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Del cortoplacismo al fin de la estrategia

Nicolás Dujovne
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13 de mayo de 2012  

Algo están mostrando los números de la economía argentina que no se había visto antes en el ciclo kirchnerista: el temor del sector privado respecto al futuro ya se traduce en cifras concretas. Y ello ocurre en el marco de un mundo que crecerá más en 2012 que en 2011 y con la soja en 550 dólares.

Repasemos algunas cifras. En lo fiscal, el resultado consolidado del primer trimestre mostraría un aumento anualizado en el déficit fiscal superior a 1,5% del PBI respecto a 2011, llevando el déficit total de este año de 2,5 a 4% del PBI. El aumento en el superávit de comercio del primer cuatrimestre de 2012 también daría pistas de que la cuenta corriente del balance de pagos pasaría a un superávit de casi 2% del PBI desde 0% en 2011.

La contabilidad nacional básica nos dice que el ahorro que se genera localmente surge de la suma de la inversión más el resultado de la cuenta corriente del balance de pagos. Por lo tanto, a niveles constantes de inversión, más excedente externo implica que el ahorro doméstico es más elevado. Entonces, la combinación de ahorro público en baja y resultado del balance externo en alza indica contablemente que el ahorro privado doméstico está subiendo, que la inversión está bajando o una combinación de ambos fenómenos. Sea como fuere, el sector privado duda acerca del futuro. Que ello ocurra no debería llamar la atención.

Es que durante años la Argentina tuvo un esquema macroeconómico. Era cortoplacista. Tenía fecha de vencimiento, pero era un esquema al fin. Sus características principales eran el tipo de cambio depreciado y la política fiscal expansiva. La combinación de ambos efectos generaron el surgimiento de la inflación. Y ésta, en un contexto de tipo de cambio semifijo, fue acabando con la ventaja cambiaria y la expansión fiscal hizo lo suyo con el superávit del Tesoro. Finalmente, la Argentina terminó en un régimen de tipo de cambio casi fijo con déficit fiscal financiado con emisión monetaria. Es de libro de texto: el final de historias de este tipo ha sido siempre la pérdida de reservas y la devaluación de la moneda. Al llegar al final del camino, al Gobierno sólo le quedaba bajar la inflación o devaluar, y corregir la apreciación cambiaria.

El Gobierno ha trocado ese final por el inicio de un nuevo régimen de control de cambios y proteccionismo, cambiando un final a plazo fijo por un esquema que puede perdurar en el tiempo, pero que nunca podrá entregar bienestar, medido éste por mejoras sostenidas en el empleo y en los salarios.

En el nuevo esquema, la oferta de bienes y servicios se encuentra desafiada por las limitaciones a importar. Y la inconvertibilidad del peso y la depreciación del tipo de cambio paralelo han desanclado las expectativas inflacionarias y generado una aceleración en la tasa de inflación que dificultará que los salarios reales mejoren. La inversión, dependiente de las expectativas sobre el futuro y de la libertad para pagar dividendos ha sido dañada de muerte, y las limitaciones para comprar divisas han herido de gravedad al sector de la construcción, que ha perdido el combustible básico para concretar sus transacciones: los dólares.

A pesar de que los resultados en términos de crecimiento, empleo y salarios serán muy pobres, este esquema puede perdurar. Puede hacerlo, puesto que para el Gobierno el principal indicador de éxito del programa no es ni el empleo, ni el PBI, ni los salarios. La variable que mide el éxito o el fracaso es la evolución de las reservas internacionales. Este Gobierno es fetichista de las reservas y confunde la causalidad que va desde la buena política económica que permite eventualmente acumular reservas con la inversa, la que al acumular reservas le daría el sello de aprobación a la política económica.

Los costos de este error de objetivo son enormes. Reprimiendo las importaciones se mata el crecimiento presente y futuro, a través de la disminución en la inversión. Recordemos que 400 de las 500 empresas más importantes de la Argentina son multinacionales que funcionan bajo un esquema de integración regional del que la Argentina ha decidido salirse por voluntad propia. Clausurando el mercado cambiario y habiéndose depreciado el peso en el mercado paralelo se ha acelerado la inflación en un proceso con costos y sin beneficios que llevará a la tasa de inflación más cerca del 30% que del 22% actual.

La paradoja es que en este esquema de control de capitales en el que el Gobierno se apropia de los dólares del superávit de comercio existen estabilizadores automáticos que hacen que las reservas del Banco Central puedan mantenerse estables. Es que si se acelera la inflación, aumenta la incertidumbre y sufren los salarios reales. Se retraen el consumo y la inversión y, como consecuencia, las importaciones. Y la variable que mira la Presidenta y que sostiene a Moreno en el cargo mejora. Las reservas siguen firmes. Una auténtica victoria a lo Pirro.

Moreno ha resuelto los problemas una vez más. El caso contra factual no importa y la variable endógena, que queda libre en este esquema, es la brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo. Esa brecha, que hoy se ubica en 25%, seguirá aumentando, retroalimentando la inflación y el desencanto con el Gobierno. Los privados lo perciben y ahorran. Después de todo, viven en la Argentina. Y aunque las circunstancias sean distintas, ya han pasado diez años desde la última gran crisis.

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