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La guerra en primera persona

El argentino que volvió a Malvinas para devolver un pulóver; el reencuentro del soldado y la niña que se escribieron cartas durante el conflicto; los protagonistas del ataque al portaaviones británico Invencible; el comandante del submarino que inició el desembarco en las islas. Historias mínimas que urden la memoria de un país
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1 de abril de 2012  

"Hubo amenazas explícitas para que no contáramos nada"

Cuando Miguel Savage volvió de Malvinas, su familia le organizó una fiesta de bienvenida.

"Todo el mundo estaba eufórico, me preguntaban si había matado a alguien, si había visto a los gurkas? Pero yo todavía estaba muy débil, raquítico? En dos meses había perdido veinte kilos. Venía de sobrevivir a uno de los climas más hostiles del planeta, de tener que dormir abrazado a mi compañero Roberto para no morir congelado y estaba como aturdido. El contraste entre todo ese ruido y el silencio del que yo volvía era enorme", recuerda en diálogo con La Nacion.

"Entonces -continúa con su relato-, me fui a la cocina, me calenté las manos sobre la hornalla encendida y pensé: «Nadie tiene idea de lo que pasaste. Vas a tener que ser fuerte: vas a estar solo con tu recuerdo por el resto de tu vida»".

Ese recuerdo al que se refería condensaba muchos, demasiados elementos. Entre ellos, la sensación de haber sido traicionado por sus jefes antes y durante el conflicto: "Yo era un conscripto de 19 años que habían mandado a la guerra con un solo día de práctica de tiro, con una carpa cuya lona se desgarró durante la primera tormenta, y que tuvo que atravesar 60 días de alimentación líquida, porque en mi caso no hubo ni pan ni galletitas. Eramos 150 y lo sólido llegaba sólo para 30. Había que hacerlo durar".

Pero el hambre es paciente hasta que un día estalla. Y en su caso, cuando el hambre estalló, tomó el control de sus acciones. Así, cegado por la urgencia, una mañana ingresó en una granja kelper junto a su sargento en busca de una posible base de operaciones enemiga. La granja estaba desocupada y el soldado, una vez efectuada la revisión de rigor, se dedicó a saciar su instinto más urgente. Comió con desesperación y, al huir del lugar, tomó también un abrigo, un típico pulóver inglés que se llevó sin remordimientos. "En ese momento era literalmente un esqueleto con casco. Estaba moribundo. Y en esa casa, al ponerme ese pulóver, fue como volver a vivir", recuerda con emoción.

Savage conservó el pulóver durante más de 20 años. Enmarcado, a la manera de los trofeos o las camisetas de fútbol. "Pero para mí nunca significó un trofeo -aclara-. Para mí era un hermoso recuerdo que en algún momento me salvó la vida."

En 2006, durante su segundo viaje a Malvinas, decidió devolver la prenda. Su dueño había fallecido, así que lo recibió su hija, junto a una nota manuscrita de agradecimiento: "Este pulóver me dio abrigo en un momento de tremenda exposición -dice en uno de sus pasajes- (...)También lo usé estando como prisionero a bordo del Camberra, tomando el té con la plana mayor de oficiales de la Task Force, que junto con todos los medios británicos me ?sometieron' a una verdadera conferencia de prensa, asombrados de cómo habíamos logrado sobrevivir a semejante rigor climático sin suficiente alimento. (...)."

Volver al pasado

Después de su primer viaje a Malvinas, en 2000, Savage descubrió que había, para sus recuerdos, un mejor destino que la soledad que les había imaginado aquella primera noche del regreso, en la cocina de sus padres. Y comenzó a desplegarlos en una página web que se llama "Viaje al pasado" ( www.viajemalvinas.com.ar ). Allí relata sus vivencias en los tres viajes que hizo a las islas, retrata su amistad con Terry Peck -un ex combatiente enemigo contra el que se enfrentó en la batalla de Monte Longdon- y su hijo James -quien hace un tiempo se convirtió en ciudadano argentino-, y hasta pueden verse los avances de "Con la mano de Dios", un documental pacifista filmado por productores italianos y protagonizado por el propio Savage.

