Túnez quiere mirar hacia el futuro

Norberto Frigerio
Norberto Frigerio LA NACION
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9 de julio de 2012  

TUNEZ.- Llegué a Túnez cuando empezaba el toque de queda impuesto por el gobierno provisional, que se extendía desde las 8 de la noche hasta las 6 de la mañana del día siguiente.

Vi a los comerciantes correr presurosos para cerrar sus negocios y levantar los tenderetes de la Medina. Vi cómo la gente viajaba apretada en abarrotados colectivos y erráticas motos para llegar a sus casas, mientras los famosos y eternos cafés tunecinos empujan a sus clientes remolones, los restaurantes apagaban sus luces casi antes de encenderlas y los extranjeros nos refugiábamos en los hoteles, bajo agobiantes 38° de calor.

Cuando el universitario tunecino y vendedor ambulante Mohammed Bouazizi se inmoló a lo bonzo en diciembre de 2010 en el populoso barrio de Sidi Bouzid, aquella mañana en que la policía destruyó su humilde puesto callejero condenándolo a la miseria más profunda, su grito desgarrador tuvo ecos inconmensurables. Millones de árabes, a través de desiertos, valles, ciudades, caminos y senderos tomaron esa voz como propia y, en pocos meses, como en cascada, los regímenes de Ben Ali, en Túnez; de Mubarak, en Egipto, y de Khadafy, en Libia, cayeron fulminados. Marruecos, Siria y Argelia todavía hacen piruetas para resistir.

Finalizado el toque de queda, en Túnez el estado de alerta continúa y subyace la alarma por lo vivido: en esta ocasión, las artes plásticas fueron la excusa y el motivo de la violencia, que costó un muerto, heridos, decenas de detenidos y levantamientos en ocho regiones, con insurrecciones populares.

De las 5000 mezquitas que existen en todo el territorio, apenas 400 corresponden a la secta de los salafistas (expresión ultraortodoxa y extremista). Fueron salafistas los que vieron, en las obras plásticas que se exhibían en una muestra, un agravio al islam. Las destruyeron y condenaron a sus creadores al exilio.

El gobierno actuó con celeridad y firmeza: abortó no sólo los reclamos de los islámicos salafistas, sino que alejó el temor al caos y a la espiral de violencia; una violencia que, como herida todavía abierta, duele y preocupa, aleja el turismo y espanta a los capitales extranjeros.

Con su intolerante reacción, los salafistas retrotrajeron al país a un tiempo al que no se quiere volver, a un pasado vinculado con la muerte, la violencia y el desorden. Túnez quiere mirar hacia adelante y buscar una salida creíble. Pero ¿desde dónde?

La sociedad tunecina, que votará una nueva Constitución y sus poderes en marzo de 2013 -en un país que tiene un desempleo del 18%, 11 millones de habitantes, una inflación del 5% y la obra pública paralizada-, advirtió la gravedad de retroceder hacia el caos, y expresó su repudio. Aquí el anhelo de la mayoría es construir un país digno de ser vivido en el futuro.

Tohar Ben Jelloun, un poeta, escritor, filósofo y psicólogo social que nació en Marruecos en 1944, da una de las más interesantes respuestas a la hora de explicar por qué en política aparece hoy una especie de primavera islámica cuando todo indicaba que aquellos tiempos habían pasado. Ante la fragilidad de las democracias no ejercidas, la corrupción generalizada, las crisis (internacionales y propias), los musulmanes exhiben su fe y se hacen fuertes en su religión.

El islam es hoy el refugio que estas gentes han encontrado, un mundo que reconocen como suyo y en el que creen, y cuyas prácticas y costumbres han mantenido durante generaciones y generaciones. El islam es ideología, moral, cultura e identidad. Frente a esto, lo demás queda relegado.

Es justo decir que el islam hoy rechaza todo aquello que no exprese conciliación, tolerancia y consenso, obviamente desde su punto de vista confesional. Los extremismos, como aparecen entre los salafistas tunecinos o en otras expresiones radicalizadas, no encontraron espacio en los partidos políticos. No hay lugar para los Osama ben Laden.

En la crisis, los tunecinos se aferran a la fe, como ancestralmente lo han hecho. Se abrazan a lo que conocen, a todo aquello que los acompañó durante miles de años. Los partidos políticos trabajan sin omitir estas enseñanzas, ciertamente férreas.

Es evidente que la tolerancia será un aspecto importante de los partidos políticos tunecinos y sus plataformas. Occidente también deberá hacer los esfuerzos necesarios para comprender que en las nuevas democracias que afloran en esta región el islam será el común denominador, porque aglutina y reúne.

Deberemos respetarlos y reconocer que las sociedades del mundo islámico, en su infinita variedad, y multiplicadas en millones y millones de almas, han de caminar por el único sendero que aceptan por conocido y que además les promete un orden de verdades y garantías. Será el siglo XXI el que verá cómo esa orientación, ineluctable, se afianza.

© La Nacion

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