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En busca de mi hogar

Un padre que luchó tres años para recuperar a sus cinco hijos. Una mujer que hasta la mayoría de edad vivió en siete instituciones diferentes. Una nena que cambió los días grises en la ex Casa Cuna de La Plata por el calor de una familia. Y un caso emblemático: el de Claudia y sus hermanos, la primera experiencia de acogimiento familiar. Historias de chicos institucionalizados, con final feliz
Fabiana Scherer
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8 de abril de 2012  

ARIEL JIMENEZ

"Todo por mis hijos"

"Jamás pensé en dejarlos. Los quería conmigo", confiesa Ariel Jiménez (39 años) después de tres años de lucha para volver a tener a sus hijos con él. Fue en 2008 cuando su mujer los abandonó y él debió hacerse cargo de Emanuel (que entonces tenía 12), Cristian (10), Jonathan (8), María Belén (7) y Agustina (3). No fue fácil. Al poco tiempo perdió la casilla en la que vivían en José C. Paz. "Y me vine a la Capital –cuenta–. Fui a ver a mi hermana Victoria, pero no todos podíamos vivir con ella. Así que nos quedamos en la plaza Dorrego (Dorrego y Corrientes)".

–¿Pediste ayuda?

–Sí, llamé al 108 [la línea gratuita de atención a personas en situación de calle y emergencia social de la ciudad de Buenos Aires]. Me prometieron que iban a pasar. Después llamé al 102 [la línea de los chicos, para consultas y denuncias vinculadas a la vulneración de derechos de niñas, niños y adolescentes]. Estuve llamando hasta la medianoche. Pasamos la noche ahí y menos mal que esto fue en enero, porque aparecieron a las siete de la mañana con una combi y nos llevaron directo a la Dirección General de Niñez y Adolescencia. Ahí me dijeron que me quedara tranquilo, que a los chicos los iban a mandar a un hogar (por disposición del Consejo de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de la CABA), que no los iban a separar, que los cinco iban a estar juntos. Yo no entendía bien lo que me decían. Había llamado para que me ayudaran no para que me los sacaran.

–¿Qué pasó entonces?

–A ellos los mandaron al hogar Nuestra Señora del Valle (Donato Alvarez 538) y a mí me dijeron que podía dormir en el parador que estaba cerca de la cancha de Huracán. Les dije que no, que no pensaba ir ahí. Que quería estar con mis hijos. Pero no hubo caso. No había manera de que estuviésemos juntos.

Para los Jiménez la separación fue brutal. En sólo unas horas fueron alejados de su padre y llevados al hogar. No entendían bien lo que ocurría. "Iba todos los fines de semana a verlos –aclara–. No hubo viernes que no fuera a buscarlos. En la semana los llamaba siempre por teléfono."

En vez de ejecutar otras políticas públicas, como la provisión de una vivienda, y dar protección integral según establece la ley 26.061 (brindar ayuda y apoyo, incluso económico, para mantener y fortalecer los vínculos familiares), el Consejo optó por la separación y la institucionalización de los Jiménez.

"Con mi hermana fuimos a hablar y pedimos como alternativa un lugar en esos hogares donde reciben a madres con sus hijos."

–¿Cuál fue la respuesta?

–Que yo no era la madre, que mi caso era diferente, que no era común ver a un papá en situaciones como éstas. Una mujer me dijo que era el primer caso que veía. No hay lugares pensados para que se queden papás con hijos. Ahora entiendo cuando las mujeres hablan sobre discriminación.

El tiempo pasaba y la lucha de Ariel Jiménez continuaba, decidido a no bajar los brazos. Dice que nunca se olvidó de ellos ni dejó de verlos ni pensó están mejor ahí que conmigo.

–Cuándo ibas a buscarlos, ¿qué te decían?

–Todo el tiempo me preguntaban: ¿Cuándo nos vas a sacar de acá? Queremos estar con vos, ¿por qué no nos llevás a tu casa?

–¿Por qué no vivían con vos?

–Había alquilado una habitación, no era un lugar para vivir, era algo transitorio. Les expliqué esto.

–¿No tenías dinero para alquilar algo más grande?

–No es fácil alquilar algo. Te piden garantías, un depósito, un trabajo en blanco, papeles y yo no tenía eso. Lo mío eran changuitas, laburos momentáneos y en negro [actualmente, Jiménez tiene un trabajo en blanco, como personal de seguridad en una institución pública]. La verdad es que nadie quiere alquilarle a un hombre solo con cinco hijos. Mis hijos hoy tienen obra social y cierta estabilidad económica. Vivo con tranquilidad.

