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Poner al padre en su lugar

Carolina Arenes
Carolina Arenes LA NACION
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21 de junio de 2012  

¿Por qué no soy León Rozitchner? Ese fue el tema que Tomás Abraham le propuso a Alejandro Rozitchner para una conferencia, cuando el hijo de León era docente del Colegio Argentino de Filosofía que él dirigía en los años 80.

Lo recordó Abraham el viernes pasado en la librería Eterna Cadencia, durante la presentación de De padres e hijos en el ciclo del tiempo (Mardulce), el último libro de Alejandro. Y venía a cuento porque la poesía de ese pequeño volumen, del que Boy Olmi leyó fragmentos emocionados, es una vibrante y sensible indagación sobre ese sentimiento tan complejo y poderoso que une a los padres con los hijos y a los hijos con los padres. No es una indagación teórica, un ensayo sobre la paternidad (aunque podría leerse también de esa manera), sino una reflexión vital sobre esa doble condición de ser hijo y padre; una reflexión poética que el autor elige no hacer universal. Hay nombres, encuentros, olores, cafés, ternura y esgrima, felicidades y diferencias; el amor por los hijos (apuntes de la cotidiana felicidad de ese descubrimiento) y el amor más arduo por el padre. Un esfuerzo por entender y entenderse, y hacer al fin las paces.

Si Abraham trajo el recuerdo de aquella conferencia fue para poner el dedo en la llaga de una buena vez. El filósofo León Rozitchner, paradigma del intelectual de izquierda, codirector de la mítica revista Contorno , exiliado durante la dictadura, miembro de Carta Abierta, murió en septiembre del año pasado. Y de ese palo, esta astilla. Su hijo, también profesor de filosofía, trabaja para políticos y empresarios, combina las herramientas de la filosofía con la autoayuda y se "ha atrevido" a decir cosas como ésta: "Hoy el fascismo es la izquierda" o "El progresismo es más un fenómeno discursivo que una capacidad de tratar con el mundo". Durante mucho tiempo, la deriva política-intelectual del hijo réprobo fue comidilla de la intelectualidad progre. "La desgracia de la familia Rozitchner", llegó a escribir Horacio Verbitsky en Página 12.

Abraham le puso humor al recuento de transgresiones de Rozitchner -la astilla, el hijo desviado- y al escándalo que produjo en la feligresía bienpensante. Alejandro Rozitchner escribió sobre rock -enumeró Abraham- tuvo una banda, fue íntimo amigo de Spinetta (a quien está dedicado el libro), trabajó en la Rock & Pop con Mario Pergolini, escribió un libro con él... Y un buen día, ¡zas!, debutó como columnista de Mariano Grondona en Hora clave . "Yo me dije: este tipo sabe lo que hace", recordó Abraham mirando cómplice hacia el público con una sonrisa de buen entendedor. "¿El hijo de León Rozitchner en Hora clave ? No sé si ustedes saben, pero había que estar con León. Una mole del pensamiento, una mole... ¿Cómo hacía este tipo para ser el hijo? ¡Y para meterse en Hora clave ! Que no fue lo único: también trabajó con Jorge Telerman y con Guido Di Tella." Y acá Abraham se mandó el fallido más inteligente de la noche: se olvidó de mencionar en esa lista al actual jefe de Alejandro Rozitchner, Mauricio Macri, sentado entre el público (olvido que corrigió después el autor a su debido turno).

"Este es un país en donde al que piensa distinto se lo descalifica, se lo pone bajo sospecha -defendió Abraham-. Alejandro tiene la mente muy abierta, se arriesga y se juega, y dijo lo que tenía que decir adonde fuera, desde el lugar adonde lo invitaran a hablar y quisieran escucharlo. Eso es ser un hombre libre, un verdadero librepensador."

En la figura de este hijo descarriado (vota a Macri, dice que derecha e izquierda son categorías vacías y proclama imperturbable la autonomía moral de la gestión) que se atreve a poner en duda la verdad de la palabra paterna, Abraham encontró una manera de hablar de lo difícil que es marcar diferencias en tiempo de fanatismos sin ser condenado al destierro. Aunque, claro, no es éste un mal exclusivo de la época (ayer nomás las diferencias se resolvían a los tiros y el destierro no era metáfora sino destino real) ni corroe sólo el pensamiento afín al kirchnerismo (la negativa de Macri a darle una distinción a Horacio Verbitsky es prueba suficiente).

"Veo con claridad sus defectos y errores -escribió el hijo sobre el padre-, y no siento que haga falta que lo transforme en un ser perfecto para extrañarlo o valorarlo. [...] Para quererlo como el que me abrió al mundo, aunque después, a veces, le costara un poco entender o aceptar que yo circulara en ese mundo tan libremente."

El libro de Alejandro Rozitchner es una larga despedida, un amoroso ajuste de cuentas, una ceremonia íntima y, quizá, también un homenaje. Pero en el modo en que discute con ese padre tan amado y poderoso -león abatido, escribe el hijo que lo visita en terapia intensiva-, en el modo en que ese hijo pelea por su propio espacio de verdad, el libro se abre a una lectura que trasciende lo confesional; algo de la trasmisión entre las generaciones está allí en juego, el modo siempre brutal en que una nueva generación toma la posta de las anteriores, pero no para confirmarla y venerarla sino para ponerla en discusión.

© La Nacion

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