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El cuerpo peronista

Los cuentos de La carne de Evita, de Daniel Guebel, amalgaman con irreverencia hechos ficticios y reales
Felipe Fernández
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18 de mayo de 2012  

En La carne de Evita , Daniel Guebel reúne tres relatos y una obra teatral cuyo tema común es el peronismo enfocado desde una perspectiva nada convencional que apunta vigorosamente hacia el absurdo y lo disparatado.

"La infección vanguardista" presenta a Rafael Zarlanga, un artista que en la década del sesenta recibe la misión de colaborar en la recuperación "de los símbolos nacionales y populares". Este plan, concebido por Perón en el exilio para apoderarse "de la sustancia de la Nación", forma parte de la resistencia contra la dictadura militar e incluye bienes como las espuelas de Rosas y un bandoneón de Aníbal Troilo. Finalmente el General le encarga el diseño de "la ciudad utópica peronista". Zarlanga excluye "el concepto de habitabilidad" en el diseño de esta urbe que, tras numerosas peripecias, termina convertida en un juego de mesa.

Una poética evocación del Taj Mahal introduce "Monumentos". Este cuento se ocupa del Monumento al Descamisado, un proyecto del líder justicialista para homenajear a su pueblo. Ya enferma, Evita dispone que su cuerpo repose allí con lo cual se decide reemplazar la estatua del Descamisado por una de la Abanderada de los Humildes. El golpe de 1955 impide la obra. El argumento, además de mencionar el "escándalo necrófilo" en torno al cadáver de Evita y la mutilación de las manos de Perón, se refiere a un intento de transmigrar el alma de Evita al cuerpo de Isabelita.

En estas dos narraciones sobresale una cuidada amalgama de elementos ficticios y reales, favorecida por el hecho de que muchos sucesos históricos de nuestra saga política no son menos desatinados, extravagantes y siniestros que los inventados. En ellas Guebel consigue obtener la inmunidad de una verosimilitud humorística que se inscribe en la tradición de los falsos documentales al estilo de Zelig , de Woody Allen.

"La patria peronista" es una pieza en cuatro actos que podría definirse como un alocado sainete ideológico. Transcurre en la residencia de Puerta de Hierro donde Perón recibe a Pepe, un representante de la Juventud Peronista. Los otros personajes son Isabelita y el fantasma de Evita. Aunque la obra se alarga un poco, mantiene la comicidad de un diálogo cuyo lenguaje -por momentos deliberadamente chabacano y procaz- opera un efecto profanador que se inmiscuye con ferocidad paródica en la intimidad de la gesta justicialista para despojarla de su grandilocuencia heroica. Los toques irónicos abundan: según quién lo visite, Perón elige mostrar las fotos del edificio de la CGT y de Franco o las cambia por los retratos del Che Guevara y de su segunda esposa. En medio de la conversación con Pepe, éste le dice al General: "En su presencia yo no me atrevo a pensar" y luego le confiesa la veneración que siente por Evita ("es mi Virgen María").

"El libro negro" trasmuta la carga religiosa de la figura de Evita en pasión erótica y propone una última metáfora al imaginar su entrega al pueblo como una entrega sexual en la que "abrazada a la patria, todo lo daba".

Los cuatro textos de Guebel componen una enérgica desacralización del mito peronista no apta para justicialistas devotos. En conjunto, señalan los peligros que acechan a un partido político cuando -con la complicidad de dirigentes y seguidores- se deja arrastrar por el culto a la personalidad hasta una desmesura idolátrica en la cual los ideales se degradan en sombras grotescas de los principios originales.

La carne de evita

Por Daniel Guebel

Mondadori

215 páginas

$ 79

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