El diario íntimo de Oyarbide

Diego Sehinkman
Diego Sehinkman PARA LA NACION
Ahora el pirata informático se infiltró en los documentos privados del mediático juez
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24 de mayo de 2012  • 23:50

Ahora el pirata informático se infiltró en los documentos privados del mediático juez

Querido diario, desde que mamá se fue, sos mi confesor y paño de lágrimas. Por eso dejame contarte algo:

investigando la bomba que alguien le colocó al ex presidente de Colombia Álvaro Uribe en el teatro Gran Rex, me encontré con que la Policía Federal me contradijo. Yo había dicho que se trataba de un aparato con poder destructivo y salieron a decir que se trataba (Sic) de "un artefacto rompedor de escasa importancia". ¿No es lamentable? Yo, el Señor Juez de la República, atrapado en un guión de Emilio Disi.

Eso me pasa por luciérnaga. Vi la luz de los flashes y de la calle Corrientes y fui volando. Pero me quemé contra el filamento del escarnio.

Es que a vos no te voy a mentir. ¿Cómo no me voy a meter en lo del Gran Rex si sintetiza mis dos pasiones: la Justicia y el teatro?

Pero bueno. Ahora tengo que concentrarme en lo que viene: entrar al quirófano el 30 de mayo e indagar a Sergio Schoklender. ¿Sabés por qué me mandaron a operar a mí? Porque soy el único capaz de separar con el bisturí a Sergio de Hebe, que están unidos por la caja... torácica. Sergio no tiene chance. Pero Hebe tiene que vivir.

A vos no te puedo mentir. Estoy feliz. Todo el mundo habla de mí, aunque no tanto como a fines de los 90. En esos años todos me señalaban como cliente VIP de Spartacus y por televisión circulaban unas imágenes supuestamente mías, bastante fuertes. Me acusaron de proteger prostíbulos y el Senado me hizo un juicio político que se cerró recién el 11 de septiembre de 2001. El mismo día que en Nueva York caían las Torres, yo me elevaba otra vez, absuelto.

¡Ay, diario querido, si no me absolvían ese día, con la mirada del mundo puesta en otro lado, no me absolvían más!

Sé que puedo parecer pedante, pero vayamos contando: Manejé la causa de Ricardo Jaime, el caso Skanska, la causa de los medicamentos truchos, las escuchas de Macri, el supuesto enriquecimiento ilícito de los Kirchner, Schoklender. ¿No estás orgulloso de mí? Los temas importantes los manejo todos yo. Soy el Guillermo Moreno de la Justicia. Y ojo. También fui el que juzgó en su momento a Menem por sus cuentas en Suiza. El que revocó la prisión domiciliaria a Videla. El que catalogó el accionar de la Triple A como delitos de lesa humanidad. El que se animó a pedir a España la extradición de Isabelita. Aunque alguno pueda decir que siempre vendí humo porque nunca condené a ningún pez gordo, creo que alguien con tanta responsabilidad tiene derecho a relajarse cantando un tango con la Mona Jiménez. O a usar trajes Kenzo. O a hacerse llevar el portafolio Louis Vuitton por el secretario privado.

Pero ahora te voy a confesar algo. ¿Sabés cuándo realmente fui...yo? Cuando hace unos años murió la persona que más amé: mamá. Hasta sentí la necesidad de contarlo en una nota. "Hoy llevo una vida privada plena, sin estridencias", fue el título.

Ahí conté que estaba de novio con "un ser admirable" y que había dejado de mentirles a los demás y, sobre todo, de mentirme a mí mismo. Confesé también que fue liberador. Mamá, que venía de una educación conservadora y rígida, en su despedida me dijo que partía para que yo pudiera ser libre.

Y bueno, querido diario. La Justicia es lenta.

¿Viste las vueltas de la vida? Durante años no me condenó un juicio político. Pero me condenó y me tuvo encerrado mi propio prejuicio y el familiar.

Parece una paradoja pero no lo es. El señor juez, el de las grandes y polémicas causas, el único juicio que no pudo afrontar...fue el juicio de su madre.

Bueno, querido diario. Por hoy te tengo que dejar. Es que ya mismo tengo que ocuparme de Macri y sus escuchas ilegales. ¿Lo escuchaste a Mauricio, enojadísimo? Me acusó de trabajar para el kirchnerismo. ¿Sabrá él que yo les fui haciendo ¨trabajitos¨ no sólo a este gobierno, si no a todos los gobiernos anteriores?

Igual que su papá Franco, de alguna manera, yo también soy un eterno contratista del Estado.

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