Las brujas de Salem

El clásico de Miller y sus ecos en la actualidad, en una puesta con ajustadas actuaciones
Susana Freire
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26 de junio de 2012  

Autor: Arthur Miller / Elenco: Juan Gil Navarro, Carlos Belloso, Roberto Carnaghi, Rita Cortese, Lali Esposito, Julia Calvo, Alejandro Fiore, Oscar Alegre, Carlos Kaspar, Graciela Tenembaum, Roberto Catarineu, Guillermo Marcos, Javier Saquin, Carlos Nieto, Adrian Venagli, Justina Bustos, Kevin Cass, Sandra Driolani, Sofia Gonzalez Gil, Mai Lawson, Ines Palombo, Mariana Rava y Belen Santos / Diseño de sonido: Tony Rodriguez y Brian Liberti / Diseño de vestuario: Cristian Pineda / Diseño de Escenografía: Alberto Negrin / Diseño de luces: Roberto Traferri / Dirección: Marcelo Cosentino / Duración: 145 minutos (sin intervalo) / Sala: Broadway.

Nuestra opinión: buena

Los acontecimientos que afectaron al pueblo de Salem, Massachussets, en 1692, le sirvieron a Arthur Miller para escribir Las brujas de Salem como excusa para hablar sobre la realidad de su época. La caza de brujas de aquellos tiempos se transformó en la caza de comunistas que impulsó el senador Joseph McCarthy en la década de 1950. Igual que entonces se fomentaron las delaciones, las denuncias, los procesos irregulares y las listas negras de personas sospechosas de atentar contra el orden establecido. Si por un lado se trataba del enfrentamiento entre Dios y el Diablo, a través de un proceso de brujería, Miller vivió en carne propia el amargo y efectivo intento de demonizar al comunismo en plena Guerra Fría con la Unión Soviética, donde, como en Salem, cayeron justos y pecadores.

No sería difícil encontrar el equivalente en esta segunda década el siglo XXI, lo que probablemente movilizó el interés de Marcelo Cosentino para llevar a escena Las brujas de Salem, época ésta donde la mediatización de algunas figuras enfrentadas, y nefastas como las brujas, permite el uso con total impunidad de insultos, falsas denuncias, injurias, descalificaciones, todo al servicio de una histeria mediática que se desespera por tener sus 15 minutos de exposición frente a una audiencia que oscila entre creer o no, sin poder distinguir la verdad y el honor.

No fueron muchas las puestas que se realizaron sobre esta obra de Miller de 1953, aunque sí puede destacarse la versión que realizó en 1973 Agustín Alezzo, con Alfredo Alcón, Milagros de la Vega, Alicia Bruzzo y Leonor Manso.

La puesta de Marcelo Cosentino se ajusta al planteo original, con un diseño escenográfico que le facilita los cambios de ambiente. Alberto Negrín pergeñó una gran estructura vertical que, con la apertura y el cierre de los bloques, permite recrear los diferentes ámbitos que requiere la obra, aunque en algunas escenas se pierde, por la amplitud arquitectónica, el clima de intimidad. El vestuario se ajusta a la época de las acciones y la iluminación es un valioso ingrediente para la creación de sugerentes atmósferas.

Por la calidad y extensión del texto, la actuación es un componente primordial y, en este sentido recurrir a profesionales de probada y eficiente experiencia escénica permite crear un sólido sostén para los jóvenes actores que encaran el gran desafío de interpretar un clásico de la dramaturgia universal.

Es así que el peso del drama está sostenido por la sólida presencia de Rita Cortese, Roberto Carnaghi, Carlos Belloso, Julia Calvo, Carlos Kaspar y Roberto Catarineu, al que se suma la convincente actuación de Juan Gil Navarro, como John Proctor.

El resto del elenco probablemente vaya creciendo con el correr de las funciones, donde el texto se podrá incorporar de tal manera que flexibilice la composición corporal y fluya con mayor naturalidad, y en esto tiene mucho que ver la dirección de actores de Marcelo Cosentino.

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