Una defensa de la modernidad

Ricardo A. Guibourg
Ricardo A. Guibourg PARA LA NACION
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19 de mayo de 2012  

Se habla bastante poco de la posmodernidad, tal vez porque la idea que sirve de centro a su discurso, desde su nombre mismo, es que es posterior a la modernidad. Es otra manera de decir: eso ya se terminó, fracasó, no sirve, salgamos en busca de lo nuevo. Es más, la modernidad nunca se llamó a sí misma de esa manera: se la nombra para decretar su agotamiento, para cerrar un ciclo atándolo con una cinta lingüística.

¿De qué delitos se acusa a la llamada modernidad para condenarla? En resumidas cuentas, de autoritarismo. Y se enumera: los criterios artísticos, que atan al creador a una estética agotada; los conceptos sociales, que describen la convivencia de los hombres de tal modo que fomente la desigualdad y el dominio de unos sobre otros; las ideas jurídicas, que se ponen al servicio de los poderosos y hacen creer que las cosas son como son por imperio de la naturaleza; la concepción del progreso, que abre falsas esperanzas y es contradicha por tantos acontecimientos; los conceptos filosóficos de sujeto, objeto, verdad, conocimiento, razón, causalidad y método, que ocultan el hecho de que todo es diverso, que todo cambia constantemente, que el lenguaje es la fuente del conocimiento y el creador de la verdad, que, en definitiva, todo es ideología, todo es subjetivo y de nada puede hablarse sin congelarlo artificialmente, la vida es creatividad permanente en un fluir de circunstancias indistinguibles.

Si ésas son las acusaciones, quiero defender a la modernidad con todas mis fuerzas. Ella es inocente de muchos de los delitos, que indudablemente fueron cometidos. Ella es ajena a una buena cantidad de las preferencias de las personas. Aunque perfectible, ella ha obrado justificadamente en el campo filosófico, donde se la discute sin proponer alternativas ventajosas.

El arte es siempre un conjunto de criterios de apreciación estética. Esos criterios cambian constantemente y, además, nunca son uniformes en un momento dado. Ajenatón cambió el estilo hierático de las imágenes. Rafael hizo una revolución en la pintura, como lo hicieron después los impresionistas, los cubistas, los surrealistas y los no figurativos. Mozart fue un punto de inflexión en música, como más tarde lo fueron Stravinsky y los dodecafónicos. Molière lo fue en el teatro. Cada revolución se hizo contra los criterios anteriores y el mundo siguió andando, en cada caso con criterios nuevos.

El papel de la ideología en las descripciones es innegable. Es mucho mayor, desde luego, cuando se trata de describir la sociedad o de identificar e interpretar el derecho y es claro que esas actividades, como todas, se ven influidas por los fenómenos del poder. Pero, para manejar el mundo que nos rodea, necesitamos descripciones. Si las que vemos nos parecen inconvenientes, será preciso corregirlas o cambiarlas; pero si destruimos el concepto mismo de la descripción nuestros propósitos, cualesquiera que sean, quedarán incumplidos por falta de herramientas conceptuales.

De paso, conviene recordar que, para cambiar las cosas, no basta con llamarlas de otro modo: es preciso actuar sobre ellas de modo más efectivo. El mundo ha vivido tragedias monstruosas en la Antigüedad, en 506 y en 2000 también, bajo ideologías muy diversas y aun conflictivas entre sí. ¿Culpa de las ideologías? Probablemente; pero lo que es seguro es que fueron culpa de las personas que llevaron a cabo, apoyaron, asistieron o consintieron matanzas, persecuciones, hambrunas y tiranías. Es claro que condenar todas estas acciones constituye también una ideología, aunque nos neguemos a llamarla así porque es la nuestra.

Las ciencias sociales son todavía un campo de batalla político: ¿será conveniente reducir esa influencia, como en su momento se la redujo en matemáticas, astronomía y física? ¿O ampliarla para averiguar qué oscura intención se esconde detrás del Teorema de Tales? El derecho es un instrumento creado expresamente para su uso por los poderosos, y es claro que se lo presenta a menudo de tal modo que su contenido parezca inevitable. ¿Deberíamos detectar esos defectos y corregirlos en cuanto podamos? ¿Tratar de cambiar a los poderosos? ¿Sustituirlos por otros, por ejemplo, por un grupo que nos incluya? ¿Eliminar de cuajo el concepto mismo de derecho, como pretendían los anarquistas? En este último caso, ¿cómo querríamos que la sociedad funcionara?

