fue uno de los grandes periodistas argentinos de todos los tiempos. Ya de vuelta de casi todo, escribió en Clarín crónicas policiales del día. Salía por las tardes, merodeaba comisarías, gangsters, buchones y prostitutas, y luego tecleaba en su Olivetti historias oscuras que destellaban genio. Una de esas crónicas perdidas (cito de memoria) comenzaba más o menos así: `Juan Gómez vino a romper ayer el viejo axioma según el cual un hombre no puede estar en dos lugares al mismo tiempo. Su cabeza apareció en la vereda y su cuerpo en la vereda de enfrente`".

Jorge Fernández Díaz pertenece a la dinastía de esos periodistas. Es "exótico y admirable" en un mundo al que la burocracia asusta siempre con los mismos fantasmas: el cinismo, la velocidad y el tocino. Él, como el Petcoff de su relato verídico, quiere "hacer con arte este oficio maldito". Y lo hace con entusiasmo y con el atrevimiento noble con que afronta, también, la vida (lea Mamá , por favor, y hágalo inmediatamente). Lo hace, digo, en un tiempo en que se ciernen amenazas sobre el oficio, tal como Jorge describe. Aquellos periodistas inolvidables que evoca "codiciaban, a lo sumo, ligar algún viaje de trabajo de vez en cuando y, por supuesto, escribir aquella novela que no escribirían nunca. Nada sabían del marketing ni del gerenciamiento, nunca firmaron un autógrafo ni ambicionaban una casa con pileta de natación. No conocían ni de vista a los anunciantes y, a veces, caían en el pecado de la fantasía. No eran perfectos, no todo tiempo pasado fue mejor. Pero aquellos periodistas eran escritores, tenían agallas y talento, y la humildad de los que saben que no saben. Es paradójico: ellos sabían mucho más que nosotros, pero no pretendían opinar de todo, como hacemos con irregular suerte. Aquellos muchachos de antes, que leían todo, tenían la opinión prohibida, por pudor y por prudencia. Algunos muchachos de ahora, que saben perfecto inglés pero tienen problemas con el castellano básico, son ´todólogos` entusiastas, próceres mediáticos, salvadores de la patria, ricos y famosos, y predicadores de cualquier cosa. Es decir, predicadores de la nada".

Eso dice Jorge de Petcoff. Y eso que dice de Petcoff es lo que yo tendría que decir de Jorge. Además de redescubrir aquella leyenda, JFD escribe sobre otra, el ya citado Tomás Eloy Martínez, con quien tantas concomitancias tienen tanto su literatura como su periodismo, su respeto por los demás y su capacidad poética de indagar en el alma de los hombres. En este caso, fue Jorge quien indagó en la mirada de Tomás, cuando éste ya se aferraba a la palabra como el último recurso de su aliento. Y ese relato, que está aquí a la manera de epílogo de una vida y como un balcón multitudinario que aplaude al maestro muerto, resulta a su vez el mejor ejemplo de esa escritura noble que Fernández Díaz le ha regalado, con generosidad y sabiduría, al mejor periodismo en lengua castellana.

Dije en algún lado de este prólogo que era más Jack Lemmon que Walter Matthau en Primera plana . Al final, Matthau es un periodista que requiere, con malas artes, a su reportero, que suspende su luna de miel para volver a escribir crónicas memorables. En cierto modo, Matthau era el veneno que todos llevamos dentro, el que nos hace volver a querer este oficio maldito porque es un arte que se nos ha metido en las venas. Y Jorge tiene en las venas el veneno de ese arte y destila su tinta de un modo que, en el mundo de hoy, lo hace exótico y admirable.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?