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La Bella y la Bestia: el secreto encanto de volver a ver películas

El reestreno, ahora en 3D, del clásico de Disney marca una nueva tendencia: la de llevar nuevamente a las salas films a prueba del tiempo
Javier Porta Fouz
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10 de mayo de 2012  

Las mejores películas, las más grandes, resisten el paso del tiempo. Es decir, pueden seducir a espectadores que se acercan a ellas décadas después de haber sido realizadas y, sobre todo, pueden lograr que quienes las vieron en el momento de su estreno las vuelvan a ver.

Desde hace ya más de un cuarto de siglo (la popularización del VHS fue hacia fines de los ochenta) la disponibilidad de películas para ver en el hogar es cada vez mayor. Sin embargo, el "volver a ver" más relevante, el más impactante, el más excitante, es el volver a ver en cine. No sólo es volver a ver la película, también es revivir ese momento en el que uno vio la película por primera vez: la sala, tal vez la compañía, el sonido y la imagen de otros tiempos.

Desde hoy se podrá volver a ver (o ver por primera vez) La Bella y la Bestia , la película que no sólo fue un gran éxito para Disney en su momento sino que dio forma definitiva y perfecta, luego de ese regreso que fue La sirenita , a un modelo de producción de gran eficacia para la compañía en los noventa. La Bella y la Bestia estuvo nominada al Oscar como mejor película, antes de que la animación tuviera una categoría separada (segregación, se quejan algunos) Además, ganó el Globo de Oro como mejor película musical o comedia, y fue la primera de animación que lo logró. Y fue toda una novedad que combinara dibujo tradicional con fondos generados por computadora en una secuencia: la del baile.

¿ La Bella y la Bestia es una película para volver a ver? ¿Ver una película en 3D que no lo era originalmente es volverla a ver o es verla por primera vez? Depende del caso, pero si bien hay fanáticos que creen firmemente que el 3D puede definir por completo a una película, el agregado del 3D es, para la mayoría de los espectadores, como un cambio de peinado. Hay que decir que el 3D de La Bella y la Bestia es sobrio, sin alardes de cachivaches que saltan hacia la platea, con gran noción espacial y un muy buen aprovechamiento de la profundidad de campo. Dicho esto, con o sin 3D, para los que ya vieron La Bella y la Bestia se trata de volver a verla. Es, como casi todos los clásicos más queridos de Disney, una película que cuenta con legiones de seguidores que la tienen en sus casas y la vuelven a ver seguido. Esos seguidores, lo podrá comprobar cualquier padre con hijas bajo la influencia de esa genialidad del marketing que es la marca "Princesas", se renuevan, se amplían. Como dijo Alan Menken, compositor de la música de la película (y de muchas otras): "Creo que la película sigue funcionando porque le habla a la gente de algo que forma parte de sus vidas. Les habla en su mismo idioma, por eso es que sigue generando fanáticos como el primer día cada vez que se lanza una nueva edición en video".

Se puede lograr que algunas películas sean muy vistas gracias a la publicidad y al marketing, pero por más campañas que se hagan es muy difícil hacer perdurar los éxitos si éstos no tienen riqueza que ofrecer en segundas, terceras, cuartas y subsiguientes visiones.Volver a ver películas es profundizar en lo que tienen de perdurable: diálogos bien dichos, situaciones perfectamente actuadas y puestas en escena con talento, canciones, grandes movimientos de cámara (o cámaras fijas memorables), miradas, gestos. Y si todo eso ayuda a actualizar los temas de la película con cada visión, a renovar la mirada, a profundizar en la inmersión en un mundo con cohesión, y si todo eso le pasa a mucha gente, la película muy probablemente se encamine a ser un clásico o una obra maestra o, al menos, una película muy querida. El tiempo y las revisiones acomodan a las películas de forma distinta de las agresivas campañas de lanzamiento: con los años, el primer Batman de Tim Burton (dos años antes de La Bella y la Bestia ) no mantuvo el estatus de superéxito del momento de su estreno. Algo fallaba, definitivamente, con esa película de demasiada pirotecnia e histrionismo dark.

