La otra mirada sobre Malvinas

Arturo Prins
Arturo Prins PARA LA NACION
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30 de marzo de 2012  

Al desatarse hace 30 años el conflicto de Malvinas, pocos ciudadanos sostuvieron puntos de vista críticos a la acción emprendida por la Argentina. Y les costaba hacer conocer sus ideas, pues no se publicaban posiciones contrarias a la guerra. Como director de la revista Papiro reuní, en abril de 1982, a destacadas personas que así pensaban: Jaime Potenze, crítico de cine que había vivido en las islas; Horacio Sueldo, político; Luis María de Pablo Pardo, ex canciller; Hilario Fernández Long, rector de la UBA cuando sufrió la Noche de los Bastones Largos, y Adolfo de Obieta, intelectual, hijo de Macedonio Fernández, ambos promotores de la no violencia.

En medio del triunfalismo generalizado de la sociedad, una idea predominaba entre nosotros: la guerra no era el camino para resolver el litigio. El canciller Costa Méndez sostenía que gracias a la invasión habíamos mejorado nuestra posición en el viejo pleito. Potenze pronosticaba: "Por muchos años se perderá la posibilidad de recuperar el territorio malvinense". De Pablo Pardo decía que debimos haber constituido en mora a Gran Bretaña, invocando el incumplimiento de resoluciones de la ONU que, desde 1965, reconocían "los continuos esfuerzos de la Argentina para facilitar el proceso de descolonización". Y Sueldo agregaba: "La mediocridad general de nuestro servicio exterior impidió captar esta posibilidad de negociación". Muy lejos estaba la diplomacia de un Saavedra Lamas, que mereció el Premio Nobel de la Paz.

Con Obieta y Fernández Long, columnistas de Papiro , nos acercamos a Pierre Parodi, que, precisamente en abril de 1982, visitaba la Argentina como sucesor de Lanza del Vasto, creador en Francia de la comunidad del Arca, inspirada en la no violencia. El recordaba cómo Marruecos, con una inteligente gestión diplomática, recuperó el Sahara español tras una marcha pacífica de ocupación con 200.000 personas y esta consigna: "Si encuentras un soldado español, lo saludas y compartes el pan con él; el español es un pueblo civilizado y no tirará sobre hombres desarmados".

En 1982 había dos miradas sobre Malvinas: la que nos condujo a 30 años de retroceso y la expuesta, ignorada y muy criticada. Hoy también hay dos miradas, en un contexto diferente.

Gran Bretaña desea respetar el derecho a la autodeterminación de los isleños que contempla la Carta de la ONU. La Argentina dice que este derecho debe aplicarse a un grupo étnico sobre su espacio de pertenencia y no sobre espacios ocupados ilegalmente. Pero en Malvinas hay un colonialismo diferente: desde la ocupación en 1833, no viven allí argentinos que reclamen su independencia; es un territorio argentino ocupado y gobernado por el Estado británico, que alberga a británicos; esto es, a una nación británica.

Esteban Polakovic, nacido en Eslovaquia (1912) y radicado en la Argentina (1947), profundizó la idea de nación. A juicio de Sabato, "nadie como este humanista eslovaco ha esclarecido tan clara y apasionadamente el concepto de nación". Sufría a su Eslovaquia, sometida por un Estado checoslovaco que contenía dos seres nacionales, el checo y el eslovaco. Polakovic decía que la nación no es la organización político-jurídica de una población, ni la suma de los pobladores de un país que forman un Estado; es algo mucho más profundo y menos comprensible. La nación forma parte de la existencia del hombre. El carácter de miembro de una nación es cualidad espiritual de la cual nadie puede ser despojado; la ciudadanía es condición pasible de pérdida. Solzhenitsyn era ruso a pesar de haber sido desposeído de la ciudadanía soviética. Así, la nación puede subsistir sin un Estado: la nación judía existía antes del Estado de Israel y existe fuera de él. Pero un Estado sin la nación correspondiente es incompleto. Cada nación aspira a un Estado propio que albergue su espíritu nacional. Esto ocurría cuando Armenia o Georgia querían separarse de la Unión Soviética. O cuando Alemania, una única nación, estaba escindida en dos Estados.

Conocí la obra de Polakovic. En 1982 le pedí que reflexionara en Papiro sobre Malvinas. "Si los malvinenses tomaran la ciudadanía argentina -decía antes de nuestra derrota- no se esperará que renuncien a su nacionalidad inglesa, porque ésta pertenece a su modo de vivir. Su asimilación nacional será un proceso largo, aunque su integración cívica fuese breve. Entre 1800 personas no puede surgir un folklore, forma inicial de una cultura nacional. Y si no surge una cultura no surge una nación. Un grupo étnico como el malvinense hubiera sido absorbido por el ambiente que lo envolviera. Pero ese ambiente no existía porque estaban protegidos en islas, separadas por cientos de kilómetros de mar. Los galeses, muy pocos también, en tierra firme patagónica fueron absorbidos por el ambiente nacional argentino."

Aquí surge la otra mirada, que acercaría las posiciones sin ceder un ápice la soberanía. Se trata, sí, de proteger los deseos de los isleños, que no serán argentinos de la noche a la mañana. Para eso sugerimos desarrollar una misión protagonizada por la sociedad civil, experta en problemas humanos. Debería abandonarse la política de confrontación y promoverse la creación de una fundación, cuyo objeto sería absorber a la nación británica de las islas en una nación argentina, a través de un proceso de radicación de argentinos en el tiempo. La nueva fundación podría reunir a otras organizaciones de la sociedad civil, argentinas e inglesas, para que Malvinas sea un caso testigo en educación, protección del ambiente, cultura, salud, etcétera. Por su escasa población sería un campo ideal para una experiencia ejemplar. La Argentina se mostraría, así, respetuosa de la identidad de seres humanos que heredaron las consecuencias de un tiempo muy lejano de piratería.

Un grupo de 17 intelectuales reclamaron recientemente la revisión de la política de Malvinas, para "respetar el modo de vida, los deseos e intereses de los isleños, sin imponerles una soberanía, una ciudadanía y un gobierno que no desean". Como en 1982, esta otra mirada tuvo críticas oficiales y de opositores, que hasta la tildaron de "cipayismo básico". Para no demorar otros 30 años el conflicto, apurémonos en transitar este camino.

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