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Memorias del general de brigada (R) Jorge Dansey Gazcón

Graduado en dos cursos superiores de Artillería. Condecorado con la orden de Ayacucho por Perú. Agregado militar en Washington y presidente de la Asociación de Agregados Militares Latinoamericanos. Jefe II (Inteligencia) del Estado Mayor del Ejército en 1960. Subdirector a cargo de la dirección del Colegio Militar.
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24 de junio de 2012  • 05:04

Más de cincuenta años han transcurrido desde la llamada Revolución Libertadora. Lo que he podido retener hasta mis noventa y un años viene con bastantes lagunas. Además, mi salud se resiente y, prueba de ello son las grandes dificultades que padezco para desplazarme.

Lo que recuerdo de mi actuación referida al cuerpo de Eva Perón lo hago público en mi entrevista con La Nación y en este relato con el propósito de salvar la actuación del Ejército en dos episodios en los que actué considerándolos actos del servicio. Realizo estas declaraciones bajo juramento de decir toda la verdad.

Alrededor del 21 o 22 de septiembre de 1955, la revolución ya había triunfado. El 22 se realizó el desfile de la victoria. Días antes, el Jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) General Sánchez Toranzo, me había llamado a su despacho para inquirirme sobre mi posición respecto a la revolución, contestándole yo que adhería totalmente a ella. Me ordenó de inmediato que marchara a mi despacho, y a los pocos minutos que saliera del SIE. Fui el único al que llamó y esto se explica porque cuando el movimiento promediaba, Perón estuvo de visita en la planta baja, por breves momentos, en camino a la embajada de Paraguay que está en la esquina, provocando que todo el personal bajara a saludarlo, salvo yo, que permanecí en mi oficina. Esa actitud me marcó. Sánchez Toranzo llevaba poco tiempo en el cargo y casi no conocía mi personalidad y carácter. Su llamado me dio, felizmente, libertad de acción para ubicarme en mi verdadera posición.

Uno o dos días antes del 21 de septiembre me llama el teniente coronel Carlos Eugenio Moori Koenig a mi casa y me invita al SIE a conversar. Yo sólo lo conocía por referencias y sabía que era teniente coronel del Estado Mayor. En el SIE, salvo unos pocos suboficiales y civiles de la imprenta, no había ningún jefe ni oficial. Sin perder tiempo, conversamos en uno de los pasillos, donde no había posibilidad de ser escuchados. En conclusión, surgieron dos misiones a cumplir: parar las rotativas de los talleres del diario La Prensa, y llegar a la CGT para explorar la situación del cuerpo de Eva Perón, del que nada se sabía.

A los talleres del diario creo que concurrí con dos comandos civiles. Nos presentamos y ordenamos parar todas las máquinas, sin dar ninguna explicación. Al normal ruido ensordecedor siguió un silencio glacial de todos los obreros. Ninguna resistencia, ninguna voz que preguntara algo. Mi uniforme de mayor, como la presencia de los comandos civiles que también estaban armados, y lo sorpresivo de la acción, tuvo un efecto paralizante. Quizás alguien viva y recuerde el momento. Seguidamente nos encontramos con Moori Koenig en el edificio central de La Prensa. Entramos por atrás, por Rivadavia; esa entrada daba a un patio interno, y llegamos al despacho del interventor, Espejo. Allí, Moori Koenig comenzó a dictarle un escrito que supuestamente aparecería al día siguiente. Yo no intervine en esa parte.

En cuanto a la segunda misión, la de la CGT, fue el día anterior o posterior a la de La Prensa. Cerca de la medianoche partimos desde el SIE el entonces mayor Rafael Morell, los dos comandos civiles, uno de los cuales se llamaba Sagastume (uno o ambos eran de La Plata), y un suboficial conductor motorista en un camión Tornycroft sin capota, que se usaba para arrastrar o transportar piezas de artillería. Ya en las proximidades del edificio de la CGT la oscuridad era total alrededor del mismo, destacándose la iluminación desde afuera, de la parte izquierda. Adentro, en el centro del ambiente y algo elevado, el ataúd descubierto. Nada obstruía el paso desde la calle, la puerta estaba de par en par abierta. De cerca impresionaba la figura iluminada de Eva Perón. Los hombres de guardia inmóviles y en silencio. En síntesis, el cuerpo estaba expuesto a cualquier desmán. De inmediato ordené tapar el ataúd, cargarlo y transportarlo al SIE para brindarle la máxima seguridad. Por eso, se lo ubicó en una habitación contigua al despacho del jefe.

Me he preguntado: ¿a nadie se le ocurrió moverla dentro del mismo edificio de la CGT al segundo piso, apagar las luces, cerrar las puertas? Nadie se nos adelantó entre los millones que la adoraban: familiares, amigos e integrantes de la Fundación Eva Perón. Tenemos entonces que ubicarnos en esos momentos para comprender que la resolución adoptada fue la más riesgosa, pero la mejor para descartar un atentado que estaba en muchas mentes. He procurado actuar reuniendo los principios que me enseñaron mis padres, mis maestros, la Biblia y la Constitución, procurando hacer posible lo aparentemente imposible.

