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Buenos Aires, meca de los nuevos oficios

Se afirman el "marido por hora" y el social media manager, entre otros
Julieta Paci
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15 de mayo de 2012  

Los cambios de la ciudad se reflejan en los oficios que aparecen y aquellos otros que se encuentran en vías de extinción. La rutina del afilador es idéntica desde hace décadas, pero su clientela disminuye año tras año; del mismo modo, el relojero sabe que, en una época en la que la hora es patrimonio de los teléfonos, son cada vez menos quienes acuden a su negocio para reparar un reloj.

En la vereda de enfrente, la irrupción más o menos reciente del "marido por hora" y el social media manager o la consolidación del personal shopper demuestra que los porteños son esclavos de un tiempo que no tienen (para salir de compras, para arreglar la casa, para atender la cuenta de una red social) y que los oficios del siglo XXI comienzan a cambiarle la cara a la ciudad.

En este mundo globalizado, donde prima lo rápido y fácil, Daniel Alonso, de 60 años, creó Marido se Alquila, una empresa encargada de hacer los trabajos domésticos que cada vez menos personas saben o pueden llevar a cabo. Según dice, la clave de su éxito está en la confianza que le tienen sus clientes. "Me llaman hombres, mujeres y jóvenes que viven solos y no saben cómo arreglar una canilla o un ventilador. Y donde más me muevo es por Belgrano, Palermo y Recoleta", contó Alonso, que ya tiene mucha competencia. En los avisos clasificados en la Web, este tipo de servicios –que combinan conocimientos en plomería, electricidad y albañilería– ya tiene casi un rubro propio.

Pero sin dudas uno de los oficios más novedosos que han surgido en el paisaje laboral de la ciudad es el de social media manager, cuyo trabajo consiste en administrar las cuentas de Twitter y Facebook de personalidades famosas. Una apasionada de esta nueva profesión es Alejandra Benevento, agente de prensa y responsable de que Luisana Lopilato tenga más de un millón y medio de seguidores en Twitter.

Benevento cuenta que no se desprende de su iPad, todo el tiempo revisa las distintas redes sociales y tanto en Facebook como en Twitter pregunta sobre sus clientes a los usuarios de la Red. La información que obtiene le sirve para asesorar y manejar las cuentas de aquellos famosos –o con aspiraciones en ese sentido– para los que trabaja.

En este tiempo, en el que las apariencias y la imagen están en el primer plano, se consolidaron oficios nuevos como el de personal shopper (que asesora en la compra de vestimenta) y el de coolhunter (que recorre la ciudad para detectar tendencias en los looks urbanos), cara y ceca de un mismo fenómeno. Inés Abejón, de 37 años, es asesora de imagen, personal shopper y directora de la empresa WOW! "Yo jamás les miento a mis clientes, ahí está la diferencia entre salir de compras con una amiga y con una vendedora que busca que le compres sin importar qué le queda bien", explicó.

Abejón reconoce que su trabajo suele ser visto como frívolo, pero sostiene que la mayoría de las personas tienen ganas de verse bien. "Mis clientes tienen entre 30 y 50 años; son muchos hombres que en su mayoría quieren estar cancheros sin quedar ridículos y mujeres que buscan resaltar su figura", contó y sorprendió al decir que recibe más consultas del sexo masculino que del femenino y que muchos padres la contratan para que les cambie el guardarropa a sus hijos.

Oficios de ayer

La contracara de este mismo fenómeno está en los oficios que, aunque se resisten, están en desaparición o prácticamente extinguidos. Por ejemplo, el afilador, ese personaje tan entrañable de Buenos Aires. Así, como recién llegado del túnel del tiempo, aparece Julio Moreyra, de 64 años, en una bicicleta (que se vuelve estática cuando trabaja) sobre la que pedalea mientras afila una cuchilla. Los paseantes que lo descubren en la esquina de Las Heras y Lafinur lo observan como si fuera una reliquia. Algunos, con esa curiosidad que se siente por lo extraño o raro.

Moreyra cuenta que a los catorce años, huérfano, entró a trabajar en una panadería de Merlo y quedó impresionado al ver afilar al hermano del dueño. "Una tarde me propuso trabajar como afilador; al día siguiente compré la bici y salí a la calle", recuerda. Por entonces no sabía qué hacer con las tijeras y cuchillas, pero de a poco aprendió y se hizo una clientela. Lo que más le gusta es la independencia que le permite su trabajo. En verano se traslada con su bicicleta a la costa ("soy el único afilador que pisa Miramar") y, cuando puede, sale hacia el Gran Buenos Aires para "recorrer las calles afilando". Con melancolía, asegura: "Afiladores quedan pocos porque la gente prefiere comprar cuchillos brasileños. Y no los culpo, porque son baratos y funcionan bien".

El oficio es la puesta en escena de un don. El de Adriana Maidana, de 53 años, es el de mirar a las personas y saber qué sombrero les queda bien. Su historia comienza a fines del siglo XIX, cuando su bisabuelo Luis Maidana inició la fabricación artesanal de sombreros. Hoy, en su tienda de Rivadavia al 1900, dice que la costumbre de usar sombrero se perdió cuando la ciudad comenzó a crecer. "Si los pasajeros del subte llevaran hoy sombrero, sería un desastre. En los vagones ya no entramos, ¿cómo sería si todos lleváramos un chambergo?", se pregunta, entre irónica y melancólica.

El paso del tiempo afecta a todos, pero pocos son tan conscientes de ello como los relojeros. En Barrio Norte, entre numerosos tictacs, Daniel Amigo, de 57 años, se asoma detrás de una pequeña lupa para recordar que es relojero desde hace 39 años. "Cuando era chico leía Patoruzito y un aviso de una escuela de relojería me llamó la atención", dice junto a una canasta repleta de caramelos Media Hora. La frase que le abrió las puertas a su profesión fue "gane dinero mientras aprende". Hoy, las cosas han cambiado lo suficiente como para que aquella frase haya perdido su impacto. "No hay relojeros ni aprendices menores de 50 años. Los chicos prefieren cosas más divertidas, como computación o arte", señala. Y concluye, pesimista: "Esta profesión va a desaparecer".

Pero el tiempo no son sólo las horas. Hablar de él implica pensar en el viento, la lluvia, las tormentas… y el paraguas. En Independencia y Colombres, uno de los pocos paragüeros de Buenos Aires espera quien reclame sus servicios. Elías Fernández Pato gritó "¡paragüero!" tantas veces en su vida que en Berisso un loro se empeñó en imitarlo. En 1957 se casó con Haydée Lidia Gómez Dopazo, hija y nieta de paragüeros, y con ella abrió su primer negocio de compostura y venta. Años después se trasladó a la esquina que hoy ocupa Paragüería Víctor, desde donde su hijo, Víctor, afirma sin vueltas: "¡Este sí que es un oficio en extinción! ¡Si hasta en las farmacias venden paraguas!".

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