Las criadas

Un texto potente expresado con convicción y eficacia
Susana Freire
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29 de julio de 2012  

Las criadas / Autor: Jean Genet / Traducción: Laurent Berger / Intérpretes: Victoria Almeyda, Paola Barrientos y Marilú Marini / Música: Marcelo Katz / Iluminación: Eli Sirlín / Escenografía y vestuario: Oria Puppo / Dirección: Ciro Zorzoli / Duración: 90 minutos / Teatro: Presidente Alvear

Nuestra opinión: muy buena

Heredero de la tradición rebelde que dejó la pluma del marqués de Sade, Lautréamont, Baudelaire y Rimbaud, Jean Genet logra trasladar sus sueños de rebelión al mundo real, concretando sus fantasías en el campo literario. Esos sueños emergen de un inconsciente totalmente despojado de atavismos sociales y morales para transformarse en una poética particular. En la vida de Genet hay aspectos muy sombríos (expósito, delincuente, presidiario), que vuelca en su obra, donde el teatro es una gran metáfora que expresa el sentimiento de impotencia y soledad del hombre apresado en el laberinto espejado de la condición humana, donde cada imagen que ve es la suya distorsionada.

Esta es la base de Las criadas, una obra estrenada por Louis Jouvet en 1947, que preserva una contundencia incomparable. Fiel al estilo del autor, la pieza mantiene una violencia interior que no necesita exteriorizarse por medio de la agresión física. Está ahí latente en el significado de las situaciones, que no hacen otra cosa que reflejar la rebelión de esas criadas.

Hubo varias puestas en nuestro país, pero de todas se destacan la que realizó Sergio Renán en 1970, con Héctor Alterio, Walter Vidarte y Luis Brandoni, polémico y controvertido trabajo donde el director aceptó el desafío de presentar a los personajes femeninos interpretados por actores. Luego, en 1984, Nuria Espert trajo la particular y atractiva versión de Víctor García, y, en 2002, Alfredo Arias, en francés, con Marilú Marini y Laure Duthilleul, donde él interpretaba a la señora.

La relación ama-criadas ejemplifica todas las relaciones humanas. La señora subraya la diferencia social e intelectual entre ella y las sirvientas, al mismo tiempo que señala la interrelación que existe entre dominadora-dominadas. Por otra parte, las criadas aceptan este juego perverso, teniendo presente la humillación que representa esta dependencia total. Además, se suman ciertas implicancias sexuales, no precisamente confesadas o consentidas. El amor frustrado se convierte en odio y la vida en un formidable juego de sombras, unidas sólo por el miedo y por gestos de destrucción. No sólo las criadas con la señora, también ellas entre sí se enredan en el laberinto de insaciables apetitos y de constantes revulsiones. Su forma de rebelarse ante la humillación que padecen es recrear un rito donde exponen sus sentimientos y sus pensamientos. Todas las noches cuando la señora no está en casa, cambian sus roles: Clara se transforma en la señora, y Solange, en Clara. Así vuelcan la mirada que cada una tiene sobre la otra y desarrollan un juego teatral que nunca llega a un final.

Ciro Zorzoli diseña una puesta donde la escenografía revela la artificiosidad de los decorados que se cambian a vista del público, gracias a los utileros y maquinistas y a un personaje que interviene en las escenas para producir manualmente los efectos sonoros o cumplir con algunos requerimientos de los personajes. Ese ámbito está rodeado por un paisaje de aridez que remite a un exterior poco acogedor. No queda claro si trata de un recurso de distanciamiento brechtiano o para subrayar la ficción que se representa en escena. De cualquier manera es un recurso que no aporta ni quita nada, ni afecta la contundencia de un texto que encuentra su mayor expresividad en la interpretación de las tres actrices. Marilú Marini, en el papel de la señora, compone una patética máscara que esconde un alto grado de perversión y afán dominador. Una notable labor que se complementa con los trabajos de Paola Barrientos, como Solange, agresiva, manipuladora y al mismo tiempo de un servilismo extremo, y de Victoria Almeida que, componiendo un personaje aparentemente débil, es la contracara deformada de la hermana, creando entre ambas un interesante perfil de dos caras.

El vestuario se ajusta a las exigencias de la obra, el lujo, para la señora, con el aporte de las pelucas que sirven para aumentar el patetismo, y la simpleza, para las criadas, sin necesidad de recurrir a uniformes.

Una puesta que pone de relieve la potencia de un texto y la ductilidad de las actrices para expresarlo con convicción y efectividad.

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