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Políticas ausentes

Leopoldo Estol
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27 de julio de 2012  

Son las siete y media, inaugura la muestra, arranca. Y la gran sala de la planta baja del Mamba permanece aún cerrada. El equipo de montaje da los últimos toques, afuera se escucha un grito unido hecho de muchas voces que sacude las orejas como un estruendo: "Artistas organizados". Son muchos, tantos que algunos están tirados en el piso, apretados como en una foto gigante de viaje de egresados. En las bambalinas los artistas no pierden el foco y a puro ritmo sellan los catálogos de la exposición con la siguiente leyenda: "28 de junio de 2012. ÚLTIMA TENDENCIA. DONACIONES EN SUSPENSO. ARTISTAS ORGANIZADOS".

El museo en estados generales. Afuera, Beto De Volder, Magdalena Jitrik y Máximo Pedraza, como vocales de un movimiento en vísperas, se excluyen de cualquier brindis oficial. Esa noche no pondrán un pie en la institución. La causa: que donar la obra sea condición para participar de la muestra que arbitra y delinea a grandísimos rasgos las últimas tendencias. Últimas tendencias: sí. Donación sine qua non : no. Sentados a una mesa con Laura Buccellato el intercambio de opiniones deja en claro algo. El museo esta hecho de hormigón, cal y ladrillos pero sostenido por palitos muy minúsculos que hacen que su creatividad sea ínfima.

Volviendo al terreno de lo privado, una biblioteca. Y entre sus muchos libros asoma un tomo que parece un catálogo de Siquier pero cuyas páginas dan cobijo a un atento estudio sobre nuestra escena. Es un libro jugoso que data del año 2007. Tiene casi 300 páginas en donde José Miguel Onaindia, Marcelo Pacheco y Victoria Noorthoorn, entre otras figuras, hacen una radiografía de la cultura porteña. Circuló en los momentos previos a la primera elección de Mauricio Macri como jefe de gobierno, cuando puso por escrito las propuestas del PRO en el área cultural. En él, Pacheco dice cosas muy interesantes; por un lado, expone la necesidad de inaugurar un modelo de acción y desarrollo en lo que entendemos redundaría la búsqueda de la autonomía del museo, es decir que no sea tan dependiente de los presupuestos puntuales que transforman toda gestión de una muestra en una riña en pos de auspicios y costos operativos básicos, que dejan al museo y a sus autoridades sin más soplos que un respiro cansino. Segunda meta: ganar la fidelidad del público. Diseñar una estrategia que despierte el apetito de los ciudadanos de nuestra ciudad, generar la sensación y, más que una sensación, la necesidad de la "visita regular". Las propuestas del libro, luego de cinco años de gestión, brillan por ser todavía tan vírgenes como hermosas.

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