A 30 años del inicio del conflicto, hoy rescata la figura del sobreviviente ex conscripto. "Los ex combatientes éramos una figura incómoda, tanto para la sociedad, que nos asociaba con la dictadura, como para el gobierno militar, consciente de que habíamos sido testigos de sus errores -analiza-. Pero, a diferencia de los profesionales, que volvieron con trabajo, contención, obra social y vivienda, los conscriptos volvimos de la guerra con nada. Y encima, al regreso, tuvimos que soportar amenazas explícitas para que no contáramos nada. De hecho, yo tuve que firmar una declaración jurada que me obligaba a guardar secreto militar."

Lorena Oliva

"Mi hijo murió sabiendo que había cumplido"

Encabezó la avanzada argentina el 2 de abril. Comando anfibio, fue de los primeros en desembarcar cuando aún era noche en las islas Malvinas. El dispositivo táctico dispuso que él y 16 subordinados hostigaran la residencia del gobernador británico Rex Hunt, justo en el lugar donde se había concentrado la mayor resistencia militar. Cerca de las 7 avanzó delante de sus hombres y derribó la puerta del lugar. Lo recibió una ráfaga de fuego. El entonces capitán de corbeta Pedro Giachino se había convertido en la primera baja de la guerra.

"A veces pienso que los ingleses reconocen más el valor de nuestros soldados que los propios argentinos", dice María Delicia Rearte de Giachino a treinta años de la muerte de su hijo.

Sólo una vez estuvo ella en las islas. Fue en marzo de 2005 en una visita que tenía por objetivo verificar las obras en el cementerio argentino en Darwin. "Fueron apenas cinco horas, pero resultó en una emoción muy fuerte. Fue sentir esa tierra en la que está la sangre de mi hijo y de tantos otros", dijo.

Al morir durante la operación de desembarco, el cuerpo de Giachino fue recuperado en ese momento y trasladado al continente. Fue enterrado en principio en Puerto Belgrano, en la principal base naval argentina. Su familia luchó para que algunos años después sus restos fuesen depositados finalmente en Mar del Plata, donde residen su esposa y sus dos hijas, que en el momento de la guerra tenían 8 y 9 años.

El año pasado se desató en esa ciudad una polémica al ser retirado el retrato de Giachino del Concejo Deliberante, debido a denuncias sobre su supuesta participación en la represión ilegal. La madre del primer caído en combate prefirió no revolver ese debate, sino recordar a su hijo por lo hecho en las islas.

Giachino había nacido en Mendoza y no tenía antecedentes de familiares o allegados en las Fuerzas Armadas, pero la madre recuerda que la vocación militar de su hijo era fuerte desde la adolescencia: "Fue un verdadero soldado. Conversé mucho con sus subordinados, que me hablaron de su profesionalismo, de su intención siempre de cumplir con el deber. Sus últimas palabras fueron preguntar si se habían rendido, le dijeron que sí, que ya se estaba izando la bandera argentina; murió sabiendo que él había cumplido".

Daniel Gallo

"Yo era chica, no podía creer que un soldado me respondiese una carta"

Esta es la historia del encuentro entre María Esperanza Armelin y Luis Rivero durante la Guerra de Malvinas.

En aquel entonces, María Esperanza tenía 7 años y, como tantos otros chicos de su edad, escribió una carta para los soldados destinados en las islas. Con tinta azul y un colorido dibujo les deseó suerte y pidió que la guerra llegara pronto a su fin.

Su carta llegó a manos del cabo Luis Rivero, un joven soldado que había egresado el año anterior de la Escuela de Suboficiales de Córdoba y había sido destinado a las islas para cubrir un puesto dentro de la Red de Observadores Aéreos.

"Paralelamente, tenía que pasar telegramas para las familias de los soldados, en una especie de locutorio, en la casa del gobernador. En los momentos libres iba al correo, buscaba los bolsones de cartas y las separaba por fuerzas", recuerda Rivero. En una oportunidad decidió apartar algunas para él y contestarlas. Entre ellas, la de María Esperanza.

"Un día llegó a casa una carta desde Malvinas. Era de Luis. Fue muy especial; yo era chica, no podía creer que un soldado contestase a mi carta y decidimos conservarla. La guardé toda mi vida. Me casé, me mudé, tuve a mis hijos y la carta siguió conmigo", se emociona Armelin.

