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Armando Bo: el nieto del crack

A los 33 años, con el nombre y apellido de su abuelo a cuestas, productora propia y más de 120 publicidades filmadas, el hijo de Víctor abrirá el Bafici con la ópera prima que pone su sello en el árbol cinematográfico familiar
Luis Güerri
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8 de abril de 2012  

La arbitrariedad del lenguaje precipita, a veces, curiosidades. Cuando Armando Bo tuvo que enfrentar por primera vez una tribuna frenética y cumplir con la responsabilidad de hacerla aplaudir hasta la explosión, todavía no había hecho nada meritorio –"digno de premio o galardón"– en la industria del entretenimiento. Tenía 18 recién cumplidos, y aún experimentaba la resaca de la agitación controlada del Chester, un secundario privado del barrio porteño de Belgrano.

Hasta que ingresó al equipo de producción de Teleganas, un olvidable programa de juegos que animaron Andrés Percivale y Gisela Barreto por ATC en 1997, Armando apenas había aportado su sonrisa perfecta y sus voluntariosas actuaciones en un puñado de comerciales y en Ya no hay hombres, una película de Alberto Fischerman, producida por su padre Víctor, que para ese 1991 ya había colgado el traje del superagente Delfín.

La energía para arrancar aplausos de ficción sorprendía a sus compañeros de ATC, pero no a Armando, que empezaba a tomar dimensión de los buenos dineros que había podido ganar gracias a sus participaciones adolescentes en la tanda, exentas del esfuerzo que se vendría cuando un amigo de su padre le confirmó que, en simultáneo con su trabajo en Teleganas, podía iniciar su etapa como meritorio –"persona que trabaja sin sueldo y sólo por hacer méritos para entrar en una plaza remunerada"– en La Brea, una exitosa productora de cine publicitario del momento, creada por el director Luis Pucho Mentasti, que no sabía que estaba educando a un futuro competidor.

El diccionario se le presentaba de bruces a Armandito, que llegó a pintar varios metros de una ruta para que una toma entregue su mejor imagen. Una de las tantas hazañas que fusionó los deberes del chepibe con el descubrimiento de una vocación que daba sus primeros pasos, quince años antes del estreno de su ópera prima, El último Elvis (ver recuadro), que oficialmente lo consolida en el mismo camino que recorrieron su abuelo homónimo, actor, productor y realizador clave del cine argentino, y su padre, de amplia trayectoria tanto delante como detrás de las cámaras.

"Fue como empezar a vivir otra vida", admite Armando a LNR, un rato después de abrir las puertas de su caserón reciclado de zona norte. Metro noventa y pocos –digno "hijo de Delfín"–, rulos pequeños y macizos, rasgos redondos endurecidos por tres o cuatro días sin afeitar, Bo invita al calor del jardín: cerámico, pasto y finalmente pileta. Chomba rayada, jeans chupines y zapatillas, el director viene de chequear algunas tomas de un comercial de un desodorante y ya piensa en volver a Núñez, donde está Rebolución, la productora que fundó en 2005 junto con Patricio Alvarez Casado y que lo posicionó como uno de los mejores realizadores de Iberoamérica, unos 120 spots y cerca de 50 premios después.

–¿Cómo se expresaba la herencia Bo hasta la época de Teleganas?

–Obviamente, había ido a filmaciones y había actuado con muy poco talento en alguna que otra cosa que había producido mi viejo. También en un par de comerciales.

–¿En qué películas podemos ver tu escaso talento para actuar?

–Estuve en Ya no hay hombres, con Georgina Barbarossa y Giuliano Gemma; tenía 12 o 13 años. Supongo que me ponían a mí para ahorrarse de pagar un actor.

–Y después llegó tu ingreso formal al mundo de la publicidad.

–Sí. Entré en la productora La Brea en un momento en el que se filmaban muchos comerciales, con equipos de gente no tan grandes como los que se usan ahora. Yo era el único meritorio, así que quizá estábamos hasta 30 horas seguidas filmando, era una masacre. Llegabas a las 6 de la mañana y terminabas a las 9 del día siguiente, entregando el material en el laboratorio. Pasé por todos los rubros, desde meritorio a locaciones, producción, y después como asistente de dirección. Lo hice rápido pero fue bastante intenso.

