Juliana Awada: "Yo me visto para mi"

Mamá de Valentina y Antonia, la empresaria se reconoce como una abanderada de los gustos simples. En esta charla íntima, habla de sus orígenes, de la importancia de la familia y asegura que la clave de su look elegante y natural es sentirse cómoda
Any Ventura
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1 de abril de 2012  

A las 12 en punto abre la puerta de su departamento nuevo sobre la Avenida Libertador con vista a la plaza Alemania. Jeans azul, suéter color visón, pelo sostenido con un broche, cara lavada, descalza. La austeridad de la decoración sorprende. También, el sillón gris de varios cuerpos, la alfombra sobria y la enorme mesa de madera clara del comedor, sin sillas aún. De forma muy cuidada, cuelgan de las paredes varios cuadros de pintores argentinos como Cornejo, Hoffmann, Burgos. Esta casa es el ejemplo de ese famoso concepto menos es más. Paseamos por su dormitorio; por el de Antonia, la hija que tuvo en octubre último con Mauricio Macri; por el de Valentina, de 9 años, fruto de su relación anterior con el belga Bruno Barbier. Todo, incluso la cocina, es despojado y espacioso.

Empresaria, trabaja en la compañía familiar que, además de la marca de ropa que lleva su apellido, desarrolla también Cheeky y Como quieres que te quiera. Esta mujer de 37 años a veces parece contestar sus propias preguntas, las que el periodista no ha realizado. Se emociona y se enamora de su propio relato. Su muletilla es soy como soy. Sabe lo que quiere. Es amable en todo momento, ningún tema parece perturbarla.

En esta charla, gustos y disgustos de la primera dama de la ciudad de Buenos Aires, Juliana Awada de Macri. Lo primero que deja en claro es que no se produce: "No tengo asesores de imagen, nada".

–¿Pero pensás, por ejemplo, tal día tengo que ir al Colón?

–No. Por lo general, no. En épocas en que estaba embarazada o gordita tenía que pensar, porque no me entraba la ropa. Pero como yo soy flaca, ni bien me dicen mañana tenemos que ir al Colón o mañana tenemos una cena en tal lado, agarro mi ropa del vestidor.

–¿No sos como la mayoría de las mujeres que tenemos el qué me pongo a mano? ¿Repetís algún vestido?

–¡Mil veces repito! No soy una persona que esté pensando en qué me voy a poner dentro de un mes.

–¿Sos la que diseña la ropa de la colección de los negocios?

–¿En Awada? No; somos un equipo de diseñadoras. Hay dos chicas, Romina y Paula, y yo. Las tres trabajamos en equipo. El año pasado no estuve yendo mucho por el embarazo y el parto, y por la asunción de Mauricio. Se fueron dando muchas cosas que me impidieron ir a trabajar.

–O sea que el negocio no depende de que vos estés allí.

–Ciento por ciento, no. Opino y trabajo. Ahora estoy viajando a Europa con mi mamá y con una de las dos diseñadoras. Vamos allá para encarar todo el tema de la colección de verano. Me encanta trabajar e involucrarme.

–¿Estudiaste diseño?

–No. Me hubiera encantado, y es algo que me arrepiento de no haber hecho. Fui al Chester College, en Belgrano, y cuando terminé me fui dos meses a un colegio de Oxford para estudiar inglés. Conocí toda Inglaterra y gente de todas partes del mundo. Fue una experiencia muy linda. Cuando volví, en vez de meterme en la universidad me puse a trabajar. A mi mamá le habría gustado mucho más que estuviéramos todos recibidos, con un título terciario.

–¿Cómo hacés para estar tan en forma con una bebita de menos de un año?

–Hago deporte. En el primer mes después de una cesárea no podés hacer esfuerzos, así que no lo hice. Además, no sólo no te da el físico, tampoco la cabeza: una está recién parida [sic]. Y eso que engordé veinte kilos. En mi anterior embarazo había engordado veintiocho.