Pero lo que con más fuerza me propongo discutir es el ataque a la filosofía de la modernidad, emprendido probablemente como una extrapolación de insatisfacciones políticas como las ya mencionadas. Hay que tomar en cuenta aquí que, cuando el hombre común oye la palabra "filosofía", su cerebro interpreta "sistema moral": lo que se espera de los filósofos es que nos digan qué es lo que debemos hacer; y su prédica nos parece excelente cuando ella coincide con lo que nosotros mismos hacemos o decimos que hacemos. Esta es una visión equivocada y terriblemente parcial, porque la moral es una reflexión apenas periférica respecto de un meollo absolutamente vital.

Ese meollo es muy rara vez objeto de análisis por parte de la enorme mayoría de las personas, que lo dan por sentado, a menudo admitiendo premisas contradictorias, casi siempre creyendo en el poder mágico de las palabras. Este es el primer escollo a superar: la clarificación del lenguaje, para decir con él lo que queremos decir y no implicar lo que no hemos imaginado debatir. Con ese instrumento un poco más aguzado, es preciso responder si aceptamos que hay una realidad física, tal que cualquiera que se lance contra una pared chocará contra ella, o si postulamos blandamente que cada individuo, así como tiene sus preferencias políticas y sus juicios morales, tiene sus propias paredes, su propia química y su propia astronomía. Luego hay que elaborar un concepto de verdad, o como se quiera llamar a las proposiciones que se muestran útiles por su relación con esa realidad. Más tarde, construir una idea de conocimiento, a menos que sostengamos que es lo mismo creer que la Tierra es plana que saber que Montevideo es la capital de Uruguay. Y distinguir los métodos que dan como resultado un conocimiento útil de los métodos que nos conducen a creencias indemostrables, aun más allá de la dosis de incertidumbre que acompaña a todos nuestros conocimientos y, sobre todo, con independencia de nuestros deseos. Nada de esto nos es dado: todo debemos construirlo mediante decisiones conscientes, de una manera o de otra. Pero, sea cual fuere la casa que edifiquemos para nuestras ideas, luego tendremos que vivir en ella mientras no construyamos una diferente.

Estas reflexiones, indispensables para cualquier pensamiento, han sido siempre el punto fuerte de la modernidad: gracias a ellas hemos podido construir las ciencias empíricas, hacer operaciones cardiovasculares, llegar a la Luna, ver televisión, navegar por Internet y protestar por el precio del subterráneo.

Es cierto que en ese punto fuerte hay serios defectos, que pueden considerarse tales porque son contradictorios con la modernidad misma: la hipertrofia de la razón hasta postularla como fuente valorativa, el insuficiente cuidado en despojar al lenguaje de su contenido emotivo, la subsistencia de la autoridad como motivo de las creencias, la conformidad (a menudo complicidad) con desigualdades, tiranías e hipocresías, la tolerancia del pensamiento mágico llegado desde la literatura, que es su ámbito justificado. Pero estos pecados de la modernidad contra sí misma, que es preciso corregir, no son suficientes para decir basta, ahora pensemos sin criterios, hablemos sin pensamiento, neguémonos a los conceptos nuevos como a los viejos, despreciemos toda ideología salvo la propia, no admitamos sujetos, ni objetos, ni clasificaciones, ni teorías, ni criterios de ninguna clase, sintámonos libres de todo y también de nosotros mismos.

Si pensamos la filosofía con las emociones de la política, la destruiremos en lugar de liberarla y hasta nuestras opiniones, sean cuales fueren, ya no encontrarán cómo sustentarse. Deconstruyamos todo lo que merezca ser deconstruido, pero no nos olvidemos de construir filosofías con las que podamos convivir, incluso para entendernos cuando discutimos de política, de historia o de arte.

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