Rock in Lisboa: un instante para toda la vida

Bruce Springsteen, Stevie Wonder y Joss Stone brillaron en la quinta edición del festival que, en 2013, aterrizará en el país
Sebastián Espósito
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5 de junio de 2012  

LISBOA.– "Rock in Rio no es un festival de rock." Las palabras de Fabiana, directora de la agencia carioca responsable de la prensa del festival, impactan en nuestros oídos. Anteayer, en la jornada de cierre del festival, esa aseveración saltó a la vista: Ricky Wilson, cantante de Kaiser Chiefs, dejó el escenario para lanzarse en tirolesa por encima del público y así dar por finalizada una performance al estilo Broadway pero en escala "mais grande do mundo". Ahora entendemos, Rock in Rio es un festival con rock y el cambio de preposición lo transforma todo.

Más de 350.000 personas presenciaron la quinta edición del festival nacido en Brasil en 1985 y proyectado al mundo como un formato exitoso de festival de música y entretenimiento. Una grilla con dos o tres nombres fuertes por jornada, stands para jugar, cortarse el pelo, bailar, disfrazarse y dejarse llevar; una vuelta al mundo, una montaña rusa y la citada tirolesa como aporte genuino de un parque de diversiones; la Rock Street, una calle ambientada que se parece a nuestro Parque de los Niños y que aquí, como en Río de Janeiro, está dedicada a la música y a la cultura de Nueva Orleans, dos escenarios separados por medio kilómetro o tal vez más; pequeños tinglados con bandas locales nuevas; una carpa electrónica, otra VIP que, por su magnitud, podría cobijar otro festival en su interior... Es decir, una enorme escenografía aquí montada en el parque Bela Vista de Lisboa, en una geografía irregular con subidas y bajadas y el río Tajo en su horizonte, pero movible y trasladada a donde la marca se dirija: en unas semanas a Madrid y en septiembre de 2013 al Parque de la Ciudad de Buenos Aires.

Más que una Ciudad de Rock, esto parece una república separatista, donde el clima de crisis profunda que se respira en Lisboa pugna en vano por entrar al parque. Los hombres cerveza y gaseosa cargan sus pesados tanques por todo el predio para calmar tanta sed; los sponsors reparten cotillón, sillones y lo que se les ocurre, y en medio de tantas atracciones y distracciones está la música irrepetible y en directo. El sábado son Joss Stone y Stevie Wonder los que dejan su marca indeleble, y el domingo, James y Bruce Springsteen.

"Es increíble estar acá. ¿Viste toda esa gente? ¿Cuántos son? ¿Y esos locos que se tiran por encima del público?" Ya en la zona de camarines, Joss Stone sigue impactada por la respuesta de la gente a un set impecable y muy emotivo. La "soul sister" inglesa, que como Lenny Kravitz, Maroon 5, Ivete Sangalo, Metallica y Evanescence, entre otros, también estuvo en la versión carioca del año último, mantiene bien abiertos los ojos en señal de asombro. Porta una sonrisa de satisfacción por lo hecho y un dejo de ansiedad por ver a Wonder.

Con el clásico "(For God’s Sake) Give More Power to the People", la Stone dio por iniciada una performance que rápidamente iba a optar por una velocidad crucero. En aguas calmas pero profundas, iba a conmover y a conmoverse y hasta lograr que el público más cercano al escenario entrara en una atmósfera de intimidad con ella ideal para saborear más clásicos soul, como "Teardrops", "Fell in Love with a Boy", de los White Stripes, y, ya en el cierre, el tándem irresistible que componen "You Had me" y "Right to be Wrong". Luego, Bryan Adams tomaría la posta con su puñado de hits, su guitarra y el clásico acto de la chica del público que sube a cantar con él para envidia de las miles y miles de fans que maldicen a la afortunada y se babean cuando su enamorado songwriter canta "When You’re Gone". Más tarde, los periodistas lusitanos nos contarán que esa chica "común" se llama Vanessa Silva y que es actriz y conductora de televisión.