Por reformas, el hogar Nuestra Señora del Valle cerró y los chicos debieron ser trasladados al Hogar Misericordia (Alberti entre Inclán y Garay). "Trataba de informarme, lo único que quería era recuperar a mis hijos." Sin perder la fe, recibió la ayuda de la misma gente del hogar, que le dio pautas sobre cómo seguir. "También me ayudaron económicamente, muchas veces me dieron plata y comida para que los chicos pudieran estar conmigo, porque había temporadas en las que me quedaba sin trabajo."

Golpeando puertas dio con la Asesoría General Tutelar, que depende del Poder Judicial de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que prometió revisar el caso. Descubrieron que ya había pasado más de un año y medio y que la situación de los Jiménez seguía siendo la misma. Los informes del caso dejaban en claro que el problema era netamente económico y que la presencia del padre era de permanencia constante. Los chicos habían sido depositados y en ningún momento se había indagado el problema.

Así, se tomó la decisión de ayudar a los Jiménez para demostrar que nuevamente se estaba trabajando en contra de lo que dicta la ley 26.061, que dice que "la pobreza no puede ser causa de separación". El gobierno de la ciudad de Buenos Aires desembolsó a favor de la organización convenida la suma de aproximadamente 7.500 pesos mensuales por el alojamiento de los cinco hermanos [ver nota de tapa II: Números de una triste realidad].

"Comenzamos a hacer varias acciones y con la ayuda de la Asesoría realicé el trámite para una vivienda en el Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC) –dice Jiménez, sentado en el living de la casa que desde fines de 2011 le pertenece–. Después de tantas idas y venidas lo conseguí."

El IVC ofrece créditos de importes menores que permiten acceder a una vivienda en determinadas zonas. Se trata de un crédito a 30 años a pagar en cuotas de muy bajo importe. "Los chicos son felices", asegura. Una prueba está en el cartel que pegado en la pared deja leer "Papá TKM" (te quiero mucho).

Casi tres años pasaron institucionalizados los hermanos Jiménez, desde enero de 2008 hasta diciembre de 2010. Fue una separación que pudo evitarse. "La casa llegó justo a tiempo –reconoce el padre–, porque Emanuel estaba a punto de cumplir los 14 y entonces tenía que ser trasladado a un hogar para chicos más grandes. Iban a separarlos". Ahora los seis están contentos. Tienen su casa cerca del hospital Piñeyro. Los chicos viven con su papá, van a la escuela todos los días y juegan con Dokii, un simpático perro de un año. El mayor de los hermanos ya está en segundo año del secundario; el resto, cursa la primaria.

"Apenas me dieron la llave fui a buscarlos –se emociona y junta sus manos como si se tratase de un simbólico abrazo–. Lo llamé a Emanuel y le dije: Prepará todo que voy por ustedes. Ese día fue una fiesta. A cada rato entraban y salían, se sentían libres. Lo que no voy a olvidar nunca fue el miedo que tenía Belén [ahora, de 10 años]."

–¿Miedo a qué?

–A que la adoptaran, como hicieron con otros chicos que estaban en el hogar. Yo le explicaba todo el tiempo que no la iban a dar, porque ella tiene quién la cuide, quién se preocupe por ella. Mis hijos tienen a su papá.

ANA MARIA DUBANIEWICZ

"El estado se apropió de mí
"

"Seis meses tenía cuando ingresé a la Casa Cuna", recuerda Ana María Dubaniewicz y de una caja repleta de papeles y fotos extrae un certificado donde está estampado a negro la huella de uno de sus piecitos. Depositado por la madre el día 24 de septiembre de 1954, dice la leyenda que acompaña a la impresión plantar.

"Mamá tenía que trabajar, así que a mi hermana [un año y medio mayor] la dejaba en lo de una tía. Al principio, a mí me llevaba a las casas en las que trabajaba, pero después le resultó imposible. Papá iba y venía. Desaparecía un tiempo y luego volvía. Cuando él se iba, mamá tomaba decisiones desesperadas."

