Una tumba de guerra para el héroe de Top Malo House

En un puesto ovejero de la isla Soledad yacen los restos carbonizados del teniente Ernesto Espinosa,el único argentino que aún no tiene una tumba pese a saberse el lugar en donde cayó
Sergio Núñez
Marisa Bisceglia
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1 de abril de 2012  

A 30 años de la Guerra de Malvinas, Top Malo House, un puesto ovejero de la isla Soledad y escenario de un poco conocido combate argentino-británico, es sólo un puñado de ruinas. Pero según varios testimonios, allí yacen los restos carbonizados del teniente Ernesto Espinosa, el único argentino que aún no tiene una tumba de guerra pese a saberse el lugar en donde fue abatido, lo que infringe el Convenio de Ginebra de 1949 al que adhirieron ambos países y que en su artículo 17 dice que "las partes en conflicto velarán porque se entierre a los muertos honrosamente".

Espinosa, que tenía 25 años, estaba casado y era padre de dos pequeñas niñas al momento de la guerra, integraba la primera sección de la Compañía de Comandos 602, que con un agregado del 601 tenía la misión de adentrarse 40 kilómetros delante de la primera línea nacional para informar sobre las actividades británicas tras el desembarco en San Carlos. Recién llegados a Malvinas y con data imprecisa sobre la ubicación del enemigo, el capitán José Vercesi y sus doce hombres partieron de Puerto Argentino la gélida mañana del 29 de mayo de 1982 a bordo de dos helicópteros que volaron a ras del piso para evitar radares y posibles ataques. Así llegaron al pie de Monte Simons, sin saber que a escasa distancia había un campamento británico. Según lo acordado, el rescate sería al tercer día. El ascenso les llevó toda la jornada, pero desde la cima lograron divisar un corredor aéreo de helicópteros enemigos que transportaban cañones y bultos, movimientos que lograron transmitir hasta que los marines les bloquearon las comunicaciones.

La mañana del 30, tras una noche nevada, el grupo de élite emprendió la vuelta sobre la dificultosa turba rumbo a Fitz Roy, que si bien estaba a 25 kilómetros en sentido sur a la capital isleña, era donde se encontraba la sección argentina más próxima. Con sus hombres mojados hasta la cintura tras haber cruzado el arroyo Malo y previendo otra noche helada, Vercesi tomó la riesgosa decisión de hacer un alto en el puesto ovejero, un galpón de madera y chapas que tenía dos plantas. "Admito que fue un error guarecernos allí, pero había condicionamientos: era eso o arriesgarme a perder la mitad de mi gente, que tenía principio de congelamiento en los pies", recuerda hoy el ex jefe del comando.

El 31, físicamente repuestos y con la ropa seca, despertaron muy temprano y empezaron a prepararse para seguir viaje. A las ocho escucharon un helicóptero. Como era el tercer día de la misión, pensaron que podía ser el rescatista, aunque a causa de la bruma ni los visores nocturnos resultaron útiles. El ruido cesó, no la incertidumbre, por lo que apuraron todo para dejar el galpón. En ese momento, Espinosa, que desde un ventanal del primer piso recorría el paisaje con la mira telescópica de su fusil, advirtió: "¡Me parece que viene gente avanzando!". En efecto, eran marines del Cuadro de Guerra para Montaña y el Artico al mando del capitán Rod Boswell, camuflados con uniformes que se confundían con la turba. Siete hombres se apostaron frente al puesto, a 60 metros, mientras otros 12 rodeaban el lugar, resguardados por una elevación más alejada. Ante el alerta de Espinosa, el sargento Miguel Castillo se sumó al avistaje. También vio bultos que se movían sin poder precisar si eran personas u ovejas. Hasta que la claridad despejó toda duda. Ambos dieron rápido aviso a quienes estaban abajo para que salieran del puesto, y Castillo instó a Espinosa a hacer lo mismo, pero el tirador especial de la fracción le contestó: "¡No, yo me quedo! Acá tengo más campo de tiro", y de inmediato abrió fuego. La respuesta con un proyectil antitanque hizo estremecer la estructura y los marines siguieron el avance disparando con lanzacohetes y fusiles lanzagranadas. Los argentinos sólo disponían de fusiles FAL y granadas de mano.

