Skrillex en Groove: con el mundo a sus pies

La nueva estrella del dubstep estadounidense se presentó en Palermo; crónica y fotos
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6 de abril de 2012  • 17:43

Una imagen vale por mil palabras. Antes de cerrar la primera de sus dos actuaciones en Buenos Aires, Skrillex había conseguido que toda la sala se agachara frente él. Aunque se trataba del último pasaje emotivo de la ya entonces bien entrada madrugada del jueves, en el que aupaba a la muchachada a brincar desde abajo con su éxito "Scary Monsters and Nice Sprites", la polaroid recreaba a la perfección el momento que atraviesa el enfant terrible de la electrónica estadounidense. Y es que el músico y productor de 24 años tiene hoy por hoy el mundo a sus pies tras elucubrar un universo de ruidos demenciales que han seducido a toda una novel prole de jóvenes. Este flautista de Hamelin versión 2.0 se convirtió en un verdadero ídolo generacional que invita a la insurrección versus la apatía burguesa y vanidosa de Katy Perry. De manera que lo que ofreció el otrora vocalista de la agrupación de post hardcore From First to Last estaba más cerca de una ceremonia religiosa, en la que oficiaba de avatar del baile, que de un mero espectáculo musical.

Aunque ninguno de sus EPs ha sido editado en el país, Skrillex acá también desata pasión de multitudes. Apenas se blanqueó su debut en la capital argentina, los organizadores del show anunciaron una segunda fecha debido a la expeditiva demanda de entradas. Casi al borde de la medianoche, la tribu sub 21 se había apostado en el palermitano club Groove para reservarse un lugar cerca del reciente granador de tres Grammy. Solo se lo privaron los que olvidaron el documento en casa. La previa la amenizaron la dupla Súper Guachin, insolente sensación mendocina de la cadencia digital (al punto de que formará parte de la inminente edición paulista del festival español Sónar), y el melenudo Bassnectar, otro referente del dubstep a-lo-yankee, que, a minutos de desenfundar su ametralladora de beats y reinvenciones de los clásicos de Beastie Boys, Blur y Nirvana, advirtió que desde hace mucho tiempo tenía conocimiento acerca de la pasión que le inyecta a los shows la audiencia local. Y que no dudó en poner a prueba.

Al tiempo que Dave Grohl y los suyos sobrevivían como podían a la tormenta que sobresaltó a la metrópolis porteña en su segunda fecha en el festival Quilmes Rock 2012, la avanzada de público que asistió a ver a Skrillex tachaba de anacrónico el heraldo del que fuera baterista de la agrupación que hizo de la fragancia del espíritu quinceañero un himno. ¡Qué paradoja! Eran chicas y chicos que renegaban de lo establecido, incluso de todo aquello que alguna vez sirvió de símbolo de rebeldía contra las imposiciones del sistema. Su reinterpretación de códigos urbanos más que sabidos ahora tomaban otra impronta: subían las manos al igual que en el hip hop con cada sonido retorcido, brincaban epilépticamente con las incursiones del drum and bass y se contorsionaban cuando el bpm bajaba a 140. Además de sacarse la duda sobre si la polvareda que levantó el artista que le confesó a esta revista que "no estaba acá para ser lindo" era justamente humo, la columna neohipsters criolla brindó un espectáculo adicional.

A partir de que ve entrar en escena hasta el embrollo de cables de computadores portátiles a ese semblante delgado de pelo largo negro, lentes de nerd y pinta de emo, esa audiencia establece una sintonía única con su arquetipo. Desde el vamos, Skrillex deja en claro que no vino a afanar con ese DJ set que suelen dar acá algunas las luminarias del dance, sino a presentarle a sus fans poco más de hora y media de repertorio propio elegido, cortado y remixado por él mismo. De eso se trata el live en la electrónica. Así como de entretener y de provocar emociones. El músico y deejay estadounidense conoce los secretos del marketing de hacer bailar. Pero tiene un trazo elegante, a pesar de su mocedad, que marca las distinciones entre la obviedad de David Guetta y la sorpresa constante sin pecar de exquisito. Con el arengue, un efectivo manejo de contrastes y estilos sonoros (del dubstep al reggae, del reggae al drum and bass y del drum and bass al dubstep o viceversa) y una puesta sencilla (con gato Nyan inclusive), queda en el tapete lo más importante: el baile.

Lo que más incomoda a los propios inventores del dubstep, los ingleses, es quizá que su lectura del género no desató la euforia ni la identificación ni la entropía que logró Skrillex. La otra cara de la moneda de la más reciente superestrella de la electrónica, que este año pondrá a la venta su primer larga duración, Voltage, es James Blake, quien precisamente estará también estrenándose en Buenos Aires el 6 de mayo. Si bien apuntan hacia el mismo lugar, el de construir discursos generacionales sobre la base de una expresión musical igual de contemporánea, lo que los separa es el estereotipo, la imagen de protectores de la desfachatez o del rupturismo. Por eso Sonny Moore, el nombre detrás del álter ego, el hacedor de "Lick It Down", "Jump Back", "Rock N’ Roll", "Bangarang" y "Summit", provoca pogo, frenesí y placer. Eso mismo fue lo que le causó a Deadmau5, el productor y DJ canadiense que tuvo el tino de reclutarlo para su sello, que envió a una hermosa ratoncita de emisaria a ver qué tal todo acá. No te preocupes: los chicos están bien.

Por Yumber Vera Rojas

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