Mamá duerme conmigo, ayuda a la limpieza de la sala de internaciones y de los baños. Después va a visitar a mi hermana (Graciela) a lo de la tía… Al final mamá se cansó de estar en el hospital, de la tía, de los primos y de mí. Necesita trabajar y alquilar una pensión. Yo voy a ser cuidada por un ama de leche, esas que miman y alimentan a los chicos sin mamá… Escribe Dubaniewicz en uno de los capítulos de La Virgen de piedra, libro autobiográfico en el que cuenta cómo sufrió en carne propia "la privación de su libertad". Hasta los 18 años, peregrinó entre la Casa Cuna y siete diferentes instituciones públicas y privadas. "Crecí lejos de casa, desmembrada de mi familia, discriminada por ser pobre", asegura la mujer que hoy es psicóloga y titular del Centro de Estudios para la Erradicación de la Internación Asistencial de Menores y autora de tres libros que echan luz sobre esta problemática. "Mi mamá recurrió a Minoridad para pedir ayuda. La respuesta estatal fue la de abonarle un subsidio a un ama externa para que me llevara a su hogar."

Liberaron a su madre de la responsabilidad cuidarla. De eso está segura Ana María. "El Estado se apropió de mí, usurpó el lugar de mi familia, le pagó a una señora para que me llevara consigo, me alimentara y me cuidara. Estuve un año y medio en los brazos de una mujer desconocida."

Wenceslao Dubaniewicz, un arquitecto polaco que combatió en la Segunda Guerra Mundial, padre de Ana María, solía aparecer y, cuando lo hacía, la familia volvía a unirse. "Cada vez que regresaba, era una luna de miel para mamá." De esos encuentros nació su hermano menor, Jorgito. "Eramos felices, pero papá se fue otra vez."

Mamá no tiene plata. En su desesperación le escribió al padre Angel solicitándole ayuda. El envió a una señora a buscarnos para llevarnos a un hogar infantil. Era una casa grande en Villa Urquiza. Vemos poco a mamá.

"Mi historia con mi familia se arma de momentos. El resto son recuerdos, dolorosos por cierto, de esos sitios grises, donde uno dejaba de existir, donde pasabas a ser sólo un número, una más del montón. No existe el yo. Pertenecés al asilo de turno, a las rejas."

Mamá consiguió un colegio en Mar del Plata (Asilo Unzué) para nosotras y uno en Capital para mi hermanito. El va a estar cerca de mamá. Nosotras no. Mamá promete visitarnos cada quince días. A mi hermana y a mí nos separan. Nos dicen que podemos compartir los recreos. Fuimos repartidas, nadie nos escucha.

"Es verdad que hubo cierto abandono por parte de mi madre –reconoce–, quizá lo hizo por necesidad, también por desconocimiento. De alguna manera ella se aseguraba por consejo que nosotras tuviéramos una educación. La escolarización era importante. Y de alguna manera sentía que estaba presente. Los padres suelen creer que es así, es una mentira que se dicen a sí mismos. Las visitas comienzan a espaciarse, porque no soportan el dolor de dejar a sus hijos. Y el chico internado llora y empieza a dudar, a sentirse abandonado, su seguridad interna se desmorona. Ellos dejan de pedir y comienzan a adoptar defensas contra el dolor. Llega un momento que padres e hijos no pueden mirarse a los ojos. La mirada comienza a ser esquiva."

Hace dos meses que mamá no aparece; tampoco escribe. ¿Se habrá olvidado de nosotras? ¿Volverá? ¿Esperaremos años como la mayoría para recibir alguna carta o una visita. Mamá nos deja tan solas… Todos nos dejan tan solitas.

"El chico que más solo se siente es el más maltratado, el más abusado, el más rechazado. Estar solo se transforma en un estigma –asegura la psicóloga–. En todos los lugares donde estuve internada fui maltratada psíquicamente y físicamente. Si los chicos en el colegio se discriminan entre sí, imagínate en un lugar que saben que no lo van a visitar. No hay quienes los escuchen por lo que los abusos son mayores. El chico que se crió en un instituto poco a poco pierde sus vínculos y es muy difícil que los recupere durante las vacaciones de invierno o de verano. La relación comienza a ser muy dual, todo el tiempo te estás preguntando: ¿Me quiere o no me quiere?; ¿me va a abandonar o no? Uno comienza a tener una imagen distorsionada de la realidad."

Hasta el silencio me lastima. Por las noches pienso en mi futuro: moriré de soledad estrellada sobre las piedras grises del patio...