No mucho tiempo transcurrió hasta que Armando decidiera seguir la tradición familiar. Los ahorros de tres años en el área de producción de La Brea ya tenían destino: una cámara y una escuela de cine de Nueva York. Fueron cuatro meses intensivos, un entrenamiento que se corporizó en tres o cuatro cortometrajes y muchas horas sentado equivocándose frente a una Moviola [marca de la primera máquina utilizada para editar material fílmico].

–¿Qué fuiste a buscar?

–Quería evolucionar, que es lo que sigo queriendo hacer. Y eso fue acertado, porque nunca cambié tanto de rumbo. Alguien quizá me ve a los 33 años y me dice: "Uy, se te dio todo de golpe". No, hace 15 que estoy en lo mismo.

–No son muchos los directores de cine publicitario que logran hacer una película.

–Es que es muy diferente. Después de Biutiful (largometraje de Alejandro González Iñárritu en cuyo guión colaboraron Bo y su primo Nicolás Giacobone) y El último Elvis, puedo decir que son dos mundos bien distintos. Es pasar de usar acero para hacer un auto a utilizar ese mismo material pero para hacer una casa. Al mismo tiempo, creo que no todos los directores de cine pueden hacer buena publicidad. Si mirás hacia afuera, hay un montón de directores de cine publicitario que dieron el paso. Spike Jonze, Michel Gondry, Alan Parker, Ridley Scott, David Fincher. Y más.

–Pero pocos ejemplos argentinos: Luis Puenzo, Carlos Sorín, Esteban Sapir, Juan Taratuto. Ahora vos.

–Acá quizá no haya una industria que pueda fomentar esa transición. También es cierto que el trabajo visual al que se suele apostar cuando uno viene de la publicidad, te hace gastar guita. Y eso también suele ser una barrera que se pone el propio director, que hace un trabajo visual tan fino que no es capaz de dejar cosas de lado a favor de la historia. En un largometraje hay que saber resignar todo el tiempo. En ese balance está la clave para ver quién puede y quién no dar ese paso.

–¿Qué implicó filmar tu ópera prima a los treinta y pocos?

–El cine es muy duro físicamente. Preproducir, filmar 45 días seguidos. Por eso está bueno que una ópera prima te llegue temprano, con la energía indicada.

–¿En otros ámbitos de la vida, revisás si lo que estás viviendo está bien para la edad que tenés?

–Soy de planificar y, al mismo tiempo, las cosas pasan porque tienen que pasar.

–Te lo pregunto porque el tema de la edad es un disparador muy importante en El último Elvis. ¿Te ha pasado comparar tu edad y las etapas que vas pasando con las vivencias de tu papá o tu abuelo?

–Creo que no y, ahora que lo decís, puedo pensarlo. Inconscientemente uno lo tiene.

–Miraba el listado de películas que hizo tu abuelo y la primera que filmó, Sin familia, fue a los 40 años.

–No sabía. Pero él tuvo una trayectoria muy importante como actor y productor y, además, le dedicó mucho tiempo al deporte. En cambio yo me metí a laburar muy joven. Hasta los 25, él era deportista. Supongo que después vio que eso se terminaba y pensó en otra actividad. Se guiaba mucho por su instinto, no era un tipo muy planificador.

–Vos sí.

–Soy más estratégico, sí. Soy tercera generación de cineastas, así que debería haber una evolución (sonríe).

Armando cuenta que una de las paredes de Rebolución reconstruye una suerte de árbol genealógico cinematográfico de la familia a partir de algunos afiches: Pelota de trapo, primer gran éxito de su abuelo, como actor, de 1948; Volver a la vida, de Estudios San Miguel, cuyo dueño era Silvestre Machinandearena, bisabuelo de Armando, en 1951; Fiebre, dirigida por Bo, quien la coprotagonizó con Isabel Sarli, en 1972; La gran aventura, protagónico de su padre, Víctor, en 1974; Biutiful en 2010 y, lógicamente, El último Elvis. "Falta una de los Superagentes, para completar", reconoce Armando, que no había cumplido dos años cuando, por última vez, su abuelo aparecía como director en los créditos de un largometraje, Una viuda descocada, de 1980, un año antes de su fallecimiento.

