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Peronismo, ficción y realidad

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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14 de mayo de 2012  

Uno termina de convencerse de que es indudablemente argentino cuando, del otro lado de las fronteras, escucha por primera vez esa pregunta para la cual, aun avisado y preparado, jamás encontrará una respuesta satisfactoria: ¿y usted, amigo mío, sería tan amable de explicarme por favor qué es eso del peronismo?

Nada más atinado, luego del interrogante, que encarar un abrupto cambio de tema. ¿Cómo contarle a alguien que no haya nacido en la Argentina que no existe una doctrina peronista, ni una ideología peronista, ni tampoco una sola manera de encarnar el peronismo? ¿Cómo decirle que ni siquiera los tres gobiernos del propio Perón fueron homologables entre sí, que uno de sus más longevos dirigentes, Antonio Cafiero, supo confesar públicamente que "el peronismo da para todo"? ¿Cómo hacerle entender a un extranjero que las aproximaciones al misterio peronista hechas por las distintas corrientes historiográficas son quizá tan válidas y tan verdaderas como las imaginadas por cualquier escritor de ficción?

Ah, el peronismo y la intelectualidad. Oh, los escritores y el peronismo. Uno de esos temas tan incómodos: el peronismo como el movimiento político de mayor contenido mítico y simbólico, como una fuerza que atrae y repele con la misma intensidad. Sucede que, aun desde el rechazo (Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, contras por antonomasia), el peronismo ha sabido convocar la voluntad literaria como un poderoso imán, y la lista de autores que se han volcado a pensarlo, interpelarlo y ponerlo en crisis desde el terreno de la ficción, aún incompleta, es notablemente extensa: Rodolfo Walsh, David Viñas, Germán Rozenmacher, los hermanos Lamborghini (Leónidas y Osvaldo), Néstor Perlongher, Tomás Eloy Martínez, Ricardo Piglia, Osvaldo Soriano, Jorge Asís, Guillermo Saccomanno, Abelardo Castillo, Rodolfo Fogwill, Martín Caparrós, Carlos Gamerro, Carlos Godoy.

En 2004, Daniel Guebel había sumado su nombre a esta lista, al publicar una efectiva sátira sobre la militancia peronista titulada La vida por Perón. El mismo Guebel acaba de aportar ahora (aunque, por supuesto, de manera transitoria) el último eslabón a esa larga cadena de obras que atraviesan al peronismo con las herramientas de la imaginación, con dos nouvelles, una obra de teatro breve y un relato reunidos bajo el nombre La carne de Evita.

En "La infección vanguardista" y "Monumentos", los dos primeros textos del libro, Guebel piensa al peronismo como lo que también fue, un recipiente vacío o un molde dentro del cual volcar el contenido que se crea más conveniente: sueños, proyecciones, deseos y frustraciones. Guebel juega con la libre interpretación que se hizo durante décadas de los mensajes que el líder del movimiento enviaba desde su exilio en Madrid, y les da vida a las oscuras maquinaciones que por años se construyeron alrededor de la figura de Perón, el cadáver de Eva y la inefable dupla compuesta por Isabel Martínez y José López Rega.

En "El libro negro", relato que cierra el volumen, imagina el descenso a los infiernos del desenfreno sexual de una Eva insaciable, en el sendero nefando que ya transitara Perlongher en Evita vive. "Así como Perón volvió del exilio y enfrentó a la sinarquía internacional por amor a las masas argentinas, yo, la más fiel y humilde y fanática de sus seguidoras, yo, que no le llego ni a la suela de sus botines y que me daría por bien paga con sentir el peso de su pie aplastándome la nuca, debo atravesar todo límite por la causa del bien de la patria y de sus grasitas. Y para eso no alcanza con el beneficio espiritual de la limosna, hay que descomponerse de dolor como una madre en los dolores del parto", declara la Eva de Guebel antes de abordar su limusina, recorrer las calles oscuras de Constitución al caer la tarde rescatando a las masas del frío, y entregarse en cuerpo y alma a su pueblo.

Pero es el texto central, la obra de teatro "La patria peronista", el que como en un homenaje superador a la Eva Perón de Copi pone en escena la superchería que planea sobre las figuras históricas de Perón y Eva, y aprovecha para burlarse de los clichés en torno a la militancia juvenil, que hoy tantas almas bellas adoptan como si se trataran de verdades reveladas, sin siquiera pensar en la posibilidad de una autocrítica.

Volviendo a la pregunta de nuestro amigo extranjero, si alguna vez hubo una manera de definir sintéticamente al peronismo, después de las experiencias Carlos Menem-Eduardo Duhalde-Néstor Kirchner-Cristina Fernández, adscriptos en los papeles a un mismo signo político (y verdaderas máquinas de construir sentidos contradictorios), esa posibilidad ya no existe. Ni siquiera sirve de ayuda aquella célebre proposición de John William Cooke ("El peronismo es el hecho maldito del país burgués"), que en los tiempos que corren parece tan verdadera como su reverso ("El peronismo como hecho burgués del país maldito").

Más certera y actual resuena la síntesis a la que Guebel llega en la página 102 de su nuevo libro: "Además de una religión y una estética, el peronismo es nuestro cuento oriental. Y los buenos cuentos duran largo tiempo". La realidad, al menos, parece estar dándole la razón.

© La Nacion

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