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El factor kelper: surge un nuevo actor político

Los habitantes de las Malvinas lograron hacer escuchar sus reclamos y buscan ahora que se les reconozca su identidad
Marcela Mora y Araujo
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1 de abril de 2012  

Mi papá estaba furioso", comentó una adolescente en 1999, cuando visité las islas enviada por La Nacion para cubrir la reacción de los isleños a un acuerdo firmado por el entonces canciller de la Argentina Guido Di Tella y su contraparte británico, Robin Cook. "Nos enteramos del acuerdo por las noticias internacionales en la radio. Ni siquiera fuimos consultados", siguió Sian Davies, de sólo 16 años y muy afianzado sentimiento de pertenencia.

En aquel entonces, los isleños -o falklanders - estaban realmente en el limbo. De aquel acuerdo alcanzado entre Buenos Aires y Londres -que entre otras cosas autorizaba las visitas de argentinos a las islas y preveía compromisos para el control de la pesca en el Atlántico Sur- ellos sólo se enteraron una vez concluidas las negociaciones, aunque hubo dos consejeros de las islas presentes al momento de firmar. Su lucha inicial tuvo así el doble objetivo de conseguir que se los incluyera en la mesa de negociaciones y de lograr una voz que los represente ante el mundo. Recuerdo ahora a Pippa Lang, una chica desenvuelta que insistía en que la voluntad de los isleños debía ser tenida en cuenta. "En el resto del mundo nos ven como poco razonables -dijo-, y no es así."

Uno de los ocho consejeros legislativos de las islas, Lewis Clifford, recuerda que se las vio negras para explicar las razones del acuerdo a una población mayoritariamente hostil. "Los isleños más «línea dura» no aceptaban ninguna discusión de nada; ésa es una postura que un representante electo no puede aceptar". Encaró entonces a cientos de isleños en una reunión pública, "y cuando entendieron que estaban en juego temas como el futuro de los lazos aéreos, la conservación de los recursos marítimos, la plataforma compartida, recién ahí la población lo entendió". La soberanía no estaba en la agenda, sino "un amplio rango de temas que en realidad eran medidas para construír confianza". El acuerdo permitió, detalla, una mejora de las relaciones entre los isleños y los argentinos "sobre una base más razonable".

Hoy, Lewis Clifford está alejado de la política y se convirtió en director ejecutivo de Byron Marine Limited, una empresa que provee apoyo, logística y servicios portuarios para el Programa de Exploración Offshore de las Falklands ( Falklands Offshore Exploration Programme ). Recuerda esa época y sostiene que el completo colapso de los pequeños acercamientos de la ofensiva "carismática" de Di Tella son consecuencia de que la Argentina fue rompiendo todas las cláusulas. "Aparte del vuelo desde Punta Arenas los sábados, los acuerdos corporativos, los de pesca... todos han sido quebrantados. Las señales que vienen de la Casa Rosada son muy malas, la retórica bélica le dificulta al Reino Unido reivindicar nuestro derecho a la auto-determinación, y eso sólo logra reforzar nuestra posición, que es que nadie acá contemplará discutir el tema de la soberanía."

En la sangre

Los isleños no se ven como una colonia. "Determinamos nuestro propio futuro con un gobierno de nuestra elección", explica Clifford, "Y en esto, el Reino Unido nos respeta en un 101 por ciento". Según el empresario, las recientes posturas adoptadas por el Mercosur, los seis premio Nobel que apelaron a Naciones Unidas y lo que llama los "fuertes ruidos bélicos" emitidos por Buenos Aires, contribuyen a activar la preocupación entre la población.

Una fuerte presencia mediática, además, contribuye en estos días a la sensación de "invasión". En las islas hay unos 30 periodistas extranjeros, que en una población de 2500 personas se perciben, y mucho. La dueña de un pub se queja ante las cámaras de la BBC de que algunos Argentinos entran con remeras que dicen "Malvinas Argentinas". Otros isleños no quieren ser entrevistados. La editora de Penguin News, el diario local. se disculpa pero tiene pedidos expresos de no pasar datos de contacto, ya que el agobio mediático tiene agotada a gran parte de la población.

Al mismo tiempo, la tecnología hace que las opiniones se propaguen por el ciberespacio. Los twitteros de malvinas se esmeran por corregir imágenes que consideran erradas: "Es verdad que las frutas y las verduras son caras -comenta una isleña-, pero no es para tanto. No estamos tan aislados".