–¿Qué te pasaba con tu abuelo y tu viejo famosos cuando eras pibe? ¿Eras de los que renegaban o de los que aprovechaban el vínculo?

–Simplemente, lo viví. Era lo que era, no tenía otra opción. No renegaba ni tampoco lo sufrí, y eso que mis viejos me pusieron el mismo nombre que mi abuelo.

-¿A tu hijo cómo le pusiste?

–Amador. Hay una búsqueda un poco más profunda. Nunca viví muy intensamente eso de ser "nieto de" o "hijo de".

–¿Cuándo empezaste a ver cine?

–En mi casa se hablaba mucho de cine, pero yo no lo veía. Veía fútbol.

–¿Hincha de...?

–Independiente. Y del Barça… Así estoy contento a veces. Empecé a ver películas a medida que me metí en este medio, porque me di cuenta que de ahí también había que aprender.

–¿En quién te veías reflejado en tus inicios?

–Nunca tuve un referente. A mí me gusta el cine americano de los ’70. Me parece muy potente, lo mismo el cine europeo de esa época. Los 60 y los 70 fueron décadas de gran nivel del cine internacional. En ese momento se terminaron de profesionalizar todos los niveles que implica una película. Hasta ese momento, era todo artesanal. Pero en los 70 aparecen películas como El Padrino o las de [Stanley] Kubrick, que siguen siendo imbatibles, mucho más perfectas que lo que se puede hacer hoy.

–De los directores más jóvenes, ¿cuáles te gustan?

–Paul Thomas Anderson (41 años, responsable de Magnolia) o Spike Jonze (42, ¿Quieres ser John Malkovich?), Steven Soderbergh (49, Sexo, mentiras y videos, Traffic). Si ves sus películas, si cerrás un poquito los ojos, podrían seguir siendo de los 70.

–¿Cuál fue la última película que viste?

–Historias cruzadas, de Tate Taylor. La actriz de reparto (Octavia Spencer) ganó el Oscar. Peliculón.

–¿Y cuál esa película que podrías ver un millón de veces? Todos tenemos una, al menos.

–Tonto y retonto y Zoolander son mis favoritas.

Bien lejos de ese capricho pasatista, el debut de cinematográfico de Bo está directamente relacionado con el vínculo que supo construir con Alejandro González Iñárritu, el realizador mexicano responsable de Amores perros (2000), 21 gramos (2003), Babel (2006) y la ya mencionada Biutiful, que llevó a terreno real el proyecto de trabajar juntos que empezaron a delinear en 2001, cuando Z Film, la productora de González Iñárritu, lo convocó para dirigir algunos comerciales en México.

El contacto nunca se perdió y por eso, cuando Bo y Giacobone tuvieron listo un primer boceto del guión de El último Elvis, decidieron enviársela al mexicano. Rápidamente, llegó la respuesta: convocarlos para colaborar en el guión de Biutiful. El tiempo compartido profundizó los intereses en común, al punto que el mexicano se convirtió en productor asociado de la ópera prima de Armando.

–Tengo entendido que están trabajando en un proyecto nuevo.

–Sí, es un guión que estamos terminando de escribir con González Iñárritu para que dirija él. Y también tenemos otro guión que está listo pero al que le faltan un par de reescrituras, que con Nicolás (Giacobone) queremos filmar el año que viene. Pero son procesos largos.

–El último Elvis es un ejemplo de ello, ¿no es cierto?

–Sí. Duró mucho. Supuestamente, con la segunda película los tiempos se acortan bastante. Y también sigo con la productora, filmando comerciales, que es lo que hacemos.

–¿Creés que, a partir del estreno de tu ópera prima, los espacios que ocupan esos lados A y B de tu carrera van a verse modificados?