Recuerdo que por algunos segundos, al ingresar a la CGT, pensé, viendo el cuadro y sin encontrar al médico y embalsamador español Pedro Ara, que lo más conveniente y simple era abandonar el lugar y alejarse rápidamente del mismo. Bastaba para cumplir la misión de exploración. Pero con igual velocidad invertí mi razonamiento y actué con decisión. Siempre me he preguntado: ¿qué situación se hubiera presentado si los rumores sobre un posible incendio se hacían verdad?

Fueron entonces razones humanitarias y o de misericordia las que prevalecieron.

Recién ahora conozco por el libro de Ara lo que sucedía en la CGT esos días. En ese libro confesó el total desconcierto existente a raíz de los peligros que se anunciaban, y su situación de aislamiento al negarle policías y bomberos que solicitó para la defensa del local. Creo que su mente estaba en dar por terminado su trabajo, recibir los dólares prometidos y regresar a España.

En cuanto a nuestro problema, estaban en primer término los peligros que deberíamos afrontar en el regreso al SIE y las complicaciones a las que me exponía al meterme a resolver cuestiones que no correspondían a mi grado. Todo esto fue pensado, y resuelto sin alterar las razones que ya mencioné.

El regreso al SIE fue digno de recordarse. La plataforma del camión no ofrecía ninguna cubierta y en cada esquina esperábamos un ataque de efectivos alertados desde la CGT. Tanto Sagastume como Morell no perdieron nunca la calma y me apoyaron dispuestos a lo que viniera. Siempre les estaré reconocido por su actitud y valentía.

Cuando poco después de los hechos narrados salió mi pase del SIE a la Cancillería, perdí todo contacto con Moori Koenig y nada supe del coronel Héctor Eduardo Cabanillas, que había sido mi jefe inmediato en el SIE y luego jefe a cargo de ese organismo. Con Ara nunca tuve contacto porque no lo vi cuando fuimos a la CGT. Sospecho que su ausencia aquella noche se debió a que temía ser arrestado porque se lo consideraba muy próximo a Perón. Y si es que estaba, entonces se escondió. Si me hubiera informado la situación de total desconcierto en la CGT yo lo habría comprendido y todo habría sido más simple.

Después he comprendido que Moori Koenig quería aparecer al mando de la operación de la CGT, y por eso yo tenía que desaparecer de la escena. Moori Koenig seguramente quería quedar como único jefe al mando del SIE, pero olvidó que Cabanillas estaba esperando con iguales intenciones el mismo cargo, y no advirtió que ya probablemente Cabanillas había tomado contacto con Lonardi y su gente, quienes habían llegado el 23 de septiembre. A ninguna de estas tres personas les convenía mi presencia, y consiguieron que no estuviera más en escena. Al mismo tiempo, es cierto que en Relaciones Exteriores tuve un trabajo intenso con el embajador y subsecretario Santos Muñoz que ocupaba todo mi tiempo.

Moori Koenig se equivocó al desplazarme porque yo podía haberlo ayudado haciéndole ocupar, por de pronto, la subjefatura del SIE, que estaba vacante y, con el tiempo, esperar a que Cabanillas ocupara la de la SIDE u otra de mayor jerarquía.

En cuanto a Cabanillas, lamento la angustia que manifestó haber sentido, en una entrevista con Tomás Eloy Martínez publicada por La Nación, por no haber intervenido en el operativo en la CGT. Si hubiera aparecido, nadie le hubiera negado la jefatura del grupo con el que fuimos allí. El último concepto que él me otorgó en mi legajo en el SIE el 22 de agosto de 1957 es un "sobresaliente" con mayúsculas, que borra todo malentendido.

Quiero otorgar mi agradecimiento por la colaboración prestada al doctor Isidoro Ruiz Moreno y a Oscar Sagastume, que me brinda su generosa amistad.

En cuanto a Eva Perón, es un capítulo aparte en el peronismo porque nadie como ella ha merecido el título de abanderada de los niños y de los pobres entre sus partidarios. Y esta es la razón para que yo, un antiperonista definido mucho antes del 55, haga en su caso una salvedad porque así lo creo y es verdad. A ello se suma su comportamiento como esposa, ahora conocido en recientes publicaciones, y su entrega total a la función pública hasta las vísperas de su fallecimiento.

Finalmente, comprendo que al principio pocos creerán mi historia después de más de medio siglo: que un desconocido como yo contara lo contrario a lo que tanto se ha escrito. A eso respondo: ¿qué ganaría a los 91 años haciendo pública una mentira y complicándome lo que me resta vivir? Aspiro a poder disfrutar con mi familia ese tiempo. Dios me bendijo con trece bisnietos, ocho nietos, tres hijas y una mujer, Marta, que a los 88 años se desvive por todos. Las hijas grandes me cuidan como si fuera un bebé, y los primeros son mis juguetes, deliciosos. A todos, dedico este trabajo, y solo deseo dejarles un buen nombre, que es mi principal herencia.

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