–¿Esta persona delgada entonces no es fruto del esfuerzo?

–Jamás en mi vida hice dieta. Las únicas veces que me cuidé en las comidas fueron después de cada embarazo, porque como había engordado mucho me puse las pilas y cerré un poco el pico. Simplemente eso; a mí siempre me gustó comer y como mucho.

–¿Comida árabe?

–Mi familia es de ascendencia libanesa.

–¿Libanesa musulmana o católica?

–Mi papá es libanés musulmán, pero nunca nos inculcó la religión. De hecho, mi hermana mayor se casó por Iglesia, es recatólica, su marido es católico. Mi otra hermana está casada con un judío. Somos muy abiertos.

–Hablame de tu mamá.

–Estudió primaria y secundaria, pero ni sé si terminó la secundaria; ella no tuvo la suerte que tuvimos nosotros de poder haber ido a buenos colegios. Durante muchos años viajé a Europa con ella a buscar las colecciones, y siempre en esos viajes se daban las charlas sobre la infancia y de cuando uno era chico. Ella me contaba sus historias.

–¿La relación que tenés con ella es la más fuerte? ¿Más que con tu papá?

[Llora] –Ay, mirá, me emocioné. A mi papá lo adoro; es una mezcla de papá y abuelo. Me emociono por mi mamá. A mi papá lo amo, pero mi relación más fuerte es con mi mamá, porque es mi referente.

–¿Hay algo que te haga extrañar a la niñita de mamá?

–No, porque la tengo todo el día. Al contrario, le tengo que decir: bueno, chau, te corto. Pero desde que yo empecé a trabajar en Awada fueron muchos años de viajar con mi mamá, de estar juntas. Como soy la menor, soy la malcriada. Diría que soy la más pegada a todos. Me acuerdo de esos viajes con ella, en donde me contaba su infancia [llora de vuelta] y que había pensado en estudiar, pero no podía porque la mandaban a trabajar. Esas cosas son fuertes.

–Tu mamá viene de una familia de mayores carencias.

–Sí, por supuesto, porque el papá era inmigrante sirio. Cuando a veces veo la fuerza que tiene mi mamá, me digo: ¡qué admirable! Porque es una persona que no tuvo la suerte que tuvimos mis hermanos y yo. Siempre su mayor preocupación fue trabajar y trabajar para poder darles a todos sus hijos lo que ella no tuvo.

–¿Alguna vez tuviste la sensación de que escaseaba el dinero?

–No, jamás. Mi mamá y mi papá empezaron muy de abajo y cuando yo nací, ya trabajaban desde hacía veintipico de años. Teníamos una casa linda, gente que nos atendía, íbamos a buenos colegios, tenía 6 años cuando me llevaron a Disney. Era más parecido a como yo crío a mis hijos. Jamás faltó nada.

–¿Te analizás o te has analizado?

–Muy poco. Hace cuatro años, cuando empecé a darme cuenta de que estaba triste, que no estaba bien con mi anterior matrimonio, hice análisis dos años, hasta que me separé y después no fui más. Me hizo mucho bien en ese período, pero no siento que lo necesite.

–La imagen que se tiene de vos es la de una mujer muy educada, controlada y austera de gestos.

–Puede ser. Soy muy sensible. Todo me sensibiliza.

–Cuando empezó a hacerse pública tu relación con Mauricio, ¿pensaste en la imagen que ibas a dar?

–No, la verdad es que nunca pensé en eso. Yo me muestro tal cual soy. Y justamente eso es lo que le encantó a Mauricio de mí. Soy una persona que, así como me ves, soy. No es que especulo o tengo cosas armadas. Cuando empezó a invitarme a salir, me dije que ni loca. Me costó, al principio, imaginarme que podía llegar a estar con una persona que tiene tanta exposición pública, que se dedica a la política, porque me parecía que no tenía nada que ver conmigo. Pero cuando lo empecé a conocer, me di cuenta de que era completamente distinto.