Volver a ver películas también cambia a los espectadores. Figura clave de la Nouvelle Vague, el director de Los 400 golpes , François Truffaut -que antes de director fue crítico y, desde niño, un cinéfilo apasionado-, contaba que "a veces se rateaba del cine para ir a la escuela". En el principio de su clásico libro Las películas de mi vida , Truffaut contaba: "Un día en 1942 estaba tan ansioso por ver Los visitantes de la noche, de Marcel Carné, que al fin había llegado al cine de mi barrio, el Pigalle, que decidí no ir a la escuela.Me gustó mucho. Pero esa misma tarde mi tía, que estaba estudiando violín en el conservatorio, me vino a buscar para ir al cine: había elegido Los visitantes de la noche . Como no me animé a decir que ya la había visto, tuve que ir y fingir que la veía por primera vez. Esa fue la primera vez que me di cuenta de lo fascinante que podía ser examinar de manera cada vez más profunda el trabajo que uno admira, que el ejercicio puede ir tan lejos como para revivir la creación".

Esa admiración suele prodigarse a películas que se revelan más y mejor en visiones subsiguientes, a películas que no se agotan, que no se secan con una mirada. Hay películas que parecen grandes en una primera visión y se empequeñecen en visiones posteriores (lo que suele no funcionar a la hora de volver a ver películas es la intriga ofrecida como mera revelación de información). Truffaut cuenta también que vio muchísimas veces El cuervo de Henri-Georges Clouzot y que llegó a saberse los diálogos de memoria.El recordado fundador de Cineclub Núcleo, Salvador Sammaritano, dijo en una entrevista en 1993 que veía Une partie de campagne, de Jean Renoir, dos veces por mes.

Volver a ver películas es no sólo volver a verlas y evaluar su calidad de forma cabal, más justa, es también volver a vernos a nosotros mismos. El crítico chileno Héctor Soto llegó a decir que "las películas, en definitiva, quizá no tengan la autonomía que la crítica presume ni el rango de productos acabados que la industria les asigna. Sin autonomía y sin punto final, serían sólo estaciones asociadas a la biografía y a la experiencia moral de cada espectador. Mucho antes que un arte de su tiempo, como creen los sociólogos, el cine es el gran arte de los tiempos nuestros. Parece lo mismo, pero es distinto".

EN ESPERA

De amores y hechizos

Volver a encontrarse con La Bella y la Bestia, de Gary Trousdale y Kirk Wise (directores), aunque también de Alan Menken y Howard Ahsman (músico y letrista), y también de Disney. Volver a encontrarse con la película -y ver por primera vez el genial corto Tangled Ever After , brevísima continuación de Enredados - en una sala de cine, en una pantalla grande, ahora en 3D. Revelación: La Bella y la Bestia no sólo sigue siendo muy buena o excelente, como en julio de 1992, cuando se estrenó en la Argentina (ocho meses después de su estreno en Estados Unidos, viejas prácticas de un mundo sin tanta piratería), sino que su revisión en el cine demuestra que también se ha convertido en una película de extraordinaria riqueza, en una película que perdura. Su poderosa, emocionante narrativa tiene una economía destacable, una concisión llamativa: muy pocas escenas de transición, elipsis límpidas que fortalecen el relato, lo intensifican. Esa intensidad, sin embargo, no abruma, probablemente porque hay una enorme claridad temática en temas cruciales, como el amor, las elecciones de vida, la lealtad, el sacrificio, el mejoramiento personal: tanto Bella como Bestia son seres que van más allá de la vulgaridad, que aspiran a más. Son, de alguna manera, aristócratas en un film aristocrático (tal como lo definió el crítico Leonardo M. D'Espósito en El A mante). De hecho, el color de Bella y de la Bestia es el azul, y el del malo Gastón es el rojo. Como en un western, la mujer es completa desde el inicio del relato y no debe probar nada. El hombre, la bestia, debe probar que puede ser digno de amor, que puede ser -en todos los sentidos- amable. La bestia se somete entonces a la prueba de saber amar y así ser amado. Hasta entonces no podrá romper el hechizo. Bien mirado, ése también era el tema de la inoxidable película de Harold Ramis con Bill Murray y AndieMacDowell Groundhog Day (aquí estrenada como Hechizo del tiempo ). Justamente, otra de esas películas para ver decenas de veces.

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