Una granada mató a Espinosa al instante, pero su acto de entrega les dio tiempo a sus compañeros para dejar el galpón antes de que se incendiara y para correr hasta la orilla del arroyo, donde se apostaron para luchar. Los más rezagados lograron saltar entre el fuego, por una ventana y un tragaluz a cinco metros de altura. "Nosotros salimos combatiendo y eso sorprendió a los británicos porque pensaban que nos íbamos a rendir desde adentro", explica Vercesi. Boswell lo confirma: "Los argentinos no debían haber permanecido dentro de la granja, pero suplieron esa falta de profesionalidad con valor. Todos los que pudieron salieron de la casa y lucharon hasta que no pudieron más", reconoció el capitán británico en un documental de la BBC dedicado a Top Malo.

La resistencia duró media hora, lapso en el que también murió el sargento Mateo Sbert y fueron heridos otros seis comandos. Entre ellos, el teniente Horacio Losito, hoy condenado por violaciones de los DD.HH. en los años 70. Vicisitudes de la historia argentina reciente. Los británicos sólo reconocieron tres heridos, aunque algunos comandos sostienen que el bando enemigo también tuvo muertos. En su libro Comandos en Acción , el historiador Isidoro Ruiz Moreno detalla que algunos marines "lloraban en torno a un cadáver". Como sea, finalizado el combate, Vercesi pidió buscar a Espinosa entre el galpón derrumbado, pero Boswell le dijo que era en vano.

En febrero de 2011, el hoy teniente coronel (R) Vercesi y la periodista Marisa Bisceglia, firmante de este artículo, presentaron al gobernador isleño Nigel Haywood una nota donde pedían por los restos de Espinosa, invocando el Convenio de Ginebra. Lo mismo hicieron en Buenos Aires, ante la Cancillería y el Ministerio de Defensa. ¿Pero por qué pasó tanto tiempo para que un argentino reclamara por Espinosa? El hoy general (R) Sergio Fernández, que también combatió en Malvinas y hoy es un estudioso de Top Malo, explica: "De ambos lados puede haber existido un desconocimiento del problema. Fue la primera vez que se planteó la existencia de un muerto nuestro que no fue hallado, por la sencilla razón de que se carbonizó junto con la casa. Pero se haya volatilizado o haya sido enterrado por los dueños del terreno, el lugar mismo es una tumba de guerra".

Según pudo averiguar Enfoques, aquí el pedido no avanzó porque la viuda de Espinosa, Graciela, no se encargó de impulsar el reclamo (como tampoco respondió los llamados de este medio). Por su parte, la respuesta isleña, recibida el mes pasado, dice que "todos los restos humanos (argentinos) fueron retirados y sepultados en el cementerio de Darwin" y que "no hay registro de que éste no fuera el caso" de Espinosa. También afirma que la legislación local "no contiene ninguna disposición que permita designar a la Casa Top Malo como sitio protegido, ni a través de una ley de protección de las islas Falkland ni por aplicación de legislación británica", y acota que en el libro The Falkland´s War, Then and Now , su autor, Gordon Ramsey, comenta que, "según se cree", Espinosa "está sepultado en Darwin como ?soldado sólo conocido por Dios'". Llamativamente, la contestación nada dice sobre el convenio de Ginebra aludido en la nota.

El historiador británico Nicholas Tozer, que en 1999 ya había reclamado al Foreing Office por Espinosa, califica a la contestación como "altamente tramposa" porque "nadie jamás proveyó evidencia para justificar la idea de que los restos del teniente hubieran sido llevados a Darwin. Si esta información nunca fue hecha pública es porque no sucedió así. Y salvo que alguien pueda demostrar -lo cual es distinto a decir, que es lo que hace Ramsey- que las cenizas de Espinosa fueron trasladadas a Darwin, se debe asumir que aún siguen en Top Malo, y que más allá del paso del tiempo y lo puramente simbólico del gesto, Espinosa merece una sepultura".

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