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¡El empezó primero!

Sorpresas en un recital que se asemeja a un encuentro con amigos
Juan Garff
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25 de mayo de 2012  

Autor, director e intérprete: Luis Pescetti / Músicos: Martín Telechanski, Gabriel Spiller, Diego Pojomovsky y Martín Rur / Sala: Metropólitan 2, Corrientes 1343 / Funciones: sábado y domingo, a las 17.

Nuestra opinión: muy bueno

Al entrar a escena, ya tiene el partido ganado. Luis Pescetti convoca a un público predispuesto a seguir sus consignas, incluso en el juego de contrariarlo por momentos. Sus discos, libros y shows en vivo, sus presentaciones en televisión y su página de Internet han tejido una red intensa de complicidades, de experiencias compartidas, que convierten cada recital en una instancia de reencuentro festivo con viejos amigos.

El manejo frecuente de la luz de sala para incluir a los espectadores, no sólo en la participación pautada por canciones y juegos, sino a través de la sagaz observación de algo que ocurra en alguna fila de butacas para volcarlo al conjunto, como en reunión amistosa, genera ese clima familiar de los recitales de Pescetti. El músico le dice a los padres que no se la pasen mirando si sus hijos participan. Pero también los hijos miran con algo de asombro incrédulo cómo sus progenitores se paran para cantar y acompañar con movimientos ondulantes el acecho del tiburón a la vista o a la sirenita de la mar que se fue a pasear.

Entusiasmo

Las constantes interferencias humorísticas que intercala el mismo cantautor a la secuencia de sus temas musicales en ¡El empezó primero! distienden los tiempos del show, al menos en apariencia. Por momentos casi parece que el mismo músico se sumerge en un devenir pautado por el entusiasmo y las risas del público.

Pero no. Entremedio de los saltos como pelotitas de pingpong que se propagan de butaca a butaca, aparece la poética de letras que vale la pena escuchar sin agitar las palmas, surgen toques de experimentación sonora que vuelan en alfombras mágicas. Gana en subjetividad el recital cuando Pescetti le canta a los ecos con que percibe el bebé en la panza de la madre el mundo externo al que está a punto de salir. A la invisibilidad del niño a quien todos ignoran. Cuando rapea irónicamente sobre la omnipresencia de los mensajes de texto: "nunca me desconecto/ de mis afectos/ con mis pantallas/ ahí donde vaya", superponiendo al contenido la forma sonora que mejor lo dibuja. También cuando se sincera con su "te amo con lo que tengo". O cuando da lugar a la rebelión del obrero que no se deja tratar como bufón chaplinesco en la fábrica de jabón. Y más etéreamente, cuando descubre que no todo lo que se va no está, ni todo lo que no ves no es, ni lo que se aleja nos deja. Como la luna nueva.

El clarinete y otros vientos de Martín Rur –incorporado a la eficaz banda que completan Martín Telechanski en guitarra, Diego Pojomovsky en el bajo y Gabriel Spiller en batería– aporta tonalidades de contrapunto agudo a la voz de Pescetti. También ellos son parte de ese juego que invoca a la participación sobre lo conocido, pero abre espacios a lo nuevo. Pescetti mantiene en suspenso hasta el final la expectativa por escuchar una vez más la canción del "Vampiro negro", su tema más popular, para intercalar siempre alguna cosa más. En medio de la reunión de amigos, no deja de ser quien busca contarles algo nuevo, además de recrear lo mucho que comparten. El entramado conceptual con que lo introduce es una invitación a parar la oreja cada tanto, para irse entonando estrofas familiares y otras que no dejan de sorprender.

Por: Juan Garff

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