–No sé. La verdad es que claramente una cosa permite la otra, y al mismo tiempo aprendo y sigo aprendiendo de la publicidad. Estoy haciendo, claramente, una doble vida. La productora hizo el esfuerzo de hacer la película y necesitar seguir haciendo muy buenos comerciales. En los últimos tres años, El último... y Biutiful chuparon un poco mi lado publicitario. Creo que hoy, sin embargo, soy mucho mejor profesional. La película, en ese sentido, fue una gran inversión. Me considero mucho mejor director que antes. Poder aprender de Iñárritu y estar tan cerca fue espectacular. Todo eso me ayudó a formarme y tengo muchas ganas de seguir haciendo cosas. Se supone que estamos a un año del estreno de la película que escribimos para Alejandro. Y a un par de mi segunda película. Ojalá, porque después los tiempos pueden estirarse. Para el lado del cineasta, tener una película hecha es importante porque te pueden juzgar por lo que hacés e identificar qué tipo de director sos.

Llega el momento de los retratos y Armando Bo nieto no decepciona en su interacción con el fotógrafo. "Te puedo generar un fondo si querés". "Este saco va." "Esta silla la usamos en un comercial, está buena." "Te tiro un detalle de publicidad de shampoo: ahí el sol me hace frizz." En plena sesión, Amador Bo se despierta de su siesta y aparece en escena con sus dos años y medio, en pañales. Rubión, despeinado, merodea sin acercarse ni saber que siempre va a tener una cámara al alcance de la mano.

HOMBRE SUBURBANO

Elvis está vivo. El sudor le rueda hasta esconderse bajo la opulencia de ese cuello cubierto de oros. La boca adherida al micrófono y los dedos gruesos, pesados sobre el piano. El Bingo de Avellaneda explota en sus luces multicolores. Elvis está vivo. Y el responsable es Armando Bo, director de El último Elvis, película que romperá el hielo el próximo miércoles en la apertura del Bafici, Festival Internacional de Cine Independiente.

Pasaron unos seis años desde que Bo empezó a dibujar la idea, con su padre Víctor como principal productor. "Estaba haciendo un comercial de jabón en polvo, protagonizado por un doble de Elvis que tenía camisas con los cuellos muy anchos y sucios. Me llamó la atención el personaje pero quedó ahí", recuerda Armando, a quien le sobraba trabajo pero también paciencia. "A los proyectos conviene dejarlos dormir un poco, para poder volver a encararlos con frescura", concluye. Lentamente, el guión se iba alimentando, hasta que llegó un momento clave: "Me acuerdo cuando le hice la prueba a John [Mc Inerny, protagonista junto con Griselda Siciliani]. Compartí la prueba con González Iñárritu y con Steve Golin. Fue muy importante para motivarlos. Si entró al proyecto Golin, productor de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, es porque vio algo que le interesaba".

El respaldo (que incluye a Rebolución, la productora de Bo, Iñárritu, Kramer & Sigman Films, al publicitario Hernán Ponce y Axel Kuschevatzky) se iba construyendo con la misma solidez de la historia que personifica Carlos Gutiérrez, un hombre suburbano que se siente Elvis Presley. A fuerza de un trabajo sesudo en la construcción de texturas y colores de cada escena, Bo logra un retrato sutilmente sórdido, con un Mc Inerny que brilla cada vez que canta. La nota de color la dan los cameos de Paolo el rockero, Johnny Allon y el propio Bo.

Sin entrar en comparaciones, el director cree que la película tiene una fortaleza similar a los trabajos de Juan José Campanella. "El tiene un cuidado visual de la película pero al mismo tiempo de la historia y de los personajes.

La buena película, en el cine internacional, es la que cuida bien todo."

EL CINE, LA GRAN HERENCIA DE BO

Pelota de trapo (1948)

Primer impacto de Armando Bo como actor

Volver a la vida (1951)

Realizada por Estudios San Miguel, propiedad de Silvestre Machinandearena, bisabuelo de Armando

Fiebre (1972)

Uno de los largometrajes más recordados de Bo e Isabel Sarli

La gran aventura (1974)

Antes de la saga de los Superagentes, protagónico de su padre, Víctor

Biutiful (2010)

Dirigida por Alejandro González Iñárritu y escrita por el mexicano junto con Armando Bo nieto y Nicolás Giacobone. Nominada a mejor película extranjera en los Oscar.

El último Elvis (2012)

Opera prima de Armando Bo. Se presenta el miércoles en el Bafici. Estreno comercial el 26 de este mes

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