"Hubo un tiempo en el que me excluía de todo, el miedo que siempre tuve de que no me quisieran se volvió pánico, por eso me encerré durante un tiempo en mí misma. Llegué a no hablar, a no querer comunicarme con el mundo. Por suerte pude ver que la vida tenía otras opciones. En cambio, mi hermana no pudo salir. Terminó varias veces internada por depresión, por haber vivido aquellas experiencias traumáticas. Murió por un cáncer en la garganta, por todo lo que no pudo decir, por la pena, el dolor, la impotencia, la soledad. Ella calló. Mi hermano y yo pudimos rearmar nuestras vidas. Me casé, tengo dos hijos. Tengo una familia."

–¿Habló con su madre acerca de su infancia?

[Silencio profundo] –Mi mamá no quiso ver, no quiso revisar el pasado. No fue fácil para ella, estuvo sola para un montón de cosas. Murió con la dualidad de no saber hasta qué punto hizo bien o hizo mal.

MARIA VIOLINDA FRANCO

"Te quieren aunque te portes mal"

"Todo lo que soñé lo tengo. Lo tengo todo. Tengo una familia." La frase no está sacada de contexto ni pertenece a un drama de Hollywood. Es la voz de María Violinda Franco, una adolescente que agradece haber sido adoptada.

Su historia era como la de tantos bebes que crecen en las habitaciones de la Casa Cuna de La Plata. Ingresó con apenas unos meses y salió por la puerta principal para no volver a los 4 años. "Por suerte, conseguimos adoptarla antes de que pasara a un instituto de menores", aclara María Soledad Franco, su hermana.

Por recomendación de una amiga, María Soledad se inscribió en la Casa Cuna como voluntaria. "Desde chica, en casa, siempre tuvimos contacto con la realidad", reconoce la mujer que creció como hija única en el seno de una familia de clase media, en La Plata. "La niñez en riesgo siempre me movilizó –reconoce–. Conocí a Violinda en la Casa Cuna y como a tantos otros chicos, la sacaba los fines de semana y la llevaba a casa."

Pronto la nena se transformó en parte de la familia. "Y se hizo querer", dice Dora Beatriz, la madre de ambas. "Nosotros no teníamos pensado adoptar –agrega Raúl Horacio, el papá–, pero no tuvimos dudas cuando supimos que se había declarado la adoptabilidad de la gorda y que los trabajos con la familia de origen habían fracasado. La verdad es que no queríamos que terminara en un instituto. Ya era parte de nuestras vidas."

Que los Franco hayan podido adoptar a Violinda sin sufrir ese largo proceso al que están sometidos miles de adultos que quieren ser padres se debió a la decisión del juez de turno, un hombre comprensivo y sensible, lo definen. "Tomó en cuenta que por más de dos años la nena estuvo viniendo a casa, que se relacionó con nosotros", subraya el papá. A lo que María Soledad agrega: "Y tomó en cuenta la voz de ella, habló con Violinda y le dio valor a su opinión."

Daños sin retorno. María Soledad bien sabe, por su colaboración en la Casa Cuna y otras instituciones y fundaciones que trabajan con niños en esta situación, que la mayoría de los chicos están expuestos a maltratos físicos y psíquicos. "La falta de cariño, de abrazos, de contención, de un lugar que los identifique, de un espacio propio, los quiebra –describe–. Los continuos desprendimientos a los que son sometidos repercuten en la salud física y mental del chico. Estos desapegos permanentes se relacionan con la sensación de abandono a la que son sometidos. No es casual que Violinda padezca un retraso madurativo de cuatro años, los mismos que permaneció en la institución."

Toda adaptación tiene sus complicaciones, la de María Violinda no fue la excepción. "Le costó darse cuenta de que no iba a volver a la Casa Cuna –recuerda la mamá–. Cuando llegaba el domingo por la noche se angustiaba muchísimo, a pesar de que le explicábamos que éste era su cuarto, que ésta era su casa. Le repetíamos que ya no iba a volver." El primer tiempo compartió el cuarto con María Soledad. "La volví loca –dice entre risas Violinda–. ¿No? ¿Te volví loca, no?", pregunta bien pícara y María asiente con la cabeza. "De ser hija única, pasé a ser hermana y para colmo, hermana mayor."

Hoy Violinda tiene 19 años, vive con sus padres y va a una escuela especial. Le fascina la computación y hace cursos para meterse en este mundo. Se la ve feliz, curiosa, inquieta. "¿Familia? ¿Qué significa para mí?", repite Violinda la pregunta. Se toma su tiempo. Se acerca al grabador y dice, pausado: "Es un lugar donde te quieren mucho. Un lugar donde te cuidan, aunque te portes mal."