–El venía de su matrimonio con Isabel Menditeguy, que se había convertido en un personaje muy fuerte hacia afuera.

–Y bueno, vos fijate que Mauricio se enamoró de mí y a los dos meses me pidió casamiento y quería tener un hijo. Todo el mundo dice que él está cambiado, que es otra persona. Esto tiene que ver con la edad en la que le tocó estar conmigo y con la madurez. El llega a mi casa alegre, con ganas de volver porque está Antonia, porque estoy yo, porque está mi otra hija, porque se respira aire de familia, de cariño. El está encantado y feliz, me lo dice todos los días. Y yo también con él.

–Vamos a hablar de modas. ¿Cómo son las argentinas? Hay una tendencia argentina a ser rubia, usar taco aguja, muchas lolas...

–Personalmente, cuanto más simple mejor. Yo soy lo contrario de ese look al que te referías vos. No me gusta la ropa apretujada, que te marca mucho todo. Priorizo siempre estar cómoda. Por supuesto que me gusta la ropa que tiene buena calidad, o buena caída o buenos géneros.

–¿Te interesa la opinión de las mujeres o la de los hombres para vestirte?

–Yo me visto para mí. Si le gusta al otro o no le gusta, no me importa. Y además, prefiero pecar de estar más abajo que más arriba. Me ha pasado de ir a lugares donde estaban todos muy vestidos. Hace poco tuvimos un cumpleaños. Era una fiesta y yo había llegado con jeans y una camisa. Me equivoqué, pero no me importa. Prefiero estar de menos que de más.

–¿Hay ropa que no tenés?

–No tengo ropa de colores muy estridentes. Si ahora abrís mi placard, vas a decir esta chica es un aburrimiento. Soy como es mi casa: monocromática. Me gusta mucho el blanco, los beiges, el camel, el gris, el negro, el azul marino; más bien, los colores neutros.

–¿Cuál es tu debilidad? ¿Los zapatos y las carteras?

–Sí, lo que más me gusta de la moda son los zapatos y las carteras.

–¿Cuántos tenés? ¿Lo sabés?

–No, porque reciclo todo el tiempo. No guardo nunca. Vivo regalando ropa. En primer lugar, no me gusta juntar mucho, y en segundo, hay tanta gente que realmente necesita...

–¿Hay una marca de afuera que te guste especialmente?

–Valentino me parece un genio, y me encanta Chanel.

–¿Y cuál comprás?

–Desde H&M hasta un diseñador. Yo soy muy variada: no me caso con ninguna marca ni me gusta tener todo de un mismo diseñador.

–¿De los argentinos quién te interesa?

–Es difícil enumerar, porque, como te decía antes, son muchos.

–¿Comprás ropa de diseñadores argentinos?

–A veces me regalan algo de otra marca y me lo pongo. No soy de salir acá a hacer shopping. Yo trabajo en esto, entonces la ropa me cansa. Me divierte mucho más meterme en una librería y comprarme un libro de arte que meterme a ver ropa. Pero de acá hay muchos diseñadores que me gustan. Por ejemplo, de la onda más joven, María Cher, Lupe, que creció mucho; Cora Groppo. Hay millones de diseñadoras que son muy talentosas.

–Para una gala, ¿usás vestidos de estas diseñadoras?

–Yo tengo muchos eventos. Desde ya no puedo, ni me interesa, comprarme para cada evento un vestido.

–¿Vos recibís un sueldo por tu trabajo en la empresa?

–No. He tenido la suerte de que mis padres me han ayudado.

–¿Sos una esposa que tiene que pedir el sueldo semanal?

–No, tengo cosas mías de antes. Tengo un departamento, acá a tres cuadras, que me compré cuando me separé de mi ex marido. Sí, tengo mi patrimonio. No tengo que pedir semanales. Gracias a Dios, no soy de depender de los hombres. Mauricio no me prohíbe nada porque él sabe que yo soy una persona ubicada. La verdad, no me divierte salir a gastar plata. Compro sólo cuando necesito.