Hace cinco años le surgió la inquietud de buscar a Rivero, de saber qué había sido de su vida. "A mi hija Vicky le habían encomendado en la escuela la tarea de preguntarles a sus papás qué recordaban de la guerra. Yo le conté la historia de la carta y se la mostré. Mi hija la llevó al colegio y eso revolucionó el clima de la escuela. A la noche, mi marido me propuso: «¿Y por qué no lo buscamos?»."

Armelin reconoce que no sabía por dónde empezar y decidió guiarse por las pistas del sobre, en el que figuraba la dirección del área de radares. "Como no sabía si Luis estaba vivo, primero busqué en la lista de los caídos. Cuando descarté esa opción, le envié un mail al jefe de esa área y obtuve como respuesta la información necesaria para contactarlo."

Esa misma noche decidió llamarlo. Tanto Armelin como Rivero reconocen que, al hablar, se reactualizó aquel vínculo que había comenzado 25 años antes. "Una especie de lazo similar al de sangre -describe Esperanza-, algo que no se puede explicar. Esa noche, mientras Luis buscaba la carta que también había conservado plastificada, lloramos todos, incluso Adriana, la mujer de Luis, que estaba del otro lado del teléfono."

A los pocos días, ambas familias decidieron encontrarse personalmente y, desde entonces, siguen en contacto, compartiendo momentos como si fueran una familia. Alimentando una amistad que nació hace casi tres décadas, al calor de la guerra.

Gabriela Miño

"Nadie quiso ser mártir o héroe, sólo hicimos nuestro trabajo"

El hombre entrado en años y con el pelo canoso bien peinado asegura admirar a ese otro hombre "que salió a jugarse la vida sin pedir nada a cambio" y a "cruzar el océano cargado de bombas sin tener la certeza de que volvería a su casa". Sentado a pocos pasos, el formal y trajeado destinatario del elogio devuelve la gentileza y dice sentir la devoción de un hijo hacia su padre "por la ética de quienes, como él, hicieron más de lo necesario para que pudiéramos cumplir con nuestra misión".

Además de gratitud y admiración mutua, el brigadier Roberto Noé y el comodoro Gerardo Isaac comparten el protagonismo en una historia dramática ocurrida hace tres décadas: la del bombardeo de la Fuerza Aérea Argentina al portaaviones británico Invencible, en los últimos días de la Guerra de Malvinas. Con emoción apenas contenida, Noé e Isaac contaron detalles y vicisitudes del episodio que marcó sus vidas y significó el bautismo de fuego de la Fuerza Aérea en el conflicto armado.

Para Isaac, todo comenzó el 29 de mayo de 1982, cuando como alférez y joven piloto recibió en San Julián la orden de comandar uno de los cuatro aviones de combate A4-C que atacaría, con bombas y proyectiles, al imponente portaaviones británico. Noé, que despegó desde Río Gallegos y rodeó la isla de los Estados, piloteaba uno de los dos K-130, proveedor de combustible en pleno vuelo.

Los aviones caza y los transportistas se encontraron el 30 de mayo en el lugar convenido, en pleno océano y a 180 kilómetros de las islas en disputa. Fueron juntos, "en silencio", para no despertar a los radares enemigos, mientras Noé reabastecía de combustible a Isaac y a sus otros tres camaradas de armas. A unos 900 kilómetros por hora y ya provisto del indispensable combustible, Isaac –según cuenta– tomó "fascinación por el blanco". Pensó sólo en el objetivo que tenía, y ese objetivo era el Invencible.

Noé escucha sin parpadear el relato de Isaac sobre aquellos instantes únicos. Así se suceden el barrido de radares de los dos aviones Super Etendart (que cargaban el misil Exocet); la silueta del portaaviones que se acerca sin pausas; las "explosiones" que derribaron a dos de los A4-C a metros de él, la visión perfecta de ese gigante ubicado debajo de él. "Salieron los 200 proyectiles que tenía cuando estaba bien debajo de él, estaba todo complicado por un denso humo. Apreté el disparador de las tres bombas que llevaba y luego pasé por el lateral derecho del portaaviones. Puse rumbo de escape", cuenta Isaac, casi sin pausas.

Después de un rato, los dos aviones atacantes que quedaban en pie se cruzaron nuevamente con los transporteros. Los reabastecieron del preciado combustible, vital para que Isaac puediera volver al continente sin pasar por las islas.

