La magia revive en tiendas, escuelas y bares porteños

En la ciudad donde se instaló Fu Manchú los trucos se actualizan
Julieta Paci
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5 de junio de 2012  

Tal vez el mayor truco de los magos porteños consista en poner su punto de reunión a la vista de todos sin que nadie, o muy pocos, lo pueda ver. Y es que, oculta bajo el resplandor de las luces de la calle Carlos Pellegrini, a metros del Obelisco, en el quiosco más próximo a la esquina de la avenida Corrientes, funciona la Entidad Mágica Argentina (EMA). Fundada el 15 de diciembre de 1959, la EMA recibe a sus visitantes detrás de las heladeras llenas de gaseosas, las cabinas telefónicas y las computadoras del locutorio. Las apariencias engañan, como cualquier mago sabe, y allí donde parece no haber nada, hay una fábrica de misterios.

Cada noche de martes, en la EMA se reúnen profesionales y aficionados del ilusionismo para discutir sobre trucos y secretos. Pero no es el único en la ciudad. Buenos Aires ostenta una larga tradición de magos e ilusionistas, y en los años 30 llegó a recibir al legendario Fu Manchú. Hoy, si se desandan las huellas de la magia en distintos barrios, queda claro que los trucos y los engaños -en el buen sentido- son cosa de porteños.

Un ejemplo es el Círculo Mágico Argentino (CMA), la asociación de magos más antigua de Iberoamérica. Hoy, con 74 años de vida, el CMA reúne todos los viernes a un grupo selecto de magos, que, según Ted White, el secretario general de la asociación, "intenta proteger los secretos de la magia y engrandecer al arte".

Tras los pasos de Fu Manchú

David Bamberg, el prestigioso mago británico más conocido como Fu Manchú, se radicó en la Argentina en los años 30, e impuso un modelo de magia de influencias orientales. Las marcas de su paso en nuestra ciudad aún están presentes, y prueba de ello es el Bazar de Magia, tienda que lleva ese nombre en honor a su acto más famoso, donde a través de una serie de efectos rápidos confrontaba al público-cliente con distintos trucos que se podían ver, pero no comprar.

En las vitrinas del imponente edificio, ubicado en Hipólito Yrigoyen al 900, se exhiben videos, revistas y libros. Algunos, para principiantes; otros, con gran historia, como Tarbell System Course in Magic , que comenzó como un curso de magia por correo en 1926. También hay lenguas que se estiran hasta 12 centímetros, vasos donde la leche desaparece, y relojes especiales. En el segundo piso está el Museo Argentino de Magia, donde se pueden apreciar las batas chinas y quimonos que pertenecieron a Fu Manchú, los cuadros originales que estaban en su escuela, y un centenar de cajas de magia fabricadas y comercializadas en la Argentina desde principios del siglo XX.

Más huellas del paso de Fu Manchú están en Avenida de Mayo al 500, donde a fines del siglo XIX se instaló la primera tienda de magia de la Argentina: el Bazar Yankee.

De la solidaridad al show

De traje o disfrazados, un grupo de magos recorre hospitales, visita escuelas rurales y alegra rincones olvidados. La Red de Magos Solidarios (Red MASO) es una ONG con sede en Caballito, cuyo emprendimiento consiste en poner el arte de la magia al servicio de quienes más lo necesitan. Por eso, todos los jueves, magos y voluntarios se juntan en Rojas 881 a organizar salidas e intercambiar conocimientos.

Pero cuando la magia se convierte en show, se sube al escenario de El Bar Mágico. Allí, todos los viernes y sábados la cena se condimenta con asombro de la mano de artistas nacionales e internacionales. Unico en la Argentina y uno de los cuatro de este tipo en el mundo, está ambientado con antiguos afiches y cuenta con espacios exclusivos para poder disfrutar de la magia muy de cerca, antes y después de cada espectáculo.

Por otro lado, las escuelas porteñas de magia abundan. El Instituto Sudamericano de Ilusionismo (Insudeil) cuenta con cursos para niños, iniciados o profesionales. Otra opción es La Cueva Mágica, donde las clases individuales las dicta Daba, reconocido en el mundo por ser maestro de campeones de magia. Conejos que salen de galeras, pañuelos que se atan solos y mujeres partidas en dos surgirán como de la nada desde ese rincón de Parque Chacabuco. Y una vez aprendido esos trucos, con sólo decir una palabra secreta, ¡zas!, todos los deseos corren el riesgo de hacerse realidad.

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