FUNDACION EMMANUEL

Sin perder la identidad

"Todos los chicos tienen derecho de crecer en familia", de eso estaba segura María Elvira Dezeo de Nicora (recientemente fallecida), psicopedagoga y corazón de la Fundación Emmanuel, entidad con la que instauró en la Argentina el acogimiento familiar y con la que impulsó programas preventivos para que las familias en riesgo restituyan sus vínculos. Junto con su marido, Luis María Nicora, pudo concretar la idea de compartir su vida con chicos que por diferentes circunstancias no podían vivir con sus familias de origen. Ambos estaban al tanto de estas experiencias en otros países. "Cuando decidimos poner en marcha esta práctica lo hablamos con nuestros hijos (cuatro de la panza) –recuerda Luis–, lo discutimos y entre todos decidimos que era hora. Hay cosas que se transmiten desde el sentimiento, más que desde el intelecto. En casa siempre estuvo presente el deseo de compartir."

La historia de siete hermanos que vivían separados –en institutos de menores, otros cuidados por un ama externa y algunos instalados en una villa de emergencia– llegó a oídos de María Elvira. Sin dudarlo, dijo sí y tras conseguir el apoyo del juzgado y el consentimiento del padre de los chicos (dos de ellos discapacitados), llegaron a casa de los Nicora, en Colonia Urquiza, provincia de Buenos Aires. Esto fue el 1º de marzo de 1988 y se transformó en la primera experiencia de acogimiento familiar en la Argentina. Allí se reconocieron como familia. Mario, el más chico, llegó prácticamente desnutrido. "Se nos presentó una realidad muy fuerte: dos de ellos tenían alto riesgo de muerte y por eso ninguna entidad del Estado quiso hacerse cargo", recuerdan.

"En casa no había qué comer –reconoce Claudia, una de las hermanas –, dicen que por eso nos tuvieron que separar. De esto me enteré ya de más grande. Yo zafé porque comía en el instituto, pero mis otros hermanos no; pasaron hambre y soportaron los golpes de mi papá, que entonces era alcohólico."

Poco a poco los siete hermanos comenzaron a acercarse a la familia de origen. "Una vez por mes papá nos venía a visitar y nosotros íbamos a ver a mamá Antonia (con discapacidad mental)", recuerda Claudia, hoy madre de una niña y de un niño, a los que ama profundamente. "Lo que intentamos todo el tiempo es que esos lazos se mantuvieran, bajo nuestra atenta mirada– asegura Luis–. No somos una familia sustituta sino complementaria. No buscamos hacer un corte con los padres, ya que respetamos las historias de los chicos, sus propias identidades. La premisa de la fundación es la de apoyar a una familia cuando tiene problemas para criar y mantener a sus hijos."

En estos 25 años, la fundación acompañó a más de 750 familias para que puedan redescubrir sus capacidades y ser protagonistas de su propia transformación. "Analizamos las posibilidades de cada caso, no las carencias –explica Luis– y de esa manera potenciamos los recursos familiares y sociales."

El papá de los chicos falleció. Hoy, Claudia y sus hermanos mantienen el lazo con su madre de origen.

"Siempre tuve en claro que me crié con dos mamás, Elvira y Antonia –reafirma Claudia–. Agradezco poder saber quién soy, de dónde provengo, quiénes son mis padres de sangre y reconocer a los que me criaron de corazón. Saber quién soy me ayuda a reconocerme y a mostrarme frente a mis hijos."

DERECHO A UNA FAMILIA

"Se necesita una ley de adopción que proteja a los menores", aseguró la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en su discurso de apertura de sesiones ordinarias del Congreso Nacional en 2011 y reafirmó su postura un año después al destacar: "La adopción es una de mis promesas. Buscamos proteger a la familia y a los menores". La reforma de la ley de adopción, sancionada en 1997, es una asignatura pendiente ya que la norma vigente no encuadra en el marco de la ley 26.061 de protección integral de la infancia. "En la actualidad se piensa en resolver la demanda de los adoptantes sin que se tengan en cuenta los lazos del niño con su familia de origen y su entorno –explica Laura Musa, asesora tutelar del Ministerio Público de la Ciudad–. Hoy no se respeta el derecho a la identidad y sólo se piensa de qué manera se puede agilizar el trámite de la adopción. Debemos privilegiar el interés de los niños por sobre el de los adoptantes."

