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¿Por qué los argentinos nos apegamos al dólar?

Orlando D'Adamo
Orlando D'Adamo PARA LA NACION
Siempre fue, sobre todo para las clases medias, "el" indicador crucial de la salud de la economía del país
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31 de mayo de 2012  • 11:35

Hay pueblos hipersensibles a la inflación. Alemanes y estadounidenses se ubican posiblemente a la cabeza. Si Barack Obama tuviera una inflación de dos dígitos estaría planeando su retiro y no su reelección. La hiperinflación alemana hizo historia y los alemanes, aun los actuales, la tienen entre sus pesadillas. La nuestra es la cotización del dólar. ¿Por qué? ¿De dónde proviene esta historia? ¿Cómo se construyó este capítulo de nuestro relato económico?

Es posible que muchos, probablemente la mayoría de los argentinos, no sepan qué es el déficit fiscal, ni se imaginen que tenga algo que ver con su vida cotidiana. Tampoco sabrían explicar qué es la balanza de pagos, ni qué es la base monetaria. Suscriben cualquier opinión sobre estos temas aun las más contradictorias, porque los consideran fuera de su día a día. Hasta pueden ser tolerantes con la inflación, si permite mantener consumos elevados. En los "malditos noventa" cuando Argentina era gobernada, según dicen, por una avanzada de fuerzas extraterrestres para nada vinculadas con las clases dirigentes actuales, las personas habían incorporado ciertas pautas antiinflacionarias. La gente se quejaba si percibía aumentos y reaccionaba con enojo. Se acostumbró a la cuota fija, al precio sin cambios. La debacle de 2001 pareció borrar esos recuerdos y, en cambio, sobrevalorar la vuelta a los consumos perdidos, aunque hubiera inflación. Además, varias generaciones de argentinos somos hábiles contendientes de los procesos inflacionarios. Es un terreno, como las crisis, en el que sabemos sobrevivir. El dólar siempre fue para distintas clases sociales, sobre todo las medias, "el" indicador crucial de la salud de la economía del país. A dólar tranquilo, se viaja, se compra importado, se endeuda con cierta certidumbre. Por el contrario, un dólar turbulento siempre ha significado crisis en puerta. En pocos países, como el nuestro, las personas tienen tan claro cuál es la cotización del dólar. Si no, preguntemos en Europa, tan es así que inclusive los europeos no han, mayoritariamente, percibido las importantes oscilaciones del euro desde su creación frente al dólar.

A dólar tranquilo, se viaja, se compra importado, se endeuda con cierta certidumbre. Por el contrario, un dólar turbulento siempre ha significado crisis en puerta

¿Y nuestra moneda? ¿Cuál? ¿Los pesos moneda nacional, pesos, pesos argentinos, pesos Ley 18188, australes? Por no mencionar los hijos extramatrimoniales: Lecops, Patacones y no menos de una decena más de cuasi monedas con las que llegamos a convivir. ¡Hasta un municipio tuvo la propia! (Frías en Santiago del Estero) Pero, paralelamente, siempre hubo otra moneda: el dólar.

Un momento fundacional de esta relación con el dólar fue sin duda el llamado "Rodrigazo" por Celestino Rodrigo, ministro de Economía de María Estela Martínez de Perón. De un día para otro decretó gigantescos aumentos en los servicios y combustibles y una devaluación del 150%. Curiosamente, también acompañados de dificultades para obtener dólares para viajar al exterior. A esta experiencia se le debe sumar una larga saga. El fracaso de la famosa "Tablita" de Martínez de Hoz, el "uno a uno", el final del plan austral, el primavera, la llegada de las dos hiperinflaciones. Películas con distintos protagonistas pero un mismo final: el dólar por las nubes.

Un momento fundacional de esta relación con el dólar fue sin duda el llamado "Rodrigazo"

Quizás, una de las más célebres frases de un funcionario sobre este tema fue la del ex ministro de Economía Lorenzo Sigaut en 1981: "El que apuesta al dólar pierde", increíblemente repetida con alguna variación en estos últimos días.

Si hay algo que activa todas las alarmas del inconciente económico colectivo de los habitantes en nuestro país es cuando nos "tranquilizan" con el valor del dólar. Más aún, si se prohíbe al mismo tiempo prácticamente su compra. El efecto es absolutamente el contrario. Alguien debería haberlo advertido y evitado semejante equivocación. Si se quiere sembrar incertidumbre, que digan que hay que olvidarse del dólar. En la Argentina eso se traduce en que corramos a comprar antes que suba más. Es cierto, las situaciones pueden no ser iguales, pero la respuesta de la gente es la misma: "Esto ya lo viví".

Si hay algo que activa todas las alarmas del inconciente económico colectivo de los habitantes en nuestro país es cuando nos "tranquilizan" con el valor del dólar

Los comunicadores públicos deben saber cuál es la audiencia a la que se dirigen. Reconocer sus temores y fantasías, su psicología, sus experiencias, sobre todo las traumáticas. ABC de la comunicación política y de la no política. Forma parte de una cultura de supervivencia económica, aquilatada en casi cuarenta años. Suponer que esto se puede cambiar de la noche a la mañana con un par de declaraciones pública es, como poco, ingenuamente voluntarista. Sencillamente la gente no piensa ni toma sus decisiones así, por el contrario repite esquemas aprendidos que le inspiran confianza. Podrá ser equivocado, pero es genuinamente humano. En Argentina el dólar se fue en 1989 de 14 a 600 en 4 meses. La convertibilidad desapareció en una noche y se pasó de 1 a 4 en meses. El argentino sabe que todo lo malo en términos económicos es posible, y que lo bueno, más tarde o más temprano se termina. Por eso se endeuda o consume aún lo que no necesita, o viaja, mientras se pueda. Hay que aprovechar mientras haya cuotas. ¿Mañana? Mañana será otro día.

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