Treinta años después, y sin querer entrar en "consideraciones políticas" sobre las razones de la guerra y la derrota en Malvinas, las sensaciones son de alivio y satisfacción. "Había mucho trabajo que hacer, no tenía tiempo de pensar demasiado. Cuando pasó todo y tuve menos peligro, empecé a tomar conciencia de lo que viví", recuerda Isaac. "No hicimos nada más que lo que se esperaba de nosotros. Nadie quiso ser mártir o héroe, sólo hacer nuestro trabajo", reflexiona Noé.

Los dos recuerdan a los tenientes José Vázquez y Omar Castillo, que tripulaban los A4-C derribados, y que quedaron en las frías aguas del océano."Son la prueba concreta de que este ataque existió", dice Isaac, sabedor de que los británicos "no reconocen ni siquiera el ataque" al portaaviones. "Pero el Invencible desapareció de escena por dos años", agrega Noé, que cumplió en total 45 días participando en el conflicto.

Los dos, el piloto de avión de combate y el de transporte, reconocen que hay una añeja "rivalidad" entre ambas tareas, pero que ellos no sienten esa sensación. No hace falta aclararlo: volaron a la par en uno de los momentos trascendentes de la guerra. Y así lo seguirán haciendo, según aseguran, por el resto de sus vidas.

Jaime Rosemberg

"Yo estaba decidido: si me cruzaba con un inglés, lo bajaba"

De andar descontracturado, con mechones de cabellos largos detrás de las sienes y sonrisa amable, la imagen del protagonista de esta historia dista bastante de la del prototipo del militar de combate.

Pero a poco de comenzar a recordar, el capitán Horacio Bícain vuelve a ser aquel joven comandante del submarino ARA Santa Fe, que la gélida madrugada del 2 de abril de 1982 inició el desembarco argentino en Malvinas.Y también el mismo que, en las islas Georgias y 22 días más tarde, estuvo bajo intenso fuego inglés casi sin poder defenderse; quedó prisionero y, como tantos otros participantes de la guerra, salvó su vida por milagro.

Casi sin levantar la voz, Bícain cuenta el desembarco en Malvinas sin apasionamientos. "Sabíamos que allí no había oposición, estábamos con adrenalina cero", relata. Repasa la salida del submarino desde Mar del Plata, y la llegada con sorpresa incluida. "Nos estaban esperando", relata, y da como ejemplo "movimientos en el istmo que une Puerto Argentino con la península". También recuerda, sin rencor, los problemas técnicos del submarino, que había participado de la Segunda Guerra Mundial. "El estado era en sí mismo una publicidad de Poxipol", dice. De todos modos, cumplió con su objetivo: los buzos tácticos bajaron a la playa y marcaron el lugar del desembarco al resto de las tropas.

Vuelto a Mar del Plata, Bícain recibió el 7 de abril una segunda orden: emprender camino a las Georgias para reforzar el control argentino. Tormentas casi perfectas, con olas de ocho metros, retrasaron la llegada para el 24 de abril.

Allí se puso en marcha la estrategia de supervivencia. "Ibamos pegados a la playa, para eludir los radares". No era broma: dos destructores, entre ellos, el Conqueror (que luego hundió al crucero General Belgrano), los estaban esperando.

"Tenía una orden: no emplear armas, salvo como autodefensa. Pero estaba decidido: si me cruzaba con un inglés, lo bajaba, ¡y que lo discutiera Costa Méndez en Naciones Unidas!", dice.

Las bombas y los misiles contra el submarino llegaron y se convirtieron "en un show de balas". Siete cabos salieron a la torreta de la nave para impedir que un helicóptero inglés descargara su furia desde posición vertical. Uno de ellos, Alberto Macías, perdió una pierna en el intercambio, y se ganó el respeto de todos. "Esa pierna tuvo un valor. Estamos todos vivos", dice Bícain, que al día siguiente se rindió, fue prisionero, y volvió al continente en un avión de la Cruz Roja. "Fuimos como Bonavena contra Alí. Les dimos un susto", reflexiona. Mañana estará en plaza Irlanda en un homenaje a los caídos en la guerra. Macías estará con él.

J.R

"Les decía que no traía mi pasaporte porque estaba llegando también a tierra argentina"

Los ojos oscuros del comodoro retirado Carlos Novillo se achinan al máximo al recordar aquel mediodía de hace casi cuarenta años que quedó para siempre grabado en su memoria.