Todo chico tiene derecho a tener una familia, especialmente la suya. Este es uno de los motores de quienes trabajan con la ley 26.061 bajo el brazo. Gimol Pinto, especialista en Protección de Unicef, cree que el extenso e intenso relevamiento que en estos días presentará el Ministerio de Desarrollo Social (ver nota de tapa II) permitirá tener un panorama mucho más claro de los chicos que pueden ser adoptados y de los que deben ser revinculados con sus familias de origen. "La mayoría de los menores que están al cuidado institucional trabajan en la revinculación familiar –asegura Gimol Pinto– y los que están en situación de adoptabilidad no siempre encuentran candidatos."

"En la fantasía popular se cree que todo niño institucionalizado puede ser adoptado –agrega de manera contundente Musa–. El imaginario social argentino tiene incorporada a la adopción como una forma de paliar situaciones de pobreza."

Que casi la mitad de las sedes de las instituciones convenidas por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires (44 sobre un total de 94) se ubiquen en la provincia de Buenos Aires pone de manifiesto la desventaja de los niños, las niñas y los adolescentes para acceder a su centro de vida, a sus familiares. "Esta situación opera como obstáculo para garantizar acciones de revinculación familiar y rearmado de lazos sociales –enfatiza Ernesto Blanck, representante de la Secretaría General de Política Institucional de la Asesoría General Tutelar–, y de esta manera queda minimizada a la disposición de visitas, además de no respetarse el centro de vida del menor. Si un chico es de Soldati no puede ser derivado a un hogar en Pilar, donde claramente se va a entorpecer el vínculo con su familia y en muchos casos culmina con su adoptabilidad por la supuesta falta de interés de sus familiares."

HERRAMIENTAS PARA SALIR A LA CALLE

"¿De quiénes son estos pibes?", pregunta Mariana Incarnato, directora ejecutiva de la asociación Doncel, organismo que trabaja para mejorar los procesos de transición de jóvenes que viven en instituciones hacia la vida adulta y la autonomía.

"Los institutos no se ocupan de la inclusión social. Los chicos allí reciben una escolaridad y tienen las vacunas más o menos al día, pero sólo eso", advierte Verónica Canale, Secretaria de la Procuración General del Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires a cargo del Sistema de Sostén, servicio que ya ayudó a casi 3000 adolescentes desinstitucionalizados a asumir la responsabilidad de una vida independiente en la sociedad. El sistema, que funciona desde 1989 brinda recursos económicos y becas para capacitación. "No hacemos asistencialismo, acompañamos a estos adolescentes que no tienen en quién y dónde apoyarse –remarca la directora del Sistema Sostén–. Son chicos y chicas que deben hacer frente al mundo."

Sobre esta misma idea, Incarnato profundiza: "A los 18 años, ya están obligados a tener un trabajo, una vivienda, a sustentarse, a tener resuelta su vida cotidiana –resume–, lo que acelera el camino hacia la adultez. Un camino que ya viene con un extra, como la estigmatización que se padece al salir de un hogar. Muchos egresan en condiciones de vulnerabilidad. No existe una política nacional de acompañamiento cuando deben dejar el hogar, es como si dijéramos hasta acá te cuidamos."

Consejos en primera persona

"Simplemente soy un alma vagabunda por la ciudad, estudiando lo que le gusta, trabajando donde puede y superándose con un cursito. La vida es un camino de baldosas amarillas que se debe transitar y aprendo mientras puedo recorrerlo. Algunas herramientas que aquí aparecen te las brinda este humilde individuo, utilizalas para vos y tu camino", así se presenta Javier Darío Lorenzenni (20) en la página Guía E(greso), el portal realizado por jóvenes que salieron de instituciones, que ofrece consejos para lanzarse a la calle.

"Uno tiene que conseguir lo que quiere. Eso lo aprendí en el hogar. No te podes quedar cruzado de brazos. No podés vivir del asistencialismo." A los 16 años, Javier decidió dejar su casa. "La situación era insoportable, violenta. Me fui. Terminé en una defensoría y de allí me derivaron a un hogar. No es tan tremendo como muchos piensan, soy un agradecido, de otra manera terminaba en la calle."

Hoy Javier comparte un departamento con un amigo que conoció en el hogar y al que considera un hermano. Trabaja como cadete y cursa el segundo cuatrimestre de Enfermería. "Quién te dice que el día de mañana haga Medicina."

En internet. www.doncel.org.ar // www.guiaegreso.com.ar

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