–¿Tenés una Vuitton?

–Vieja. Y que no la uso. Tengo billetera o agenda, pero las carteras las tengo ahí guardadas desde hace quince, dieciocho años.

–¿Cocinás?

–Sí, me encanta. Una vez por semana, cuando vienen los hijos de Mauricio a comer a casa, cuando nos juntamos todos, me encanta ir a hacer las compras; voy al Barrio Chino, compro pescado o langostinos.

–¿La mirada de quién te importa? ¿La de tu mamá o ahora la de Mauricio?

–No soy alguien a quien le importe mucho la opinión del otro. No. Soy muy segura de mí misma. Por supuesto que cuando me equivoco me gusta que me lo digan, y me gusta reconocerlo. Pero no estoy todo el tiempo preguntando che, ¿qué opinás de lo que hice?

–¿Cómo es el ocio de esta pareja?

–Es estar en familia, disfrutando de Antonia, haciendo deporte, yendo a la quinta. El ocio es también leer un libro, escuchar música, mirar una película, ir al cine. Vamos una vez por semana, cuando podemos. Hacemos lo que hace cualquiera.

–¿Te gustaría que Mauricio fuera presidente?

[Tarda en contestar] –La verdad es que no pienso si Mauricio va a ser presidente o no.

–Bueno, él quiere...

–Si él quiere, yo lo acompañaré y lo apoyaré como en todo lo que él decida hacer. Soy su mujer, lo amo, y así como lo acompaño hoy, lo voy a acompañar el día de mañana. Si él decide dejar la política y ponerse a trabajar en lo que sea, lo voy a apoyar. Y si decide ser candidato a presidente, lo acompañaré.

–¿Te encontraste alguna vez con la Presidenta?

–Fue en la Casa Rosada, por lo del Bicentenario. Eramos muchos, en diferentes mesas, y se acercó a saludar.

–¿Sentís que te saludó especialmente?

–Saludó a todos en general. Era mucha gente, así que no se detuvo mucho en cada lugar.

–El hecho de que el papá de tu hija, Bruno Barbier, haya tenido una exposición pública, ¿te molestó?

–No, para nada. Me llevo excelentemente bien con él. Me pareció extraño, porque no es su perfil. Es una persona con rebajo perfil, y no le gusta la exposición pública. A lo mejor la tuvo forzosamente, pobre, porque al principio fue el ex de Juliana Awada, que después estuvo en pareja con una persona que tiene exposición pública [Viviana Canosa]. Pero creo que a él no le gusta ese tipo de exposición.

–¿Sos celosa?

–Normal.

–¿Cómo es normal?

–Soy celosa si veo que alguien me motiva a ser celosa, si me dan pie. Pero no soy de controlar ni de preguntar. Si estamos con mi marido en algún lugar y él alaba a alguien, jamás le diría ¡por qué dijiste eso! Al contrario. Los celos también son una cuestión de inseguridad. Y, como te dije antes, yo soy muy segura de mí misma.

ALGO MUY PERSONAL

–Comida preferida.

–Asado.

–Un perfume.

–Un Jardin sur le Nil, de Hermes. Es el que uso desde hace años.

–Un reloj.

–Rolex.

–Un libro de cabecera.

–Un libro que me encantó es El manantial, de Ayn Rand, que me lo recomendó Mauricio. Y otro que me gustó mucho es Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa.

–Una película.

–Los puentes de Madison.

–¿Un lugar soñado?

–Mi casa.

–¿Un viaje inolvidable?

–Uno que hice a Marruecos hace cuatro años, con mi mamá. Estaba en un momento difícil, separada. Y fue un viaje muy lindo, que me marcó.

–¿Creés en Dios?

–Sí, creo en Dios.

–Cuando estás angustiada, ¿rezás?

–Cuando estoy angustiada lloro y entonces al rato se me va la angustia.

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