"Fue una experiencia fascinante, única", dice a La Nacion el entonces joven piloto de la aerolínea LADE, que descendió con su F-27 y 44 pasajeros a bordo en la flamante pista de aterrizaje de Puerto Stanley, e inauguró una década de intercambio fecundo entre argentinos y malvinenses que el cruento conflicto armado de 1982 y su sangriento saldo en vidas humanas frenaron por las siguientes tres décadas.

Novillo recuerda como hoy aquel 15 de noviembre de 1972, cuando piloteó ese vuelo inaugural de la aerolínea estatal a tierra malvinense.

La imagen del "honorable" Ernesto Gordon Lewis, gobernador británico, vestido de frac en el ventoso aeropuerto el día de la inauguración, es otra de las postales del día en el que argentinos y malvinenses se sintieron más cerca que nunca.

Pero Novillo tiene todavía más presentes decenas de momentos felices vividos en Malvinas a partir de aquel día, una realidad de cercanía tan distante de la actualidad como deseable, a su criterio.

"Al principio, en la mayoría de las casas había pegado un cartel que decía: «Keep the Falklands British» (mantengan británicas a las Malvinas). A los dos o tres meses esos carteles empezaron a desaparecer", cuenta Novillo con una media sonrisa.

Las razones del cambio, asegura, están más que claras. "Ellos sólo se conectaban con el continente a través de un barco que llegaba desde Uruguay cada dos meses. Y comenzaron a apreciar los beneficios del intercambio que empezó a llegar a través de nosotros. Gas del Estado, diarios, correspondencia, educación, la posibilidad de viajar a Buenos Aires... Estaban chochos porque podían cocinar huevos fritos, y nos empezaron a invitar a comer muy seguido", recuerda.

Novillo profundiza en las mejoras que llegaban para los malvinenses cada lunes, cuando su F-27 aterrizaba luego de un extenso viaje originado en El Palomar, con escala en Comodoro Rivadavia.

Rememora a "las maestras argentinas que vinieron de manera regular a Stanley a dar clases", y los chicos "malvinenses que venían a estudiar a colegios ingleses de Buenos Aires, Córdoba o Montevideo". Según el piloto, "llegaban también con nosotros muchos familiares oriundos de Nueva Zelanda, India o Australia". Pocos, según él, eran ingleses.

Novillo llegó a tener tanta familiaridad con los pobladores que viajaba a Malvinas sin su pasaporte.

"Les decía que no traía mis documentos porque era argentino y estaba llegando también a tierra argentina."

¿Y qué le decían los funcionarios del aeropuerto? "Me miraban, se sonreían y me dejaban pasar porque me conocían", recuerda.

La comparación con el presente, atravesado por la desconfianza de los kelpers hacia todo lo que suene a argentino, lo desalienta. "Había un vínculo y se rompió. Recordando a la gente que conocí y fui tratando, me di cuenta de lo acertada que fue esa estrategia de acercarnos. Hubo noviazgos, casamientos… En treinta años esto hubiera caído por su peso, y Malvinas habría terminado como provincia o Estado libre asociado a la Argentina", reflexiona. No todas eran rosas en la relación. "Una vez arribó un crucero, y los argentinos que llegaron distribuyeron dinero fuera de circulación en las islas. Fue la típica picardía criolla, pero nos costó recuperar la confianza", rememora. Ese episodio fue, por cierto, una excepción en toda esa década. Novillo recuerda con lágrimas a aquel chico de 11 años "al que llevamos a conocer Buenos Aires junto a su madre, y vio desde la cabina del avión las luces de la noche porteña".

Cuatro décadas después, Novillo lamenta "que la mayoría de quienes vivieron todo eso no esté más en las islas".

No participó del combate –se encontraba en Estados Unidos– ni volvió más a las islas. Pero a Novillo, hoy con 73 años, le quedó impregnado el optimismo. "Hay que insistir en la ayuda, en el intercambio. Queremos tener la oportunidad otra vez de brindarles [a los kelpers] nuestro apoyo desde lo humano", dice, aunque por estas horas se trate de una misión más difícil que aquel primer aterrizaje en la improvisada pista del suelo malvinense.

J.R

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