Stevie Wonder le pone a la penúltima jornada del festival el broche dorado. Pero su brillo no lo da sólo la presencia del músico-mito, sino la excelencia de un entretenedor a la hora de impactar, hacer bailar, transmitir la esencia de la música negra y, sobre todas las cosas, sorprender. Como esa publicidad que protagoniza el Kun Agüero, donde el elogio tiene forma de insulto, aquí nos encontramos cada diez minutos con un espontáneo "¡qué hijo de…!". Cuando se despacha con el comienzo de "Hello, I Love You", de The Doors, o con el clásico de Michael Jackson "The Way You Make Me Feel". Habrá un momento brasileño con "Garota de Ipanema" y "Voce abusou"; hits danzables como "Part Time Lover", y un final que no por previsible deja de ser emotivo: "Superstition".

Ya en domingo se vislumbran entre el público los fanáticos de Bruce Springsteen. Hacía 20 años que el Jefe no tocaba en Lisboa (¿se terminará el año próximo la sequía de 25 años sin BS en Buenos Aires?) y la ansiedad se palpa en los cientos que se acercan a comprar sus remeras a los puestos de merchandising oficial y, sobre todo, en los pelos canosos y las cabezas calvas que denotan que hace tiempo pasaron la media de edad del aficionado festivalero.

Antes de ver al hombre nacido en USA brillan los británicos James. Formados en Manchester en 1982, impactan en Rock in Rio con sus himnos de corte épico alla U2, con la energía desbordante de su cantante, Tim Booth, que se mueve espástico a lo largo de todo el set de la banda y con esos aires de optimismo hippie que se encuentran a años luz del otro, el poptimismo reinante.

El Jefe

Vayamos a la medianoche del domingo, al momento en que Springsteen planta su bandera en escena con sus compinches de la E Street Band. Elige empezar por las nuevas canciones, da inicio a sus dos horas de show con "We Take Care of Our Own" y "Wrecking Ball", canción que da nombre a su último álbum y se va despachando lenta pero efectivamente con gemas como "Because the Night", "Thunder Road" y un sprint final que colisiona en el corazón dulzón tanto de los que esperaron 20 años por esta noche como los que llevan toda una vida anhelándola: "Born in the USA", "Seven Nights to Rock", "Dancing" y "Tenth Avenue Freeze-Out". Fin del último acto, momento en que Lisboa le pasa la antorcha a Madrid, con la promesa de conservarla sólo un tiempo y después dejarla, primero en manos de su dueño, Río de Janeiro, y luego sí, en las de su nueva casa, Buenos Aires.

Ya se barajan algunos nombres para el Rock in Rio (de la Plata), todos caros a nuestros sentimientos: Metallica y Iron Maiden para el día metalero, Coldplay y los nombres más fuertes de esta edición de Lisboa. Pero eso no es lo más importante. Ya saben, éste no es un festival de rock, es un festival con rock y con experiencias lúdicas que duran un instante; un instante para toda la vida.

LA AVANZADA ARGENTINA

Los Pericos, el sábado, y Tan Biónica, anteayer, se convirtieron en la avanzada argentina de Rock in Rio, el aperitivo de la edición porteña. Porque no sólo de visitas ilustres vive un festival de esta magnitud. Para muestras sólo basta ver el lugar de privilegio que ocuparon algunos grupos lusitanos como The Gift, que abrió el escenario principal el sábado, y Xutos & Pontapés, una mítica banda portuguesa de más de 30 años –presente en las remeras de miles dentro del parque Bela Vista– que antecedió a Springsteen el domingo. Las dos bandas argentinas tuvieron a su cargo el cierre del escenario Sunset, el segundo en importancia.

Desde lejos, el Sunset parece una extraña nave a punto de emprender vuelo. A cien metros de la Vuelta al Mundo, parece otra atracción más del parque Bela Vista. Ya frente a él, tanto la experiencia de Los Pericos como la frescura de Tan Biónica dan lo mejor de sí. Ambas saben que, aunque pequeña, esta parada es significativa. Son las primeras bandas criollas en tocar en el festival y el destino quiso que no fuera en la cercana Río de Janeiro sino aquí, en la tierra del fado, esa música melancólica y profunda prima de nuestro querido tango.

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