Un estudio reciente sobre el uso de Facebook alrededor del mundo posiciona a las islas como el país con más cantidad de suscripciones per cápita en el mundo. "No sé si es exactamente así -comenta Jason Lewis, consultor en nuevas tecnologías de Stanley (Puerto Argentino)-, pero, como somos tan pocos, es posible que estemos entre los más altos del mundo".

Jason desciende de malvinenses, pero nació y vivió en Londres hasta los 18 años. Cuando volvió a las islas, se adaptó sin problemas. "Las debo llevar en la sangre", dice riendo. Según este joven, la vida allí es tranquila y amena, y se muestra optimista respecto del futuro económico. "Más allá de la preocupación generada por la Argentina, sin duda es el tema de discusión del momento", aclara. "Hemos tenido algunos recortes presupuestarios a nivel gobierno, pero comparado con lo ocurrido en otros países, son minúsculos."

Pippa Lang, la joven que a los 16 años habló con La Nacion, hoy trabaja como economista de Políticas Públicas en el gobierno local. Se ríe al recordar aquella entrevista, en una salita de la escuela. Ahora casada, ha cambiado su nombre a Pippa Christie y espera para este año su segundo hijo. "La calidad de vida aquí es buenísima", cuenta, y aclara que no es tanto en términos monetarios, sino en términos de indicadores sociales como el balance entre horas de trabajo versus horas de ocio, el nivel de educación y salud, "y los fortísimos lazos dentro de la comunidad".

De adolescente, Pippa se asombró al comprobar que en Inglaterra cuando un auto pasaba en la calle a otro sus ocupantes no se saludaban; hoy explica con vocabulario experto que si bien las estadísticas sugieren que el producto bruto per capita de las islas está entre los más altos del mundo, el producto neto es menor, dado que mucha de la riqueza que generan es compartida con empresas de afuera, que se llevan su parte y no hay exportaciones que generen entradas.

A futuro, los pobladores confían en que a la pesca se sumará en algún momento la posible explotación petrolera y de gas, para continuar creciendo económicamente. El turismo ha crecido muchísimo, aunque, como señala Lewis Clifford, "ésa es un área que también sufre los obstáculos que nos impone la Argentina". A pesar de la pésima percepción que tienen del país, hay optimismo en cuanto a las posibilidades futuras. Clifford confía en la anticipada extracción del primer barril de petróleo a mediados de 2016.

Son completamente autosuficientes en todo sentido, excepto en materia de defensa. Cuando se desató el conflicto, en 1982, los kelpers -o "Bennies"- estaban muy lejos de las preocupaciones británicas. La guerra y las alternativas cambiantes de la diplomacia posterior modificaron eso. Se comenta que Margaret Thatcher mandó a imprimir mapas de la zona, ya que ni siquiera tenía a su alcance un referente de la geografía del lugar.

El apodo "Bennies" les fue adjudicado por los soldados británicos, enviados a velar por su seguridad. Es un término sumamente despectivo, que hace referencia a un personaje medio tonto de una novela de televisión de larga duración en Ingaterra - Crossroads - en la cual el lelo de la película se llamaba Benny. El nombre de "kelpers" provenía de un alga que abunda alrededor de las islas, el kelp, y es también considerado peyorativo por los isleños, asociado con la terminología que se utiliza en la Argentina.

La desconfianza por todo lo que sea argentino, que durante mi visita de 1999 era palpable, persiste. Importadores de productos cotidianos, como jabón en polvo y detergente, destacaban que los consumidores lugareños no compraban el producto idéntico, de la misma marca incluso, si la etiqueta estaba en español o indicaba que procedía de la Argentina. A un costo altísimo, volaban provisiones desde el Reino Unido, en aviones militares que llegaban sólo dos veces a la semana debido a la suspensión de los vuelos procedentes de Chile. Hoy, un criador de corderos asegura que no exportar a la Argentina lo tiene sin cuidado, dado que "la economía argentina es muy volátil, y de todos modos no podemos confiar en ellos".

Pippa Christie observa que lo que los pone a la defensiva es quizá la insistencia de los gobiernos argentinos en dirigirse directamente al Reino Unido para discutir los temas relacionados con las islas. "Y cuando el Reino Unido responde por nosotros, refuerza esa errónea idea de que no tenemos voz propia. Somos actores." Pippa, de hecho, pertenece a una generación que parece haber ido encontrando esa voz.

Ni kelpers, ni Bennies, ni ingleses, ni argentinos: los habitantes de las islas se consideran prácticamente como un país aparte, y reclaman que se reconozca su identidad: 30 años después de la guerra, no son sólo una de las partes involucradas en cualquier decisión que se tome. Según afirman, son la principal.

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